¿De qué habla tu voz interior?

Ethan Kross ha escrito un libro que se llama Cháchara (Paidós) y se puede leer como una útil guía para evaluar nuestro monólogo interior. Para comenzar nos lanza una pregunta: ¿hay formas buenas y malas de hablar con uno mismo?

Su rasero para medirlo es la salud mental, claro, y la respuesta implícita en toda la neurología y psicología del siglo XXI es que sí. Acudimos a terapia, hacemos meditación y leemos libros como el de Kross para domar al mono loco que llevamos dentro y convertirlo en algo así como Gandhi: un astuto y bondadoso amo de la situación.

Ahora bien, también era conocido Gandhi por su notoria indiferencia hacia las artes. Quizás las mentes más sensibles a lo estético no sean más racionales, no sean las más capaces de distanciarse de sus sentimientos y observar desde la máxima ecuanimidad. O sea, que quizás las “buenas” formas de hablarse a uno mismo no sean tan buenas para crear arte.

La figura del artista, desde luego, se asocia más a la de un loco.

Esto tiene su razón histórica; los creadores del Romanticismo y las vanguardias se recrearon en la subjetividad y la irracionalidad, frente al convencionalismo burgués y el racionalismo técnico que fue dominando la sociedad desde el comienzo de la revolución científica e industrial. El artista encontraba su vía hacia la singularidad en la liberación de un yo menos domeñado por la convención y la razón.

Sin embargo, el individualismo no era un patrimonio del artista; en la naciente sociedad “libre” la voz interior cada vez bullía con más fuerza, pues la nueva vida social y cultural iba permitiendo a la gente forjarse una personalidad propia, diferenciada.

¿Qué sucedería si, para escribir mejor, intentáramos embellecer nuestra voz interior?

En 2022, casi dos siglos después, ese proceso de liberación del yo ha llegado a su clímax. Hoy hemos convertido la expresión de nuestra singularidad casi en un imperativo. A nadie le tratan de loco por ir a un psicólogo, sino al contrario: estamos llamados a abrirnos a los demás y mostrar nuestras entrañas, y para ello contamos con tecnología satélite y un gran repertorio de lenguajes al alcance de nuestro pulgar, que van desde la fotografía al video, desde la literatura a los emoticonos.

Nunca nuestra voz interior había sido tan pública.

Y el boom de talleres de escritura creativa tiene mucho que ver con este empoderamiento: no solo nos estamos dando permiso para sacar lo que llevamos dentro, sino que aspiramos al interés público de nuestra verdad interior.

Y para esa misión, ¿qué mejor que la literatura?

Digamos que las técnicas de escritura nos aportan un modo cosmético y accesible de conseguirlo; podemos aprender a embellecer nuestro yo como quien se coloca una máscara, como quien se viste de ropajes muy bien escogidos. Y no exige cambios internos profundos.

Ahora bien, ¿qué sucedería si, para escribir mejor, también intentáramos embellecer nuestra propia voz interior?

Bueno, para empezar… podríamos enloquecer. La manera tradicional con que muchas celebridades han intentando hacer esto último, es decir, transformar su voz interior para hacerse más interesantes hacia el exterior, ha sido interiorizar un personaje hasta provocarse una esquizofrenia (si es que la esquizofrenia no era ya el punto de partida). Justo eso le pasaba a Hemingway, según cuentan en documental recién estrenado en Filmin: acabó siendo una víctima del personaje que se había creado.

En Próxima no recomendamos la opción Hemingway a mayores de treinta años (que de joven sí está bien fliparse un poco). De ahí que nos interese lo que la neurología y la psicología puede enseñarnos para generar belleza en el propio mundo interior, y no solo para fuera.

Cualquiera con un criterio académico bien asentado sabrá sortear las toneladas de pseudociencia que se publican en torno a la autoayuda y aprovecharse de libros fáciles y a la vez rigurosos como Cháchara para auto-ayudarse sanearse un poco el cerebro y de paso escribir mejor.

Aprender a escribir consiste en gran medida en gestionar lo que compartimos y lo que no, a elegir qué elaboraciones internas pueden captar el interés de los demás y qué rumias es mejor no compartir.

Muy a menudo, la manera interesante de plantear a otros un pensamiento, un juicio o una percepción también es una manera interesante de planteárnosla a nosotros mismos, en nuestro foro interno. Esta, a nuestro juicio, es una de las muchas maneras en que practicar la escritura enriquece nuestro ser.

Por tanto, hacer nuestra voz interior más enriquecedora para nosotros hará nuestra voz pública más interesante para los demás. Y esto es bonito porque, en lugar de convertirnos en maestros del control de lo que compartimos y lo que no, nos procuramos un mundo interior que merece ser compartido, pero cuyos principales beneficiarios, sobre todo, somos nosotros mismos.


La revolución de querer pocos lectores

La masificación de nuestro mundo ha provocado que aspiremos a un número alto de lectores, y los veamos más como un número. Pero en Próxima nos parece revolucionario la escritora o el escritor que renuncia a la ambición de un público.

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