Atendamos la llamada de Ray Bradbury para encontrar el entusiasmo y la furia que prenda nuestra literatura a 451 grados Farenheit: «¿Cuánto hace que no escribes una historia por pura indignación?»
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Lee El sablazo de Dios, del profesor Miguel
Llegó en forma de cobro de 300 euros por el flanco más desprotegido de mi batalla: la cuenta corriente.
La cuenta corriente, como su nombre indica, es corriente, es un riachuelo de dinero que solo es nuestro el escaso tiempo que tarda en ser drenado a su paso por el mes. No poseemos la cuenta: poseemos la corriente.
Dueños del agua son, en cambio, quienes nos suministran la energía que necesitamos para vivir.
Ahora el telediario ha irrumpido en mi salón. Global News: invadido por el frío. ¿Podría la Madre Rusia encontrar forma mejor de invadirnos que meternos a todos su frío en el cuerpo? ES MAGIA. La magia de la globalización. Siéntela en tus ateridas carnes.
La fluctuación de nuestra factura de la luz y el gas es pura teoría del caos; un presidente ruso necesita una guerra para reforzar su poder interno y yo empiezo a pasar frío en los deditos. Las negociaciones de la OTAN y la regulación energética europea se inmiscuyen en mi termostato; las puertas giratorias de las eléctricas hacen aumentar el grosor de mis calcetines.
Pero no. Fase de Negación. No. Al Contraataque. Busco en Internet como enfrentarme a la agresión: encuentro paletadas de usuarios de mi compañía, Holaluz, clamando por haber sufrido la misma injusticia. Lo certifico: he sido estafado. Una cascada de atropellos similares inundan los foros, narrados en todos los idiomas conocidos de la indignación: en mayúsculas, con insultos, dando pena, como alegato legal, desde la exposición objetiva, con victimismo, revolucionariamente…
No hay ya duda, mi eléctrica es una estafadora, ¡debo cambiar de compañía! Pero cuando busco información sobre su competencia solo encuentro más cascadas de ira, de impotencia. Valoraciones penosas a millares. No me indigna leerlas; me deprime. Soy oficialmente parte de un problema social.
Y sé que a vosotros también os deprime; por eso no os cuento los pormenores de mi estafa. Me enferma de aburrimiento, y este es contagioso. La estafa es inefable. De ahí que todos los clamores acaben en Internet, esa caja de truenos donde van a parar las voces que nadie desea escuchar, donde miles de usuarios gritan su estafa a usuarios que a la vez gritan su estafa a usuarios que a la vez gritan su estafa.
“Mierda soy uno de ellos, soy uno de los estafados, de los atrapados en esta condena de aburrimiento que es entender cuál es mi puto problema, y cómo puto solucionarlo y luego abrirme paso por todas las putas trabas que va a poner Holaluz a mi reclamación. Por Dios y por los putos políticos, ¿por qué nos han abandonado? ¿Para qué sirve un estado si no puede proteger ni a sus ciudadanos de bien?”
Ciudadanos de bien.
La estafa afecta a los “ciudadanos de bien”. Es las mas trasversal de las injusticias. Y somos los que gritamos más porque no fuimos estafados desde el mismo día de nuestro nacimiento, como sí les ocurrió a los “ciudadanos de mal”, o sea, a los pobres.
Si naces en la pequeño-burguesía las estafas siempre te pillan desprevenido; nos criaron en la candidez de quienes esperan, más o menos, protección por parte del sistema. Eso no le pasa a un pobre. Algunos hasta estamos dispuestos a pensar bien de nuestros administradores y ser relativamente optimistas con el progreso de la humanidad.
Y entonces, pum, el sablazo de Dios. Ya no sé ni donde caerte muerto. Te mueres.
En mi búsqueda, Internet me arroja las fotografías de las jefas y jefes de Holaluz: tienen mi edad pero pertenecen a otra clase, claro. Por necesidad no pueden considerarnos a nosotros, sus clientes, sus semejantes. Se mueven con serenidad civilizada por los exclusivos salones donde cocinan sus fechorías. Su autoestima, claro, no depende de lo que pensemos de ellos. ¿Qué mella puede hacer en la estima de esas personas lo que pensemos personas a las que no tienen en ninguna estima?
¿Tendrán en estima a alguien, serán leales a su clase, o solo a si mismos? ¿Cuanto tardarían en devorarse entre ellos si tuvieran necesidad? No se me ocurre peor gente para perderme en una isla desierta. El canibalismo no sería el último recurso: sería el primero. Se lo enseñan en los Business Bootcamp.
Y luego sus fotos desaparecen y mi problema vuelve a carecer de rostro. El sablazo de Dios cae desde el cielo, te ciega. No ves caras. ¿No quieres pagar? Tu luz será cortada. Serás arrojado al frío. Tu hogar, destruido. ¿Que trabajas en casa? Entonces perderás el trabajo. Vivirás sin la luz y sin el fuego, y tarde o temprano acabarás pasando hambre. No sé, ¿qué tal si mejor pagas? Búscate la vida, eso se le da bien a tu gente, ¿no? Lo de buscaros la vida. Que son trescientos euros, te quitas de todo lo que no puedes permitirte y ya te salen las cuentas.
Y además, mejor que vayas ahorrando, porque a partir de marzo sube: serán quinientos.
Escucha la tarea
Si quieres más, recomendamos:
- Bradbury, Ray. Zen en el arte de escribir. Minotauro. 1995.

