Fiesta en la madriguera

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El debut literario del mexicano Juan Pablo Villalobos se llamó Fiesta en la Madriguera y es una novela breve, protagonizada por el pequeño hijo de un narco mexicano, que publicó la editorial barcelonesa Anagrama y se tradujo a más de quince idiomas. 

Apareció en 2010, cuando la cultura pop ya había hecho del mafioso y el traficante de drogas un anti-héroe habitual en videojuegos (GTA), películas (El padrino), series (Los Soprano, Breaking bad) y géneros musicales (del gansta rap al narco corrido). Al mundo literario, más anclado en la gravedad testimonial, quizás le pilló más desprevenido el libertinaje con que Villalobos se valió de este imaginario para su sátira. Igualmente, los críticos la celebraron como una bocanada de aire fresco que renovaba la forma de narrar la gran tragedia mexicana del narcotráfico. 

Fiesta en la madriguera cuenta desde la perspectiva de un niño la vida doméstica de una pandilla de narcotraficantes y sirvientes liderados por su padre, un capo millonario convencido de que siempre logra lo que quiere. En realidad, él y su hijo sufren severas privaciones: han de vivir recluidos en una mansión fortificada, que solo pueden abandonar para refugiarse en Liberia, el único agujero de la tierra donde la ley parece importar todavía menos que en México. 

Ese confinamiento ha provocado en el niño una perspectiva de la realidad que es, en verdad, el gran hallazgo literario de Villalobos. Aislado por completo del mundo ordinario -ese que habitamos los lectores- nuestro pequeño narrador ha desarrollado un sistema de valores y creencias tan extraordinario que de puro distorsionado se vuelve fantástico. A través de su mirada, la vida del narco se nos presenta extravagante y fabulosa en lo material, pero, sobre todo, en lo moral. 

Y es que la ficción protagonizada por criminales nos permite evadirnos, ya no a un lugar exótico o a un tiempo remoto, sino a una ética alternativa. Y hay placer en ello; hay genuino disfrute en suspender temporalmente nuestra moralidad para vivir a través de estos personajes éticas prohibidas, del mismo modo que lo hay en suspender nuestra incredulidad para vivir en universos mágicos.

Que sea un niño el protagonista testigo que haga de narrador en primera persona nos ayuda a asumir con naturalidad este extraño sistema de valores. Porque los niños no nacen con la jerarquía oficial aprendida de qué está bien y qué está mal, qué es importante y qué no lo es. En gran medida son tabulas rasas capaces de absorber cualquiera de los órdenes sociales que han existido, como si ningún otro tuviera sentido. Además, el niño aún mantiene la capacidad para dejarse llevar por asociaciones libres y describirnos un nuevo sendero lógico por el que transitar viejas realidades: 

“Los franceses me caen bien porque le quitan la corona a los reyes antes de cortarles la cabeza. Así la corona no se abolla y la puedes guardar en un museo en París o vendérsela a una persona que tenga mucho dinero como nosotros”.

La novedad aquí es que la actividad delictiva está integrada en una cotidianeidad de un niño de la clase alta, rodeado de servicio y empleados. Tan pronto te cuenta cómo matar a alguien que te explica la forma en que el jardinero arregla el pasto. Este chaval nos hablará de su colección de sombreros, de su deseo fuerte de hacerse con un hipopótamo enano, de su amor por los diccionarios o de las películas de samurai con la misma soltura con que nos relata cómo su familia de gánsteres mata, extorsiona, chantajea, soborna y se traiciona. 

Esto no es lo habitual en la ficciones sobre el narcotráfico, una actividad tan dramática, violenta y potente que no admite normalizarse, ni convivir con lo cotidiano. Pero Fiesta en la madriguera nos divierte precisamente por el modo chocante en que el niño y su entorno han normalizado esta actividad criminal.

“Hay muchas maneras de hacer cadáveres, pero las que más se usan son los orificios. Los orificios son agujeros que haces en las personas para que se les escape la sangre. Las balas de las pistolas hacen orificios y los cuchillos también pueden hacer orificios. Si se te escapa la sangre hay un momento en que el corazón o el hígado dejan de funcionarte.”

Como lectores llamados a identificarnos con el personaje narrador viviremos las aventuras criminales de esta familia desde lo lúdico. Porque para el niño la vida tiende a convertirse en un juego. Y aunque a su alrededor ocurren atrocidades propias de una guerra de carteles, él se encuentra bien, física y mentalmente. Ocupa su posición de privilegio en el vértice de una despótica cadena de violencia con tanta naturalidad como respira.

Cuando la guerra se recrudece y sufren la traición de uno de sus sirvientes, la familia mafiosa se refugiará en Liberia, un destino tan absurdo como el propósito de que el protagonista pueda hacerse con dos hipopótamos enanos para su zoológico personal. Queda claro que el narco no tiene más propósito vital que perpetuarse; no sabe qué hacer con la vida ni con su riqueza más allá de eso. Su posición es altamente inestable, aunque finalmente se restablece el orden natural de la novela y -del México de la novela- para horror de nuestro bienpensante sistema de valores: el malo gana, el protagonista gana, y el lector se deleita con ello. 

Fiesta en la madriguera se aleja de cualquier pretensión documental, testimonial, que precise el drama del narcotráfico en México. Para mí, profundiza en un tema más universal: que todo sistema moral es relativo y contingente. Y que las personas que se rigen por valores antagónicos a los nuestros son inmunes a nuestra condena moral. Ah, y que de vez en cuanto tomarnos unas vacaciones en la ficción de nuestro sentido del bien y del mal es muy divertido.