Antología

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Aquí quedan recogidos los textos -en su primera versión completa de borrador- que se incluirán en la antología.

El violinista


Gema N. Morales Martínez


Era mayo y la lluvia arreciaba. Encontrar taxi libre en Manhattan, en sábado por la tarde, era ya toda una odisea; pero en días de lluvia se volvía una misión imposible. Era un privilegio por el costo también.

Estaba cansado. Del día, de la gente, de los turistas y de la vida a veces también. Vestía elegante, al menos eso intentaba, quería rendir el honor que merece a la música, a los brillantes músicos y concertistas de antaño, y a su cada vez más reducido y mediocre público. El violín había sido siempre su pasión, enamorado de la música y ese viejo instrumento, su único defecto era que no pagaba las cuentas. Por lo general tomaba el metro para salir de la gran ciudad y llegar a su diminuto espacio de vivienda a las afueras del centro. Subirse a este Mercedes amarillo que le ofrecía llevarle por contarle su historia, era un lujo. Sin pensarlo dos veces, se subió, quizá debió considerarlo un poco más, ¿quién ofrece un viaje gratis por una historia en estos días y más en estas ciudades tan grandes y caóticas? En fin, tampoco había nada que pudieran robarle; sus partituras y el viejo violín, de tan viejo, no podría funcionar con nadie más; sus zapatos eran una vergüenza, igual que su traje y corbata del siglo anterior, pero era lo que había; era tanto su hastío que lo tomó sin más, le indicó el domicilio al cual debía llevarlo en Brooklyn y comenzó a contar su historia.

La historia de su vida era más bien corta, rondaba ya los setenta años y sumaban más de veinte colocándose siempre en el mismo lugar del central park de la gran ciudad, para tocar. Sin embargo, no siempre había sido así. Le contó sobre sus años de juventud, cuando había sido un reconocido concertista, bien parecido y la fortuna le sonreía, se había casado con la chica más linda que había visto jamás. Pero la vida de su esposa había terminado pronto, un accidente de auto le había arrebatado al ser que más había amado, y al mismo tiempo, aunque él aparentemente sólo había recibido unos rasguños, sus dedos habían quedado lesionados para siempre.

Miraba por la ventana, la lluvia empezaba a ceder. A veces soñaba con tener una estrella al estilo John Lennon en el parque, un sitio icónico donde le recordaran para la posteridad. Antes de su declive solía presentarse con la Orquesta Filarmónica de Nueva York, hasta que llegó un nuevo director con quien no logró simpatizar y la lesión en sus dedos mermaron todas sus ilusiones

– ¡Si tan solo pudiera volver a tocar una vez más con la orquesta! – le compartió al conductor.

Cruzaban el Puente de Manhattan, los colores de un atardecer magnífico se dejaban ver ya sin la lluvia, cuando el conductor se detuvo.

– Pero, ¿qué haces, te has vuelto loco? ¡Hay mucho tráfico! – dijo el violinista. El claxon de los coches comenzó a sonar, los insultos y gritos de la gente tampoco se hicieron esperar.

El conductor con toda calma se volteó hacia el asiento de atrás, tomó las manos del violinista entre las suyas apretándolas suavemente por un breve instante, el violinista sintió una energía indescriptible. El conductor se bajó del taxi, abrió la puerta del violinista y le pidió que saliera. El violinista de inmediato tomó su violín y sus partituras, no las dejaría ahí, no sabía qué locura se le había ocurrido al conductor. Con una fuerza inusual, el conductor colocó al violinista de un solo movimiento a la parte alta del taxi.

– Ahora, comienza a tocar, toca para mí, toca para todos – le indicó el conductor desde abajo visiblemente entusiasmado. El violinista sin saber qué más hacer hizo lo que le indicaron. Las notas sonaban magistrales, fuertes, como si estuviera en la sala de conciertos con una acústica singular. El violinista emocionado cerró los ojos mientras tocaba y recordaba sus años de gloria en la orquesta. La gente de los otros coches, más calmada de aquel enojo previo, se asomaba deleitada mientras escuchaba por las ventanas de sus autos, otros tantos se bajaron y comenzaron a aplaudir.

Esa tarde el violinista la recordaría siempre, su destino deparaba un nuevo comienzo, sus dedos habían dejado de doblarse y de doler. Quién sabe si algún día tendría esa estrella de la fama en central park, lo que sí sucedió, es que volvió a confiar y a tocar como lo había hecho mucho tiempo atrás.


Pasajero 2


Fernanda Meraz

Cómo iba a saber que el asiento de una limusina sería tan rígido. Pero llegar al recinto del galardón con el lujo que merecía su gran figura y gratis, fue para Gabriel una oferta imperdible. Se arrellanó para combatir la sensación de incomodidad que surgió conforme relataba su historia a la conductora. La misma historia que ya era tan natural en él y que ahora le salía a trompicones.

– Recibo el premio como el creador de la literatura interhumanista, ya lo habrá escuchado en los medios. Aquí en su país no se habla de otra cosa más que de la ceremonia del premio. Significa la fluidez de mi literatura, libre de toda atadura de género, frontera geográfica, cultural o lingüística. La representación de la universalidad humana. Eso se perdió con la atomización causada por las diversidades, ¿sabe? Todas esas minorías que se creen peculiaridades de la humanidad. Pero a los humanos nos define una esencia. Para el planeta y el universo somos un ente y el mismo. ¿Ha escuchado del concepto de gaia y el rol de cada especie para el todo? A eso alude mi escritura.

Soy persona sencilla, no sé sobre eso. Pero nací en un país periférico, como se dice aquí. La diversidad me atañe.

– Le falta profundizar, estudiar el pensamiento que hoy en día mueve al mundo. La idea me surgió en mis primeros trabajos de investigación académica. Fue una epifanía. En ese entonces había un colega que escribía desde esa perspectiva en otra provincia de mi país. Sostuvimos intensos debates al respecto. Luego nos distanciamos. Diferencias de enfoques y capacidades. Me envió un escrito anodino y mis comentarios lo ofendieron.

De ahí su primera obra que causó revuelo, ¿verdad?

La escucha atenta que recibía regresaba a Gabriel a aquellos años cuando era un joven inseguro que luchaba por encontrar la veta que le diera reconocimiento. Se sentía intimidado. La conductora de la limusina no era la masa de focas adoctrinadas que le rendía pleitesía.

– Por supuesto que no. Una cosa es que rebatiera sus posturas superficiales y otra muy distinta que hubiera tomado sus quinientas páginas. Me refiero a reinterpretarlas, no se haga ideas. De hecho él aceptó sus limitaciones con dignidad. Quiso dedicarse a la docencia.

Una persona generosa, su colega. ¿Le siguió usted la pista?

– ¿Por qué habría de seguirle la pista a alguien que optó por el anquilosamiento? Él decidió permanecer en un círculo endogámico, enfermizo. Un depresivo que acabaría por suicidarse. Yo elegí que mi pluma influyera en el mundo. Los jóvenes sobresalientes que me han seguido son prueba de ello. Escribiendo a mi lado todos ellos reciben sus cinco minutos de fama. Escucharse en una cabina tan silenciosa como un confesionario causaba en Gabriel una suerte de ahogo. La camisa almidonada le picaba la espalda. Aflojó la faja y la pajarita. Trató de relajar el cuerpo, pero sentía que los puños con mancuernillas lo sujetaban a una silla de ejecución.

¿Le apetece un whisky, maestro Garrido? Está en la gaveta frente a usted. En la compuerta contigua encontrará agua embotellada y hielo.

– Sí, sí, buena idea. Hmm, etiqueta azul, ¡fantástico! Mi asistente y yo gustamos de disfrutar un buen whisky después de un día de arduo trabajo.

– ¿No lo acompaña, maestro?

– Generalmente no lo hace. No se imagina la energía que tiene esa mujer. Me mantiene ocupado, con la agenda saturada. Transcribe, negocia con los editores, revisa las traducciones. Incluso supervisa el trabajo de los discípulos. Me refiero a sus propias obras, por supuesto, lo que producen en mis talleres. No se equivoque.

– ¿Leí en una entrevista que se llama Mercedes?

– No, no. Mercedes fue un amor de juventud. Por cierto que también hizo una mala elección y se casó con el colega aquel. Tan bella. Un desperdicio haberse quedado hundida en el anonimato. Porque también escribía, ¿sabe? No lo hacía mal. Cuando el colega murió me contactó para que apoyara a su hija a obtener una beca en el extranjero. La Sorbona, si bien recuerdo. Hice lo que pude. Supongo que la joven no tenía verdadero talento. Tampoco hubiera podido ser mi asistente. En este caso, busco que sean jóvenes fuera de serie, con un futuro prometedor en las letras. Aunque no siempre consolidan su talento. Muchas abandonan la literatura. Suelen ser chicas con alta exigencia sobre sí mismas a quienes nada satisface. Por algún motivo, tengo imán para ellas. Elenita, así se llama, ha estado conmigo desde hace cuatro años. Una chica con un talento enorme, pero muy insegura. Soy un Pigmalión, debo reconocerlo. Me he empeñado en estimularla y no la convenzo de seguir su propio camino. Llegará el momento en que, como todas, se irá.

Hemos llegado, maestro. Aquí vive la doctora Natalia Icaza, huérfana de Mercedes y del colega aquel. Ella preside la academia que le concede a usted el premio.


El fotógrafo

Maricruz Zambrana Jirash

-¿Una historia dices?- preguntó el hombre al subirse al coche. -Casi preferiría pagarte. Pero ahí va la historia. La historia es que acabo de ganar el primer premio de la Bienal de Fotografía y lo único que quiero hacer con esta mierda es irme a mi casa a ahogarme con tequila. Lo tienes, la historia y mi destino.

Tras un breve silencio y sin que el conductor le reprochara por aquella historia tan corta aquel hombre ya entrado en años continuó hablando.

-La conocí afuera del Sanborn’s de Reforma. Ya ni existe. Lo quitaron para hacer esa gigantesco edificio del banco ese español. Dicen que ahora está mejor la avenida, pero qué quieres que te diga, a mí me gustaba más entonces. Cuando en verdad daban ganas de hacer fotografías.

Al parecer la chica a la que se había referido aquel hombre era mucho más joven. Tenía toda la vida por delante cuando él ya tenía unos cuantos años trabajando como analista de riesgos. Se acordaba de cada detalle de aquel día. El color gris del cielo, el viento que hacía correr a las nubes a gran velocidad, las hojas otoñales revoloteando por todos lados y la falda de ella bailando el mismo son. Su cuerpo era maravilloso y podría decirse que era guapa de cara. Pero nada comparado con sus ojos. El color era lo de menos. Lo que le había llamado la atención era la profundidad de su mirada.

-Gritaban pasión- continuó el monólogo.

Ya le daba lo mismo si el conductor le hacía o no caso. Parecía que su cuerpo iba en la parte trasera del coche, pero su mente y su alma sin duda estaban frente a la Avenida Reforma 550. No explicó cómo la conoció, por qué se acercó a ella o si ella fue quien le preguntó algo. Lo que sí contó fue cómo el viento atrajo a la lluvia y la lluvia los envió a guarecerse en un pequeño café de la calle Dublín. Como si el destino supiera que, al pasar de los años y antes de su separación, ése sería la única ciudad a la que viajarían juntos.

Las horas pasaron aquel día y cuando se despidieron supo que nunca más podría estar alejado de ella. Esa misma noche habló con su mujer y le pidió el divorcio.

-Entonces, ¿qué te puedo decir?- miró los ojos del conductor a través del espejo retrovisor. -No había conocido nunca mujer así. Hasta lo más aburrido de la vida era como un viaje de aventuras.

Tras un par de meses juntos, él compró la cámara de fotos. Así como aquel que se encuentra en algún lugar exótico saca de inmediato el teléfono para intentar convertir un etéreo momento en algo eterno, así el hombre necesitaba captar cada instante que pasara a su lado.

-Puede que haya pasado lo que los tzotziles decían. A lo mejor es verdad que las fotos te quitan el alma.

Cada vez los momentos robados por la cámara de fotos se hacían mejores. Su trabajo en cambio pareció volverse monótono. Sin mujer y sin hijos, ¿para qué necesitaba un sueldo fijo? No había mejor mundo que el de estar cerca de ella y la burocracia lo alejaba largas horas de aquel paraíso.

-Lo dejé. Así, de la misma manera que llegué un día a pedirle a mi ex el divorcio, así le dije a mi jefe que al día siguiente no me presentaría. Ya podrían llamarme cuando estuviera listo el cheque de la liquidación. Y si no me lo enviaban, lo mismo me daba.

Lo empezaron a llamar de algunas galerías para exponer sus fotografías hasta que una irlandesa se enamoró de la mirada robada de aquella chica y lo invitó a exponer a Dublín. Todo pagado. Así era como llegaban las mejores cosas. Gratis y sin planearlo. Pero para ir tenía que crear algo distinto, así que consiguió un daguerrotipo. Imágenes de trozos de aquella chica impresos en blanco y negro o en sepia adornaron una de las galerías más exclusivas de la capital irlandesa. Los dos bebieron y brindaron en lo que la gente hacía comentarios que a ellos poco les importaba.

-Pensé que así sería mi vida en adelante- dejó de mirar al conductor y volteó hacia la ventana.

Era joven, muy joven y, al parecer, esa pasión no era lo único que quería la chica. Un día le anunció que se iría a estudiar al extranjero. Pero había prometido volver. Durante tres o cuatro años no supo nada de ella. Hasta que un día se presentó en su puerta y le pidió perdón por haberse alejado. Le dijo que no podía vivir sin él y él lo creyó. Para ese entonces el hombre ya era un artista reconocido. El abandono había sacado lo mejor de él. Pero nada se podía comparar con el tacto de su piel por la noche. Le gustaba escuchar su voz mientras hablaba con alguna amiga y mirarla sin que ella se diera cuenta.

Comenzó a obsesionarse por ella. ¿Qué tal si lo abandonaba de nuevo? La seguía a todos lados, miraba su teléfono para saber si le ocultaba algo y se ponía como loco si salía con otros chicos, aunque fueran asuntos de trabajo. Ella le reclamaba y él le decía que no necesitaban nada más que el uno al otro.

-Me equivoqué. Resultó ser como cualquier otra mujer- mencionó para sí.

Dos años después de su regreso ella le informó que quería una familia, pero que él no era el indicado. Se esfumó para siempre. Llegó a leer en alguna ocasión que ella había ganado un premio de poesía y de repente la seguía en sus redes sociales.

Decenas de mujeres pasaron por su apartamento, pero ninguna se quedó más de una semana. Al no mostrar nada a través de la mirada él las desechaba como frutas pasadas. Pero cada una de ellas posó frente al daguerrotipo. Recortaba los ojos y hacía collages con ellos.

-Hace una semana salió en varios periódicos que el premio que me daban era por esos collages.

Una noche antes había soñado que ella, al enterarse del premio, se volvía a presentar a su casa, lo felicitaba y se despedía ahora sí para siempre. Al despertar y saber que el roce de sus labios había sido solo fruto de su imaginación sintió que no podía haber peor pesadilla.

-Que se vaya para siempre con su familia perfecta y sus poesías. No me importa ya nada de lo que pase.

El conductor detuvo el coche.

-¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes?- preguntó.

-Hemos llegado- respondió el conductor.

-Te dije que mi casa. ¿Qué estoy haciendo aquí?

Sobre la Avenida Felix Cuevas se encuentra uno de los tanatorios más concurridos de la ciudad. La gente desfilaba hacia adentro. Todos vestidos de negro y con algún arreglo floral. El hombre entonces pudo distinguir a algunas personas. Sin duda eran las amigas de ella. Y ahí estaban también sus padres. ¿Sería aquel niño su hijo? Tenía que serlo. Sus ojos también gritaban pasión.


El castillo

Mari Nieves García

Julio se levantó con una extraña sensación. Era el hormigueo interior que ya conocía, y que siempre predecía a situaciones importantes de su vida. Hoy no le dio importancia, pues su noche en vela y el viaje urgente a Salamanca para solucionar un problema importante de malas praxis de algunos colaboradores del Despacho de Abogados que tiene de esta ciudad, y que comparte con el de Madrid, era el augurio de su malestar.

Salió de casa con su bolsa de viaje, su ordenador y las llaves de su coche. Tenía embotada la cabeza, pero no le dio importancia. Conducir le relajaba. Antes de llegar al túnel de Guadarrama, la climatología se puso adversa y comenzó a nevar. En un instante la autopista se convirtió en una pista de hielo, y sin apenas darse cuenta era uno de los vehículos afectados por una colisión en cadena. Afortunadamente él se encontraba bien y no hubo en el siniestro heridos graves, pero sí muchos coches afectados, que fueron retirados por grúas de distintas compañías. Entre ellos se encontraba el de Julio. Llegaron varios taxis y también alguna ambulancia, que fueron distribuyendo a afectados.

En estos momentos de desconcierto a Julio se le acercó una mujer que más parecía una Diosa que una taxista. ¡Estaré muerto, -pensó- y es un Ángel que viene a buscarme!

-¿Es usted Julio? Le preguntó la extraña chófer. Me manda la compañía del Seguro de su vehículo para trasladarlo a donde Usted necesite, -invitándolo a subir a su taxi-. Julio accedió al interior con su bolsa de viaje y su portátil. A sus cuarenta años y muchas vivencias, comenzó a arrepentirse por no haberla interrogado previamente. Su presentimiento de la mañana se estaba cumpliendo.

-¿Adónde lo llevo? Le preguntó la conductora.

-A la Plaza España de Salamanca, le dijo un tanto nervioso.

-¿Le explicaron las condiciones de este desplazamiento cuando habló con las oficinas de su compañía?

-No sé de qué me habla, le dijo Julio, más nervioso que con el accidente.

-Mi empresa, le dijo la taxista, le realiza este servicio a su seguro cuando ellos no tiene disponibilidad para realizarlo, como ha ocurrido hoy, pero con una condición, que el cliente le cuente al conductor o conductora una historia en el trayecto. Me extraña que no se lo hayan informado. Pero tranquilo y relájese, le dijo mirándolo por el retrovisor. Yo le diré cuando tiene que comenzar, ya que en estos momentos no puede renunciar a mis servicios.

Julio cada vez se encontraba más desconcertado. No entendía como había llegado a aquella situación tan surreal. No podía huir y los cristales tintados de aquel vehículo le impedían ver el exterior. Su única referencia era aquella extraña mujer que lo miraba por el retrovisor y lo hacía sentirse más inseguro.

Le cuento una de las muchas vivencias que tengo de mi infancia, pensó Julio, y cuando llegue a Salamanca, esta pesadilla habrá terminado. Entró en un estado de soñolencia y volvió a soñar con sus padres preocupados por su desaparición aquella tarde de verano cuando era un adolescente.

En un movimiento brusco del vehículo se despertó, y se estremeció al verse observado por la conductora. Se ha dormido, -le dijo- Ha llegado el momento de que me cuente su historia.

Julio nervioso, y recordando el sueño, eligió para contarle el episodios más traumático y alucinante de su vida, que aun hoy, con el transcurso del tiempo, no le ha encontrado sentido.

“Una tarde de verano decidimos cinco amigos, todos adolescentes, alejarnos de nuestro pueblo para ir a merendar a la cueva de los lobos. Era un lugar prohibido, lo que lo hacía más deseado para nosotros. Llevábamos en nuestras fiambreras de aluminio y botas de vino de cuero abundante comida y bebida para pasar una tarde divertida.

Cuando nos aproximábamos a la gruta me sentí indispuesto. Busqué un lugar alejado de los comentarios y risas de mis amigos. Allí comprobé como un conejo se metía en una grieta que habíaMaría Nieves García debajo de una gran roca.

Con la inconsciencia de un joven de quince años, corrí hacia la madriguera, para hacerme con tan preciada pieza y presumir ante mis amigos. Metí la cabeza y comprobé que era una guarida de animales de gran tamaño. Mi intención fue levantarme y salir corriendo, pero mi instinto cazador me llevó a introducir aún más mi cuerpo y explorar el escondrijo. Sin poder evitarlo, comencé a deslizarme a gran velocidad por una pendiente de agua y barro. Muy asustado grité, pero mis amigos no me oyeron. La angustia y el miedo se apoderaron de mi ¡Me voy a morir¡ -repetía-. Todo sucedió muy rápido. El pánico me invadía. La humedad, el barro adherido a mi cuerpo, un silencio aterrador y la oscuridad absoluta eran mi única compañía. Había dejado de moverme, y estaba tumbado en un lugar extraño. Sentía mis piernas, mis brazos y no me dolía nada. ¡Respiré aliviado¡ No había perdido la fiambrera y la bota de vino. ¿Dónde estoy? -pensaba-. Intenté recordar lo que me había ocurrido. La cabeza me estallaba y las palpitaciones de mi corazón iban en aumento. Estaba a punto de perder el conocimiento. Una gota de agua que cayó en mi cara me devolvió a la horrible realidad. ¡Tengo que salir de aquí¡-pensé. Agudicé mis sentidos, pero solo olía a humedad, no veía nada, y el silencio era aterrador.

Deambulé por aquel lugar desconocido. Estaba solo y tenía miedo. Sentí hambre y abrí mi fiambrera y tomé un trago de vino, todo con moderación. Cogí fuerzas para buscar la salida. Agudicé mis sentidos, y algo familiar me llenó de alegría. A mi izquierda creí oír el sonido del cauce de un rio.

– En la escuela nos enseñaron que los riachuelos desembocaban en ríos antes de llegar al mar-, y me animé. En mi accidentado camino hacia la salida tropecé con algo. Al cogerlo y palparlo, me pareció una calavera humana. ! Qué horror ¡-grité-. Ese hallazgo, el control de la comida y la bebida me dieron la fuerza física, moral y mental para encontrar aquel rio. Al llegar a él era de noche y consideré que debía esperar hasta que amaneciera para seguir su cauce.

La espera y el miedo me hicieron pensar en la preocupación de mis padres y también en mis amigos. Después me contaron que el pueblo se movilizó para encontrarme.

Al amanecer me metí en el riachuelo y me deje llevar por la corriente. En cuanto pude, salí a la orilla para descansar y con alegría comprobé que era el río de mi pueblo. Solo tuve que seguirlo, y mi ansiedad se volvió en esperanza cuando a lo lejos vi las ruinas del Castillo de mi pueblo. Desde pequeño he sentido una atracción obsesiva por él y su entorno, y más desde ese día que fue mi faro de salvación”.

Esta es mi historia, le dijo a la conductora. Nunca he podido averiguar donde caí. Espero que le sirva como pago por su servicio. Ella lo miró de nuevo por el espejo retrovisor, y sin contestarle paró el vehículo, pidiéndole que bajara de él, a la vez que ella también lo hacía.

La sorpresa de Julio lo dejo atónito, ¡cómo era posible que se encontrasen frente al rio y el Castillo en ruinas de su pueblo!

-¿Quién es Usted? -Le preguntó Julio asustado- Yo le dije que me llevara a Salamanca ciudad.

-Mi misión, le dijo la conductora, es traerlo aquí para aclararle adonde fue arrastrado aquella tarde de verano de su historia y que tanto le obsesiona. Las ruinas de este Castillo tienen un pasadizo secreto que lo comunica con otro de la misma época ubicado en el pueblo vecino. A él cayó aquella tarde. Para encontrarlo y también para descubrir algo que siempre ha deseado, y que existen, bodegas, mazmorras y objetos que están ocultos en sus ruinas, le facilitaré un croquis, que junto a planos oficiales de este lugar, usted los descubrirá y pasará a la historia de su pueblo como el Mecenas que descubrió tan valioso hallazgo. También encontrará el tesoro que forma parte de la leyenda de su pueblo.

Julio se dio la vuelta para hacerle algunas preguntas y solo encontró su bolso de viaje, su portátil y el croquis. Los recogió y caminando recorrió el corto camino que lo separaba de su casa del pueblo.

Pidió las llaves a la vecina, y se pasó otra noche en vela examinando los documentos que aquella extraña señora le había facilitado, y que eran el testimonio de que lo vivido ese día había sido real.


Pasajero 3

Fernanda Meraz

No era él a quien la conductora tenía el propósito de recoger en esa acera. Pero el viejo malencarado y flacucho se impuso. Como si el ventarrón, que todo lo nublaba, lo hubiese empujado hasta la portezuela en el momento justo. La polvareda se intensificó y el joven apresurado, que atropellaba al mundo a su paso, no tuvo la menor oportunidad de defender su viaje ante el viejo.

Para mayor sorpresa, él abordó con una niña protegida bajo el impermeable descolorido. Una chiquilla que, sentada al lado del viejo, la vigilaba. O eso sintió ella cuando la contempló por el retrovisor.

–Señor, disculpe, pero el viaje fue solicitado por el caballero…

Los pequeños ojos como canicas de obsidiana atendieron el incipiente discurso de la conductora más que el viejo. Dejó de hablar. Él hacía un ademán de disculpa por la ventanilla al hombre que había dejado de pie en medio de la ráfaga amarillenta.

Trató de concentrarse en su insesperado pasajero. No pudo leerlo, era un libro escrito en una lengua desconocida.

–Avance, avance señora, no nos quedemos aquí impidiendo que este joven tome otro taxi.

–Espere, debo corregir la ruta. ¿A dónde se dirige?

–Siga de frente, que no tengo un destino fijo. Solo quería librarnos de tanta tierra. Esta nubosidad ocre que nos oxida hasta el pensamiento. Siroco lo llaman aquí en la isla, harmatán más al sur, en África. ¿Sabía que en Argentina hay un fenómeno similar llamado zonda? Tranquila, sí, le contaré una historia.

–Cómo!, ¿lo sabe?, se preguntó ella, enmudecida por el desconcierto.

— La niña hace lo mismo, se rasca la nuca cuando está nerviosa. Tieneseis años pero todavía no se decide a hablar. Es claro que entiende todo, tanto en español como en inglés. Y francés. Es solo que lleva tres años enojada, por la ausencia. A veces cuando nuestra voz no recibe atención se siente que el esfuerzo es inútil. Incluso los críos deciden callar, no lloran. Además, la madre debe doblar turnos para mantenerse y yo las cuido. Hasta que cambie de lugar. Yo como usted no estoy de fijo, digamos que llevo la vida de un navegante.

La conductora metió los dedos entre el cabello, sintió la nuca y regresó la mano al volante. La niña custodia pareció sonreír.

— Ha tenido mala suerte la madre de los niños. El otro es dos años menor y vive lejos, al otro lado del océano. No lo ha vuelto a ver desde que huyó. Ocurrió todo muy rápido, a diferencia de como avanzamos aquí en medio de esta nube de polvo que no deja ver.

La chiquilla se reclinó en el brazo del hombre, ahora parecía cansada, aunque su mirada seguía anclada en el rostro de la conductora. El movimiento de la niña descubrió el pequeño arete en forma de rana que a la conductora le evocó un sentimiento encantador. Imágenes difusas de su niñez pasaron en ráfaga por su mente. Las dejó transcurrir con un leve suspiro.

— No desespere, como todo, esta tormenta acabará. Ahora le cuento.

Resulta que la mujer acudió con el fiscal del estado unos días después de que su esposo fue asesinado. Eran gente de buen nivel. Él un abogado prestigiado que se metió a defender a quien no debía. Ella dedicada a la familia, al margen de los asuntos que proveían el dinero. En realidad las mujeres alrededor de estos personajes se dan cuenta de muchas cosas y ella pretendía llegar a fondo, saber quién y por qué había cometido el crimen. Vamos, encerrar de por vida al culpable. Lo que recibió fue hostigamiento, amenazas a su vida y la de sus hijos, la de sus padres. Uno que otro atentado fallido con el fin de amedrentar. El terror se apoderó de sus días. Sus bienes fueron incautados. En dos semanas pasó de una vida de lujos a la miseria. Se sentía vigilada, perseguida y sola.

Avanzaban dirigidos por las luces de los escasos vehículos que circulaban entre un nubarrón cada vez más denso. Los minutos que indicaba el tablero del coche parecían seguir el ritmo de un sueño eterno. No se escuchaba más que el monótono ceceo de la arena sobre los vidrios y la carrocería.

La conductora seguía sin comprender el origen o propósito del viejo. Tampoco era capaz de dilucidar quién era esa chiquilla cuyo gesto parecía lanzarle un reto.

— La niña guarda gran parecido con su padre, ¿sabe? Frunce el ceño cuando lo menciono, como ahora. Utiliza los mismos músculos frontales que usted, es notable.

La conductora sintió una enorme compasión por la pequeña enmudecida, como si la invadiera una necesidad de perdonar, de volar con ligereza. Fue la ignición repentina y efímera de un relámpago.

— En esa condición de zozobra de la mujer se presentó el buró de investigaciones. Fue su salida. Lo de siempre: protección a cambio nombres, fechas, fotografías. No pudo ofrecer gran cosa, no es que viviera reuniendo evidencias para salvar el pellejo algún día. Así que tuvo que elegir: el niño se quedó con los abuelos. Nuevas identidades, empezar de cero. Y yo, su sombra. Justo a tiempo, hemos llegado. ¿Quiere pasar un momento? Podrá conocer a su padre. De Kore, la niña. O tal vez no ha llegado el momento, ahora que ya clareó.

La conductora mira al viejo y a Kore llamar a una puerta. Ella es una jovencita con una coronilla de flores que se rasca la nuca.


La tía Distingue

Sagrario Martínez

Gabriel encontró aquel inusitado taxi en un anuncio de Internet que parpadeaba en la pantalla de su móvil, mientras buscaba soluciones para las consecuencias  del suicidio de su tía. Por esa desgracia estaba en Madrid.

Acordó una cita. Y aunque no fue él quien decidió dónde sería el encuentro,  cuando comprobó la localización, resultó que había sido elegido a su medida: Calle Alburquerque, esquina Fuencarral, delante del cine Proyecciones.  Conocía al detalle esas calles de sus largos años de juventud en Madrid, había vivido precisamente en ese barrio. Recordó con nitidez que alrededor de la taquilla de ese cine había una mujer vagabunda que ofrecía con un lindo soniquete: caramelos, chicles y cartas de amor, a cambio de la voluntad. Encontró un agradable parecido entre hacer un viaje a cambio del relato de tu vida y aquel trueque de las cartas de amor. Sin duda eran los mejores tratos que habían pasado por sus manos fuera del mercado.

En la amarga situación en que se encontraba necesitaba creer que las desdichas no ocurren en vano y que el hallazgo del taxi no era una casualidad sino la  prueba de que la providencia se estaba ocupando de ayudarlo. La primera sorpresa fue ver llegar aquel coche: un Tesla de color rosa estridente y luego aquella enigmática conductora.  Era muy joven y pequeña de tamaño, como una niña gata, con ojos grandes como dos faros. La vio apenas unos minutos cuando salió del coche para abrirle la puerta de atrás. Su presentación fue escueta. Más o menos  le dijo que estaba en su casa, que  agradecía su confianza y que no lo defraudaría. 

Gabriel entró en el coche y nada más sentarse sintió que tenía sueño. Era algo extraño a esa hora de la tarde pero lo atribuyó a que estaba agotado del viaje y de no dormir por todo lo que se le había venido encima. Quiso creer que era normal estando en un sitio de plena confianza. Nadie en su sano juicio, se dijo,  es capaz de dormirse cuando tiene al lado a quien puede hacerle daño. Aplicó el mismo argumento al análisis de su estado de salud y se quedó tranquilo, convencido de que el dolor no permite el descanso y siempre avisa. Rumiando esas conjeturas se quedó prácticamente dormido. 

No hubo casi palabras entre la conductora y él.  El exterior desapareció de su vista y el coche empezó a moverse con aparente autonomía, tanto del  tráfico como de la intención de dirigirse a algún destino. De hecho, él no llegó a explicarle  a  esa chica dónde quería ir porque a decir verdad no lo sabía.  Por eso estaba en ese taxi.   De todas formas sintió con agrado que, sin decir a dónde pretendía ir, aquella maquina comenzara a desplazarse, o más bien a flotar, guiada por una desconocida melodía.

Casi dormido o enfermo, ya no estaba seguro,  fue dejando atrás la estela de su vida. Necesitaba quitarse esa carga. Y nada perturbo su relato:

Mi casa era un infierno. No se hablaba, se discutía.  Mis padres se gritaban, se pegaban. Volaban los platos, los insultos, y durante meses ni se dirigían la palabra.  Y yo allí, solo, en medio de ellos. Así fue siempre desde que tengo recuerdos. No veía la hora de irme. Desde mi conocimiento limitado de lo que pasaba, me parecía que mi padre era quién tenía la  razón. Quizá lo pensaba porque era niño y me identificaba más con él, pero creo que sobre todo era porque me tranquilizaba su forma de ser y de enseñarme, tan paciente. Siempre silencioso y metódico, lo contrario que mi madre. A ella no la quise nunca. Disimulaba por pura educación pero no le tenía ningún cariño.  Muchas veces, le pedí a mi padre que la dejara, que seguro que seríamos más felices sin ella, pero nunca me hizo caso.

Ahora que soy mayor puedo explicarme a qué se debía  toda aquella violencia que tanto amargó mi infancia. Para empezar, se llevaban una enorme diferencia de edad. Veinte años más tenía mi padre. Hasta yo, que era niño notaba su cansancio y la conmiseración, cuando no, el juicio negativo de la gente. Se le veía agotado de soportar la derrota de la batalla a la que lo sometía mi madre, joven y caprichosa, con sus atrevidas vestimentas y modales. Parecía siempre resentida por haber sido su empleada; por eso tal vez, ahora que era una señora, no estaba dispuesta a concederle el mando.

Mi madre tenía una hermana mayor, la llamábamos La Mistingué. Era muy cariñosa conmigo. Siempre que venía de París, todos los veranos, nos traía regalos. Yo la quería mucho y agradecía  esos días que me rescataba de las terribles trifulcas de casa. 

Creía que su nombre venía de la  combinación de mística y distinguida. Así era como yo la veía. Pero no, no era esa la explicación. Mi tía había emigrado a Francia y trabajaba de portera en un edificio de gente de postín en París. Un verano dejó de venir a vernos y apenas se habló de ella, como si no fuera necesario explicar su ausencia  Yo pregunté por su paradero y con evasivas me dijeron que ahora vivía en Madrid y poco más. 

Cuando tuve dieciocho años fui a estudiar a Madrid y me ocupé de encontrar a mi querida tía. Ella sabía muchas más cosas que yo de mi familia. Supe entonces que mi padre y ella  estuvieron enamorados y que habían vivido juntos en Paris, hasta que ella lo abandonó y él desesperado regresó a España. Me enteré también de que su nombre se lo debía a  una célebre  vedette del Moulin Rouge llamada Mistinguette. Y que mi padre  la llamó así porque decía que era como ella, vulgar e irresistible a la vez.  Falsa y despiadada con los hombres. Al escucharla, me pareció que ella en solo en parte se sentía  dolida  por su juicio, porque también estaba orgullosa de tenerlo  un puño. En ese tramposo juego de amor y celos, ella lo arrullaba cantándole  precisamente “Mon homme” de Mistinguette  y él caía rendido ante sus halagos: 

Sobre esta tierra
mi única alegría
mi único placer
es mi hombre.
En cuanto me toca, se ha terminado
soy suya

A la vuelta de París, mi padre montó un estudio de fotografía con el que tuvo mucho éxito. Mi madre fue una de sus empleadas. Aprendió a retocar fotografías de gente rica. Le encantaba. Luego se casaron, y ella como tanto había soñado, pudo dejar de ser una humilde muchacha y convertirse en una mujer despampanante, como imaginó que había sido su hermana en París. Mi padre sin embargo, fue un hombre sin  suerte, volvió a fracasar en el amor y en poco tiempo acabó siendo un anciano aburrido arrebatado de celos.

Mi tía, se refugió en Madrid aparentando ser medio extranjera; era pobre pero nunca lo pareció ni nadie lo sabía. Era como yo la había visto siempre: mística y distinguida. La vida se le había torcido desde que nació su hijo. Era depresivo y apenas se levantaba de la cama, tenía cinco años menos que yo y lo había tenido con mi padre. Solo yo lo supe.

Ayer mi tía se tiró por el balcón cuando fueron a desahuciarla de su casa de alquiler de tantos años. 

Esas palabras fueron las últimas que Gabriel recordaba haberle dicho a la conductora del Tesla, a menos que no hubiera sido a ella. Ahora estaba en el Hospital San Carlos dos días después de aquella cita delante del cine. En ese mismo lugar lo encontraron desvanecido y se lo llevó una ambulancia. Había tenido un infarto.  Al despertar de la operación no sabía si aquella niña con ojos de faro había existido o si la anestesia le había hecho soñar toda su vida.


Valentina

Mariann Larsen

Al subirse al taxi se le caen los bártulos al suelo. Una caja de pinturas, un caballete portátil y una carpeta de cartón verde, grande, de esas que usan los pintores para guardar sus láminas. Se desparraman por la acera sus lápices, sus tubos de acuarela y un cuaderno con bocetos y dibujos. La mujer se echa las manos a la cabeza y suspira. 

—¡Qué desastre! —se lamenta.

Tiene el pelo blanco recogido con un pañuelo de flores, a la antigua usanza, como las campesinas del país. Lleva una falda de lana oscura, un abrigo ancho y unos zapatos de hombre gastados y demasiado grandes. Se agacha aturdida a recoger sus enseres, pero la conductora del taxi, que lo ha visto todo, se baja del coche y se apresura a ayudarla. Recoge los trastos y junta, uno detrás de otro, los papeles esparcidos en el suelo. Le da tiempo de ver, de pasada, que la mayoría de ellos son un mismo dibujo, un dibujo que se repite una y otra vez.

—Gracias, muchacha, ya ves, soy una vieja fea y torpe — le dice mientras se acomoda resoplando en el asiento trasero— me cuesta mucho moverme de un sitio a otro. 

La conductora la mira por el retrovisor. Ve un rostro surcado de arrugas, y unos grandes ojos grises, y le parece que todavía es una mujer hermosa.  

—¿Dónde quiere que la lleve, señora? — le pregunta con una sonrisa mientras arranca el viejo Lada.

La mujer se queda pensando, inmóvil, con los ojos vacíos. 

—Pues si eres tan amable, a mi pueblo, claro, donde soy feliz. Se llama…. ¡Dios mío ¿cómo se llama mi pueblo? no me acuerdo. ¡Qué poca memoria tengo! —dice azorada— está cerca de un río, y hay bosques frondosos y árboles frutales.

La conductora sonríe con tristeza.

—No se preocupe, señora, cuénteme una historia, y de camino ya se acordará—le dice mientras se pone en marcha.

—Que te cuente una historia, dices ¡uy! no sé por dónde empezar, la mía es una vida muy larga, tengo muchos años. Me llamo Valentina Ivanovna. Tú eres muy joven y no habías ni nacido cuando se declaró la Gran Guerra Patria en el 41. Yo entonces tenía dieciséis años, quería ser maestra y profesora de dibujo. Pero en la oficina de reclutamiento de mi pueblo vi un anuncio: se necesitan conductores. ¿Para qué iba a servir una maestra y una profesora de dibujo en una guerra? —pensé.  No me permitieron alistarme, era demasiado joven, me dijeron. Pero insistí una y otra vez y después de un cursillo de seis meses me mandaron al frente. Allí fuimos un grupo de mujeres, todas jóvenes, como yo, y llenas de entusiasmo.

Valentina le cuenta que recorrió la guerra de una punta a otra, llevando en viejos camiones a soldados, milicianos, heridos, ametralladoras, comida. Durante cuatro años. La tierra estaba roja y negra, quemada, por todas partes yacían hombres y animales muertos, en los campos labrados, sus cabezas rapadas eran como patatas… Había que arrastrar a los heridos, ella y sus compañeras cargaban con hombres que pesaban dos o tres veces más que ellas. El comandante les gritaba que no debían llorar, ni sentir nada, porque eso las agotaría más, y había muchos heridos a los que atender. 

En el primer mes Valentina ya tenía la cabeza llena de canas.

Le cuenta que un día se acercaron a una aldea, buscando agua limpia para beber. Y Entraron en el patio de una granja donde había un pozo con una garrucha. Un pozo cavado a mano. 

—Antes, en los pueblos, siempre había un pozo, ¿lo sabías? —continuó. Eran lugares de encuentro, había gente alrededor. Además de sacar el agua para las personas y las bestias, se daban noticias sobre lluvias y pastos, se buscaba novia, se preparaban las bodas y los funerales, se charlaba de todo.

Le dice que, en ese patio, junto al pozo, vieron a un hombre boca abajo, un granjero. Lo habían fusilado. A su lado estaba tumbado un perro, con los ojos cerrados y cuando las vio acercarse levantó cabeza y comenzó a gemir lastimosamente. El grupo de chicas se quedaron quietas. El perro las llevó a la casa y allí, desde la puerta se asomaron al interior.  Había una mujer y dos niños en el suelo. 

Le dice que el perro lloraba, lloraba de verdad, como las personas. 

Valentina abre la carpeta que tiene a su lado. 

—Mientras duró la guerra pensé que no podría olvidar nunca todo lo que vi, pero sí, las cosas se olvidan. Por eso seguí dibujando muchos años, para no olvidar. Me tenía que haber llevado al perro conmigo y no dejarlo allí solo.

Durante años solo pinté el mismo tema. Un pozo. Y al lado, un perro sentado. 

Saca de la carpeta un papel viejo y gastado, con el dibujo de un pozo, en un fondo difuminado en negros y rojos. Había perfilado con su lápiz el brocal de adobe y piedras, dando volumen y forma al dibujo, acentuando aquí y allá las sombras y las manchas, esforzándose por reflejar las asperezas de la piedra, su tosquedad primitiva, su sencillez. A la derecha del pozo, había dibujado un perro flaco, del color del barro, con el hocico y los ojos oscuros, mirando al frente.

—Cuando pintaba me gustaban los detalles —le dice—y quería que los dibujos no solo se vieran, sino que casi se pudieran tocar. Pintando comprendía mejor todo lo que me rodeaba.

Valentina le cuenta que antes soñaba a menudo que se asomaba al pozo y que le parecía ver una sombra en el centro, en el fondo. Era un reflejo borroso, palpitante, con vida propia, que se movía en la oscuridad entre las angostas paredes.  Le parecía oír en la profundidad los sonidos cantarines de las aguas del subsuelo. Intentaba escudriñar la oscuridad y saber qué pasaba allí abajo. La sombra se detenía y miraba hacia arriba. Unos ojos brillantes y negros la miraban. Hacía un gesto con la mano. Le pedía que bajara. 

Valentina le dice que se despertaba desconcertada:

— ¿Qué quería decir ese sueño? Es como si yo fuese dos personas al mismo tiempo, aquella y esta, la joven y la vieja, la de antes de la guerra y la de después.

—Yo leí una vez que el corazón de las personas es como un pozo muy profundo—le contesta la taxista —. No sabemos lo que hay en el fondo, aunque quizás podamos imaginárnoslo mirando la forma de las cosas que, de vez en cuando, suben a la superficie. 

Valentina permanece callada, y se encierra en sí misma. 

 Después de conducir por las calles estrechas, la conductora detiene el coche junto a un destartalado edificio de varios pisos.

—Valentina, ya hemos llegado a su destino— le dice con resignación.

—¿Qué lugar es este? — pregunta Valentina extrañada.

La taxista la mira, casi consternada. La ayuda a bajarse del coche y la acompaña del brazo al portal, llevándole la bolsa con sus útiles de pintura. Es un portalón grande, pintado en verde oscuro, con un letrero que dice: Hogar del Antiguo Combatiente. Llaman al timbre y sale a abrirles una mujer vestida con una bata de enfermera que, al verla, exclama:

  • ¡Pero bueno! ¡Valentina! ¿Otra vez te has escapado?

La conductora se aleja en su viejo taxi sin despedirse. Se había fijado en la cinta de muaré de seda roja, con franjas negras y naranjas y en la medalla que llevaba Valentina en la pechera de su abrigo, en el lado izquierdo, claro que sí. Pero desde el primer momento, supo de antemano que ella misma bailaba al son de una melodía misteriosa entonada por un director de orquesta invisible e inflexible.


Ilusiones esfumadas

Maricruz Zambrana Jirash

La mujer salió del aeropuerto con la mirada confundida. Varios taxis estaban en la espera de recoger pasaje y ella tenía la oportunidad de seleccionar el que más le apeteciera. Pero no se atrevió a dar un paso. Hasta que la única conductora mujer se acercó por ella.

-Muchas gracias- mencionó respetuosamente en lo que se subía al coche. -Permítame encontrar la dirección a la cual me dirijo.

Sacó entonces una libreta con direcciones, se colocó las gafas y repitió varias veces para ella misma la letra o sin que se percatara que la conductora había avanzado ya. 

-¡Ovando!- dijo de manera emocionada. -Aquí está. A la calle de Argensola número cuatro en el barrio de Justicia en Madrid- leyó.

Sonrió al saber que el viaje le saldría gratis tan solo por contar una historia. Aunque los primeros minutos permaneció en silencio pues se sabía muchas, pero no encontraba cuál decir. Comenzó a ponerse nerviosa al pensar que podrían estar acercándose a su destino sin que ella abriera la boca.

-Me llamo Isabel y decidí alejarme de México por un tiempo- lo dijo sin pensarlo mucho. ¿Usted es de aquí?- preguntó en lo que se quitaba el pelo rizado y canoso de la cara pero continuó sin esperar la respuesta. -No sé ni por qué se me ocurrió Madrid. Supongo que porque es más fácil para mí pues viví en esta ciudad cuando mis hijos eran pequeños. A mi marido lo habían enviado a inaugurar un hotel y aquí estuvimos por un tiempo. Además la señora de Ovando me prestó este departamento al que me está llevando. Pero usted no sabe ni quién es la señora de Ovando. Qué ocurrencias mías.

El parloteo se prolongó por unos minutos hasta que mencionó a Pablo, su hijo menor. Isabel contó cómo el pequeño había terminado por también hacerse mayor y había dejado su casa para irse a estudiar a Maastricht.  El resto de sus hijos, en total cuatro y todos hombres, estaban ya casados y haciendo grandes fortunas en la empresa familiar. Todos dedicados al turismo menos Pablo a quien le llamaban la oveja negra de la familia por haberse atrevido a salir de México para estudiar algo que tenía que ver con la genética o la inteligencia artificial. Ella no entendía muy bien, pero se alegraba y admiraba a Pablo. 

-Tras meses sin el último de mi hijo me di cuenta que mi vida no tenía mucho sentido y fue cuando le pedí a Federico, mi marido, que nos tomáramos unas vacaciones. 

Su marido había argumentado que cómo podía ella estar pensando en unas vacaciones cuando ni siquiera trabajaba. ¿Qué no se daba cuenta que él si tenía un oficio? Que la casa grande, la ropa cara, el coche lujoso y la universidad de Pablo no se daban en árboles. 

-Fue cuando le pedí que entonces me dejara ir a mí por un tiempo- continuó. -Y él me respondió de manera muy ofensiva. Algo así como que qué pretendía. Que si me parecía justo que él se quedara trabajando como negro mientras yo me gastaba su dinero en Serrano. Para lo que me interesan a mí las compras. 

Aun así, Isabel había insistido. No gastaría mucho dinero. Solo quería volver a Madrid a visitar a las amigas que había dejado y de quien hacía mucho tiempo no sabía nada.  

-Si sales de este país sin mi autorización te encontrarás con una demanda de divorcio- habían sido sus últimas palabras. 

Así que siguió con una casa vacía hasta que se enteró que Pablo se había enfermado. Ella sonrió al enterarse que tendría que ir a Holanda a cuidarlo. Al momento se sintió culpable de aquella pequeña alegría. Pero el júbilo volvió al saber que Federico no pretendía acompañarla. Además, él había sido quien había planeado todo el viaje. La escala tenía que ser en Madrid y tenía que pasar una noche en esa ciudad. Su marido le había conseguido quedarse en el piso de la señora de Ovando.

-Si vieras que mientras documentaba mi maleta me dieron ganas de pedirle a la señorita que me cambiara el vuelo de Madrid a Maastricht. Qué ganas de poder quedarme más días en España. Ni modo, así me ha tocado- comentó resignada en lo que abría la ventana.

La brisa cálida rozó su cara y un aroma le recordó al gitano guapo.

-Tengo una mejor historia. Pero nunca se la he contado a nadie. Y, bueno, no me gustaría que nadie de mi familia se enterara. Aunque claro, usted ni conoce a mi familia. A lo mejor es hasta como un cura.  y sentía el aire caliente

Y, así sin más, comenzó a hablar del gitano guapo. En realidad no era gitano aquel chico del que Isabel se había enamorado cuarenta años antes. Era catalán y era moreno y por eso decía que era gitano. Aunque algo de sangre gitana debió de haber circulado por su cuerpo pues no podía estar quieto en un solo lugar. Lo había conocido durante los últimos semestres de su carrera de turismo. Ella se encontraba haciendo prácticas profesionales en un hotel en Cozumel. 

-Era un paraíso en ese entonces- recordó. -Había tan solo un par de hoteles muy pequeños y playas vírgenes por todos lados. Ahora ya es otra cosa.

En aquel edén había conocido a Enric. Él se encontraba dando clases de buceo a los turistas que se acercaban a esa isla para sumergirse en un turquesa cálido en busca de los colores más insólitos y brillantes que desprendían la flora y la fauna del Caribe. El último día de prácticas, cuando era momento de despedirse, él la había llevado al lugar de culto maya en las ruinas de San Gervasio. Frente a Ix Chel, la estatua de la fertilidad, le había pedido que se fuera con él a recorrer el mundo. 

-Ya bastante tenía mi padre con que yo tuviera veinticuatro años y no tuviera novio. Es decir, un novio formal que fuera a pedir mi mano a su casa y no que me raptara como Paris a Helena. 

La cordura de Apolo se vio enfrentada a la exuberancia de los sentidos de Dionisio. Tras días de ardua lucha, una mañana Apolo mostró también tener belleza. Isabel le dio un beso de despedida a Enric y le pidió que le escribiera postales de los lugares del mundo que visitara. La última que le envío mostraba una muralla frente al mar. Isabel imaginó que podía ser Cuba. Después se emocionó al fantasear que era Veracruz. Incluso llegó a pensar que podía ir a buscarlo. Pero la foto era del puerto gaditano de Santa María.

-Durante unas vacaciones, mientras mi familia y yo vivimos en Madrid, viajamos a Cádiz. En algún momento vi a alguien parecido a él. Más que verlo, fue el olfatolo que me atrajo. ¿Te puedes imaginar a una señora de treinta y tantos años, casada, con cuatro hijos pequeños y con mariposas revoloteando en el estómago como si fuera una adolescente? Pero no era él. No me volvió a enviar ninguna postal y mi corazón no volvió a latir de aquella manera.

Con el tiempo se convenció que la decisión tomada había sido la mejor. Seguro aquel gitano guapo tenía una novia en cada puerto. Además, ¿qué tipo de vida hubiera podido llevar con él? Una muy diferente a la que le había dado su marido. Una familia hecha y derecha con grandes proyectos por delante. 

-¿Usted tiene hijos?- le preguntó Isabel a la conductora. 

Ella negó con la cabeza.

-¡Qué suerte!- afirmó. -Uno les da la vida, pero ellos además toman la de su madre. Desde que nació mi primer hijo dejé de ser Isabel y me convertí en mamá. Mis sueños de dedicarme al turismo cultural, de escribir libros de viajes o de vivir en la playa administrando algún hotel comenzaron a difuminarse desde mi luna de miel- mencionó.

Federico le podía dar todo lo que ella necesitaba. No había razón para que Isabel descuidara su casa por ganar unos cuantos pesos. Aun así, al principio de su matrimonio intentó llevar a cabo lo de la escritura de viajes. Cada mañana, tras recitar una serie de instrucciones a las muchachas que limpiaban su casa, se encerraba en el estudio, sacaba las postales que enviaba Enric e inventaba que era ella la que había visitado aquellos exóticos lugares. 

-Mis ilusiones se esfumaron por completo con el primer pañal que cambié. Y no me quejo. Fui muy feliz pasando tanto tiempo al cuidado de mis hijos. Pero ahora, ni quién de ellos se acuerde de mí. Bueno, solo Pablo. Pero para Federico he sido siempre solo una dama de compañía– subió la ventana en cuanto sintió un poco de polvo meterse a sus ojos.

  -¿Qué pasa? ¿Por qué todo de repente se volvió tan rojizo?- se alarmó.

Le llaman calima. Es arena del Sáhara- respondió la conductora. 

-¡Caray! Para un día que estoy aquí y encontrar así la ciudad. Pero al menos estaré un día sola y tendré tiempo de pensar qué hacer lo poco o mucho que me quede de 

Un cielo azul la interrumpió. No comprendió como de un momento a otro había desaparecido toda aquella arena. Gotas de sudor corrieron por su espalda. Bajó de nuevo la ventana del coche y le llegó el aroma del mar. El olor a Enric.

-Hemos llegado- mencionó la conductora.

Frente a un edificio ecléctico de color blanco y  de inspiración magrebí la esperaba Enric. 


Pasajera 1

Fernanda Meraz

!No señora, no siempre sabemos con quién convivimos. Es algo que con suerte, la vida nos muestra siempre que le hagamos caso al sexto sentido, la voz interior, o como cada quien le llame. Muchas veces nos damos cuenta demasiado tarde. Pero usted me dio buena espina. Sobre todo que me cayó del cielo. No hallaba manera de tomar un taxi en este aeropuerto tan complicado.

La conductora no pudo encontrar una mejor pasajera que esta mujer tan dispuesta a la plática. De boca amplia, cejas arqueadas y cabello oscuro recogido en un apretado moño en la nuca: el vivo retrato de Dolores Olmedo, un viaje a los 1950 ́s de México.

!Yo perdí a mi madre cuando era una niña. Tenía nueve y entre los cinco

hermanos íbamos de los seis a los catorce años. De mi padre ni sus luces. Para mí fue otro muerto. Su familia nos repartió con tíos y abuelos como si fuéramos una camada de perros callejeros.
A mí me tocó con un tío abuelo. No es que me trataran mal, pero me convertí en una especie de ayudante de la criada. Sutilmente, echando mano de lo que se sobreentiende, mis tíos y primas me fueron poniendo en mi lugar. A los dieciséis, con una carrerita corta en comercio, como se llamaba entonces, ya les urgía casarme con algún hijo de familia. Así habían hecho con mis primas, que para entonces vivían cambiando pañales.

¿Usted cree que para mí eso de tener un esposo y padre de mis hijos era un escenario deseable? Yo lo único que tenía claro eran las ganas de irme de ahí. Dos años trabajé para lograrlo. A propósito, ¿cuánto tiempo haremos?

!Es una hora de camino.

!Ah sí, eso leí en la guía allá en México, pero una nunca sabe. Lo bueno es que usted y yo hablamos el mismo idioma, para no aburrirnos; y así como cayó del cielo me dará suerte en la Ciudad de las Brujas. ¿Le importa si enciendo un cigarrillo?

!Me obligará a llevar a lavar el coche para acabar con el olor, pero como la veo inquieta será una excepción, aquí entre nosotras.

!¡Otra afinidad, le agradezco mucho! Pues mire, después de aquellos dos años que le platico, llegué a la Ciudad de México cuando el terremoto de 1957. Fue famoso no por las muertes de personas, nadie habla de esas cifras. Se le recuerda porque se desplomó el monumento más icónico, el Ángel de la Independencia, que en realidad es una victoria alada. Pero así es México. No sé para qué le digo esto, si usted se ve que es de allá.

Era domingo en la madrugada. Yo vivía en casa de Amalia, una mujer hija de refugiados españoles que había convertido su casa en una residencia de huéspedes. No existía la alarma sísmica. Apenas nos despertó el movimiento, salimos despavoridos en camisones y piyamas. En pleno temblor, la acera se abrió a mis pies y me volví asustadísima a meterme a la casa. Topé de frente con Adolfo. Ahí quedamos, abrazados, en pánico por el sismo y tiesos como postes por el reencuentro.

Nos habíamos conocido cuando yo trabajaba en la Secretaría de Comunicaciones en Ciudad Guzmán. Él hacía gestiones para la constructora de una carretera, pero no presentaba la documentación completa y su desdén me indignó. La antipatía fue mutua. Nunca imaginé volvernos a encontrar y menos en esas circunstancias.

Esa noche, los que vivíamos con doña Amalia nos amanecimos tomando pan con café para quitarnos el susto, muertos de risa por cualquier tontería. Como ocurre cuando tanta angustia nos desborda el cuerpo. No había luz, ni teléfono. No podíamos saber la suerte de nuestra gente. Todos éramos jóvenes de estados fuera de la Ciudad de México.

Adolfo y yo nos hicimos amigos. Pasábamos mucho tiempo juntos porque nos gustaban las mismas películas, la música y, sobre todo, la ropa. Nos íbamos a los desfiles de moda de todos los almacenes y clubes sociales. La gente pensaba que éramos novios y a cada rato nos andaban casando. Pero no. Tampoco le conocí alguna novia. Es que era tan presumido que cualquier discordancia en el atuendo de una chica la hacía desmerecer a sus ojos.

Insoportable, pero me ayudaba con mis tareas de matemáticas cuando empecé a estudiar finanzas; y yo le echaba la mano en cosas de administración y trámites, que no se le daban. Gracias a eso Adolfo consiguió su beca de posgrado en Massachusetts.

Concebimos un hijo, en secreto. Nunca quise casarme y menos con él que era berrinchudo como el demonio, peor que todas mis amigas juntas. Tampoco es que me lo pidiera, ¿verdad? No quise su ayuda económica, que sí me ofreció. Mi hijo sería mío, sin deber ni pedir nada a nadie, más allá del esperma, claro.

El taxi seguía su camino constante, fluido, casi solitario. La llovizna daba lustre al pavimento nocturno del freeway. Solo se escuchaban la voz de la pasajera y el golpeteo de las llantas entre cada placa del pavimento. Ahora, ella se mostraba cómoda, había estirado las piernas a lo largo del asiento y por momentos su rostro se desdibujaba entre las emanaciones de los cigarrillos que no dejaron de acompañarla en el trayecto.

!Adolfo se casó Rosita, la más puritana del Club Mundet, ¿sí lo ubica? En Polanco, allá en la Ciudad de México. No importa, el hecho es que ella estaba perdida de amor por él. Cada quien sus miopías y tolerancias. Él, como siempre, muy desapegado, de viaje en viaje, de una carretera a otra, que era lo que más disfrutaba construir. Con todo y sus ausencias tuvieron unos gemelos, niño y niña para mayor satisfacción. Casa con jardín, perro, camioneta, ya sabe, la vida ideal del suburbio clasemediero. Del que yo también formo parte, no lo niego. La verdad es que les fue bien, mientras duró.


Cuando los chicos alcanzaron la adolescencia, para Rosita fue inaguantable que Adolfo estuviera ausente. A decir verdad, me desconcertó su decisión de pedir el divorcio. Intuyo que fue otro el motivo. Y ahora, a sus cuarenta y dos años, mi hijo necesita un riñón para seguir vivo y solo su padre puede dárselo. Quién me iba a decir que en este cambio de milenio acabaría persiguiendo al padre de mi hijo, una helada noche de octubre en Salem.

!Tenía usted razón, señora, demasiado tarde sabemos con quién convivimos. Aquí está usted frente a la puerta de quien busca y que hoy se llama Deborah.


El puente

Mónica Cavazos

Está arrodillado sobre la acera estrecha. Guarnición y barandal forman las únicas barreras que protegen a peatones temerarios, de una caída libre al lecho pedregoso del río. Es la medianoche. Llueve a cántaros.

La mujer dirige la lámpara a la silueta que abre la portezuela. El hombre hace un movimiento brusco con la cabeza repeliendo la luz cegadora. Ella se dispone a explicar las condiciones del viaje. Él extiende el brazo y con la palma al frente le indica callar.

—Aine es la mujer más hermosa que conocí.

La conductora lo mira inquisitiva desde el retrovisor.

—Fue amor a primera vista. La vi caminar hacia su banca. Mi pequeña de cabello plumas de canario, con sus tenis blancos, su falda a cuadros y su mochila de Bellota.¿Conoce la caricatura?

La gota que le escurre del pelo retumba en su tímpano.

—No se permiten las relaciones amorosas entre maestros y alumnas, lo sé, pero mmhh… ¿cómo explicarle? Parece usted una mujer experimentada, debe entender. Yo no quería, lo medité en la soledad de mi departamento, Aine e e es quince años menor, ¿de qué podríamos hablar?

Un día, después de clases, se presentó en mi cubículo. Las chicas no son buenas para las matemáticas, ni qué decir del cálculo, las aniquila. El brillo en sus ojos era tal, que opacaba los reflejos del adorno en su playera. Se sentó frente a mí y comenzó a jugarlo. Me perdí en el movimiento de sus manos. Las lentejuelas iban de arriba a abajo…

La conductora gira a la izquierda con brusquedad.

—¿Qué fue eso? ¡Dígame! ¡¿La vio?! —grita el hombre y se rasca los brazos.

No es pedagógico abarcar demasiado en una asesoría. Le dedicaría un par de horas a diario para ayudarla a ponerse al corriente con sus compañeros. Ofreció hablar con su familia, pagarme. Me negué, por supuesto. Le pedí que no mencionara las clases, para qué incomodarles. Una tarde percibí cierta tristeza en su mirada. Era evidente que había llorado. Afuera caía una lluvia ligera. Tomé mi silla y me senté junto a ella. No podía fingir que nada sucedía, ¿está de acuerdo?

La conductora frena de súbito. El hombre comienza a temblar.

—¡¡Dígame que sí la vio!! ¡¡Fue ella!! ¡No estoy loco! ¡Cruzó la avenida frente nosotros! ¡Por eso frenó! ¡No estoy loco!

Ahora se rasga la piel.

Al cabo de siete minutos, continua:

—La tomé de las manos. «¿Qué hiciste canarita para que tu papá te regañara?»

—¿Usted tiene novia? ¿Esposa?

Sus preguntas eran puñales. ¿Cómo podía ocurrírsele algo semejante? ¡Por supuesto que no! Ella era mi vida, mis días, mi oxígeno, lo que me permitía levantarme por las mañanas.

—Está temblando, profesor, ¿se siente bien?

Al día siguiente llegó como si nada. Jóvenes, un día se quieren cortar las venas, al otro, lucen radiantes.

—Me da gusto que estés contenta. ¿Se arreglaron las cosas con tu papá?

—¿Mi papá?

Al terminar la clase, me levanté para abrirle la puerta que estaba con llave. Se acercaban los exámenes. A los chicos les da por interrumpir a cada momento. Como ya no hay respeto, tocan al mismo tiempo que abren.

Noté que me vio con recelo. Estaba a punto de explicarle cuando saltó a sus brazos.

Sentí que se me tensó la mandíbula. Rome ee eel es mi mejor alumno, inteligente y educado. Nunca imaginé decir eso de un chico negro. Es repugnante, ¿no le parece? Los dichos son sabios: aunque el mono se vista de seda, mono se queee… ¿Qué fue eso? ¡¡Lo viiiii!! No es solo ella. Él también. Me han estado acechando desde…Usted es la mejor conductora. Me lo contó uno de mis alumnos. «Conduce como los ángeles, es callada y sabe a dónde debe llegar cada pasajero». Reconocí su vehículo. Los giros estrepitosos y enfrenones no son su culpa. Son ellos. Quieren venganza. Solo usted puede salvarme.

Intenté persuadirla, decirle lo que su padre le diría si no fuera un pusilánime. Porque usted no lo creerá, pero ellos sabían, su papá y su mamá sabían de esa relación incoherente. Mi canarita y ese simio, que por muy chimpancé no dejaba de ser un inferior.

Maldita Rosa, maldita la hora en que se nos ocurrió permitirles tomar un asiento en el autobús. Era de esperarse, no se conformarían con asistir a los mismos colegios, tendrían la desvergüenza de posar sus garras en nuestras niñas.

Aquella tarde había tormenta, como hoy. Mi Aine por fin lo había entendido, estaba claro, por eso el ramo y la tarta que puso en el escritorio. Me mortifiqué en el acto por no tener un frigobar en el cubículo. ¿De qué me servía el ridículo juego de navajas, con destapador y sacacorchos incluidos, sin una botella? Habría sacado una de champagne para disfrutar con mi canarita. Estaba decidido a hablarle de mis sentimientos. No debía esperar más. Corría el riesgo de que Romel o cualquier otro escuincle baboso, disculpe, me sacan de mis casillas, intentara robármela.

—Profesor, ay, me da pena.

—Dime, Aine, no tienes porqué sentirte avergonzada.

—Es que usted ha sido tan bueno.

—Solo he hecho mi trabajo, cuéntame, ¿qué deseas?

—Agradecerle, profesor, y decirle que ya no tendrá que dedicarme sus tardes. Me imagino todo lo que dejó de hacer por mi culpa. He estudiado con Romel el último mes los fines de semana. Somos novios. Ay, pero qué mensa soy, debió notarlo.

Sentí que me hervía la sangre. Intentaba recomponerme cuando tocaron.

—Adiós, profesor —dijo y salió corriendo.Se llevó la luz. ¿Me entiende? Saqué el juego de navajas y fui tras ellos. A ella no le haría daño. Jamás. Él, ese simio igualado era un usurpador. Uno de esos seres despreciables que se apropian de la personalidad de los otros.

Los alcancé en un callejón. Tenía a mi canarita contra la pared. Le lamía los labios con su lengua de animal. Las manazas bajo la blusa. Ella gemía pidiendo auxilio. Se lo quité de encima y lo arrojé al suelo. No distinguí el momento en el que ella se interpuso. Veía por flachazos. Mi canarita era mi luz.

—Bájese.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué me trajo al mismo sitio?

—Que se baje.

Desciende. La cortina de agua se abre ante la silueta. Atraviesa con lentitud la acera estrecha, la guarnición y se detiene junto al barandal. Aine y Romel lo flanquean. El hombre escala. Dos pares de manos, fuertes y decididas, lo empujan al vacío.

La conductora arranca.


Cajas chinas

Mónica Cavazos

—¿Tiene usted familia?

—Hace mucho que no les veo.

—¿Por qué las madres creerán que ocultar la verdad protege a sus hijos? Mi familia es por decir peculiar… cómo le explico… no tengo papá, quiero decir, supongo que sí debo tener pero no lo conocí. En cambio tengo dos mamás.

El joven escudriña con la mirada a la conductora. Ella no cambia la expresión de su rostro, ni siquiera se remueve en el asiento.

—Sofía es mi madre biológica. Aunque mamá y Adriana se casaron cuando yo tenía diez años, siempre hemos estado juntos. Cuando cumplí ocho, conocí a mis abuelos.

Recordar lo que sintió al recibir el abrazo de su abuela Catalina, hace que el joven se estremezca. Lo hizo girar en el aire en medio de la sala. El lugar estaba oscuro. Al fondo, sentado en un sillón, descubrió a un hombre que los observaba con los brazos cruzados.

Esa tarde hubo pastel. Sofía, Adriana y la abuela platicaron durante horas. Cuando el niño se aburrió caminó hasta quedar frente al hombre de ceño fruncido.

—Mamá dice que eres mi abuelo, hola, me llamo Jesús. Después de ese día, los visitaron a menudo. Adriana ocasionalmente. Las mujeres pasaban horas conversando, riendo, llorando, abrazadas. El abuelo, en cambio, solía ocupar horas podando el césped y atendiendo los rosales. Poco a poco fue cediendo a las preguntas de su nieto.

—¿Me dejas ayudarte?

—Eres muy pequeño, te cortarás.

—No lo soy, estoy a punto de pasar a primaria alta.

—¿Eso qué es?

—El grupo de los grandes en mi escuela, los de 4º, 5º y 6º.

—Oh, ya veo, está bien ayúdame a recoger las hojas y las metes al costal.Así inició una relación cercanísima entre abuelo y nieto. El hombre se convirtió en la figura paterna que faltaba en el universo de Jesús. Ya tenía quien asistiera a los festivales del día del padre y a quien dedicar las manualidades que hacían en la escuela.

Le gustaba pasar temporadas en casa de los abuelos. Cocinaba con Catalina, ayudaba a poner la mesa y a recoger. Ella le contaba cuentos antes de dormir. Con Leonardo trabajaba de jardinero y hacía mandados. A la celebración del matrimonio de sus madres solo asistió Catalina.

—¿Por qué no vino mi abuelo, mamá?

—Los adultos somos complicados, un día te contaré.

Lloró cuando sus abuelos se separaron. Detestó tener que pasar menos tiempo con los dos. Años más tarde Leonardo enfermó. Comenzó con una tos persistente que lo llevó al médico. El cáncer lo consumió rápidamente.

—Dile a tu madre que quiero verla —suplicó Leonardo a Sofía.

—Haré lo que pueda, papá, fueron muchos años.

Catalina no acudió al hospital. Tampoco estuvo en el entierro. Jesús la odió por ser tan insensible y dejó de visitarla.

El joven guardó silencio. La conductora lo observó por el retrovisor. Él miraba a través de la ventana. «Un chico especial», pensó. No había tenido que explicar su forma de trabajo. El taxi se detuvo, ella abrió la puerta y el joven se subió sin indicar destino. Llevaba una libreta que apretaba con fuerza hacia su pecho. Iba tan ensimismado que no advirtió el ramo de flores que ocupaba el lugar a su lado.

Sin más, retomó su historia.

—Cuando me enteré del accidente, sentí una punzada terrible en el estómago.

Mamá me rogó para que asistiera al funeral de la abuela.

—Por favor, hijo, sé compasivo.—No iré, ella no visitó a mi viejo, no puedo quitarme de la mente su expresión, fue como presenciar el llanto de un cadáver. La abuela fue muy cruel.

Hace un mes, mamá me entregó este diario. Escuche: Serví la mesa. Huevos con tocino, pan de ajo y café negro. Es viernes. Los viernes almorzamos huevos con tocino. Regresé a la cocina y desde la ventana vi que Leonardo podaba los rosales.

Me fijé en su silueta. ¿Cuándo había perdido la espalda ancha y recta que alguna vez me pareció encantadora? Me quité el delantal. Recién noté lo descolorido que está. Lo mismo diría de mí si hablara. Volteé hacia la sala. Vi que el estéreo se había convertido en almacén de ropa vieja, periódicos atrasados y recibos de compras. Asimismo debo tener el rinconcito de sueños en la cabeza, repleto de cosas empolvadas. El aroma a comida inundaba la casa. Me asomé otra vez por la ventana. Leonardo había terminado de podar las hojas. Viejo testarudo. Mira que obligarme a caminar al jardín para avisarle. De regreso en la cocina miré mi delantal. ¿Habría perdido el color al mismo tiempo que Leonardo adoptó para siempre aquella pronunciada curvatura en la espalda? ¿Cuál de las dos cosas sucedió primero? Pensé en eso los cuatro minutos que faltaban para que se sentara a la mesa. Pasaría primero al lavadero, se lavaría las manos, las secaría después al aire y al final las frotaría en la toalla que yo dejaba sobre el respaldo de la silla. Los viernes almorzábamos huevos con tocino; la toalla esperaba sobre el respaldo de la silla, cada mañana, los siete días de la semana. Comimos en silencio.

Serví el café. Comencé a revolver con la cuchara. Me empeñé en disolver hasta el último grano de azúcar por el fastidio que me provocaron sus chasquidos. No sé ni por qué me atreví. Odia que haga ruido con los trastes. Shuuuu shuuuu hace para callarme. Ojalále molestara también cuando los lavo. El timbre del teléfono nos sorprendió. Sentí una palpitación inexplicable en el pecho. Me levanté de prisa y atendí.

Aunque respondía con monosílabos se notaba mi alegría. Los espero mañana para el almuerzo, a los tres, prepararé tarta de manzana. Leonardo debió presentirlo. Con voz grave dijo: si es lo que pienso, olvídalo…

Lo interrumpí con un grito y un golpe seco de mis puños sobre la mesa. El café se derramó. Las cosas encima del estéreo se fueron al suelo. ¡Ni una palabra!, dije cortante, mañana conoceré a mi nieto. Hace ocho años permití que corrieras a Sofía, porque estaba embarazada y según tú, había avergonzado a su familia. Solo tenía diecisiete años. ¿Cómo pude ser tan débil? Para que lo sepas, no soy una vaca obediente, servir, servir, servir. A partir de hoy nos respetarás, a mí, a mi nieto, a Sofía y a Adriana, su pareja.

—Esa es solo una de las historias de su diario. Hay otras terribles que aún no puedo repetir y que me hacen pensar en mi abuelo como en un desconocido. A pesar de lo que hizo no puedo dejar de quererlo; y a mi abuela. Me reprocho no haberme despedido de ella.

El auto se detiene.

—Llegamos. Camina por esa fila, cuenta diecisiete tumbas, llévale las flores a tu abuela.


A causa de la lluvia

Mónica Cavazos

—Es por la lluvia, ¿sabe?, la razón de estar en Nueva York y por la que acepté subirme.

—¿A qué se refiere?

—Si mi marido pudiera verme no creería que tomé un taxi que no es de sitio, con una conductora que ofrece llevarme a mi destino a cambio de contarle una historia.

—Es un buen trato, ¿no lo cree?

—¡Una locura!, querrá decir. Con todo y este aguacero, si usted fuera hombre no me habría montado.

—Comprendo.

—¿No me preguntará qué tiene que ver la lluvia con mi llegada a este país?

—Prefiero que usted me cuente lo que desee. Las palabras emergen por voluntad propia.

Los ojos de ambas se encuentran en el retrovisor. A Marcela le parece que aquella mujer es tan extraña como la propuesta de llevarla a su destino sin mediar pago. La complexión y la voz parecen las de alguien joven, no obstante, su mirada sugiere una personalidad firme y con experiencia.

—Hoy es cumpleaños de mi marido. Desde su muerte, cada 28 de octubre lo visito en el cementerio. También lo hago en otras fechas, pero en su aniversario le llevo nuestra música favorita. ¿A usted le gusta el piano?

La conductora asiente inclinando la cabeza.

—A un cementerio no es posible llevar tal instrumento. Contrato a un joven muy talentoso que se instala al pie de la tumba con todo y teclado. Me habría gustado que mi hijo fuera ese joven. Antes de cumplir seis años pidió tomar clases. Yo sentía un orgullo tremendo al descubrir ante los vecinos la identidad de quien tocaba el piano dos horas cada tarde.

¿Es Federico? ¡Qué sorpresa! Debe gustarle mucho para tener tanta disciplina.Tenían razón, por supuesto que le gustaba tocar, él pidió tomar las clases. Oh, disculpe, eso ya lo he mencionado. Que los chicos sean disciplinados no es sencillo. ¿Usted tiene hijos?

La conductora responde con un gesto que Marcela solo puede observar a medias desde el asiento trasero. «Esta mujer es un enigma», piensa.

—De pequeño, había días que colocaba un peluche en la tapa del piano y jugaba a que tocaban juntos. Algunas tardes, a la hora de la clase, no quería salir de su cuarto. Marcela revive los reclamos que le hizo Federico después del funeral de su padre.

Antes de darle la noticia de que se iría a vivir al extranjero. Le dolió que le echara en cara preocuparse por su salud. Los índices de obesidad en la infancia mexicana eran alarmantes. A uno de sus sobrinos le diagnosticaron diabetes a los once años. La complacía no ceder a las pataletas en el supermercado, al negarse a comprar cereales, embutidos y demás mugrero, como ella solía llamar a la comida chatarra.

—Lo más importante son los hábitos, ¿no le parece? —dice a la conductora.

De inmediato se da cuenta de que aquella pregunta está fuera de lugar. La mujer descubrirá que le está contando una historia incompleta. «Total, si me cobra el viaje lo pago, qué más da».

—A los nueve años, Federico comenzó a tocar en recitales. Su disposición a practicar era un sube y baja. En ocasiones lo hacía por horas, contagiaba su entusiasmo. Otras, tenía que obligarlo. Las dificultades aumentaron conforme a la edad. La gente afirma que los problemas de la maternidad crecen al ritmo de los hijos —dice mientras clava la mirada en las gruesas gotas que golpean el parabrisas—. No debía jugar de portero porque corría el riesgo de dañarse los dedos; tampoco basquetbol y mucho menos tenis por aquello del codo de tenista. En fin, que el acabose sucedió cuando insistió en probar con la guitarra. «No, Federico, un pianista debe cuidar sus manos», dijo su maestro al terminar la clase. Apenas cerró la puerta, comenzó a gritar: «¡estoy harto de que me limiten! ¡Quiero ser un chico normal!»

Pensé que se le pasaría, que su amor por la música ganaría la batalla. Y sí, la ganó, dejó el piano, comenzó a trabajar los fines de semana de mesero en un restaurante y juntó para comprarse una guitarra eléctrica. ¿Está segura de que sabe a dónde vamos? Anoté la dirección tal como me la dictó Federico al teléfono.

—Falta poco, no se angustie.

—Hace diez años se vino a vivir a Norteamérica. Nunca ha querido decirme a qué se dedica. Una lástima que haya desperdiciado su talento. No sabe que estoy aquí. Espera que llegue pasado mañana. Se molestó mucho cuando le dije que no viajaría el día del cumpleaños de su padre.

—¿Por qué no, mamá? ¿Por qué tienes que ser tan rígida con todo?

—Tú sabes porqué.

—Sí claro, el piano, ¡¡cómo olvidarlo!!

Tampoco quise que me comprara el boleto. Que me lo enviaría electrónico. Nada de eso, su padre y yo siempre fuimos al aeropuerto por los tickets. Nada como el papel impreso de la aerolínea para estar segura de que todo saldrá como se planea. Y quién lo iba a decir, mis planes se fueron a la basura o, mejor dicho, a la coladera. ¿Aquí pasan noticias de México? ¿Se enteró de la tormenta? Hace una semana se inundaron algunas zonas de la Ciudad, el cementerio está cerrado por reparaciones.

Repentinamente, me invadió una nostalgia insoportable. Adelanté mi viaje. No quiero estar sola y tal vez no haya remedio. Es probable que tenga que esperar a mi hijo a la puerta del lugar donde vive.

Percibe que avanzan a menor velocidad. Hasta ese momento toma nota del entorno, tránsito de automóviles y personas, gran densidad de edificios con marquesinas. «Qué lugar más extraño eligió Federico para vivir, no aguantaré mucho en medio de todo este caos».

La conductora se detiene.

—¿Aquí? ¿Está segura?

—Allí —señala.

Aún en el interior del automóvil, Marcela dirige la mirada hacia donde indica la mujer. «Hoy en el Festival de piano Federico Ortiz». La fila en la taquilla se alarga ante su desconcierto.

—Diga su nombre a la persona en la entrada, tiene su boleto.

Ha dejado de llover.


Laura

Mónica Cavazos

—¿Y qué hago con tus cosas?

—Rómpelas. Quémalas. Deshazte de ellas.

—Las guardaré para cuando regreses.

—No volveré —dijo al tiempo que arrojaba el chip de su celular al basurero en la estación del tren. Lo hizo para que no intentara localizarla. Desaparecería para siempre. Ambas éramos solas. Mis padres murieron. Ella abandonó su vida pasada, como decía cada que la cuestionaba al respecto. Una tarde de copas sugirió partes de aquella historia. Tras mencionar el lugar donde creció, se hizo el silencio. Me pareció notar que se le humedecieron los ojos. Nunca más habló del tema.

—Me apena haber atropellado sus cosas —se excusa la conductora.

—No se preocupe, era una carta, por fortuna al manuscrito solo le cayeron algunas gotas. Esta lluvia no cesa desde que salí de casa.

La pasajera continua su relato.

Nos conocimos en la universidad. Yo soñaba con ser escritora. Laura lo era, sin soñarlo, simplemente deslizaba la mano por las hojas y listo, componía historias profundas con finales sorprendentes o devastadores. Comenzó mi interés por las convocatorias.

—Participemos, Laura.

—Hazlo tú, a mí no me interesa.

—No puedes dejar todo guardado en el cajón.Lo del cajón era casi literal. No escribía en computadora. Lo hacía en hojas sueltas que iba encimando como se hace con la ropa sucia. Solo que nunca las lavaba. Estaban limpias, sin errores.

—No hay nada guardado.

—¡¡¿Cómo que nada?!! Desde que te conozco has escrito al menos treinta y tres historias.

—¿Treinta y tres?

—Pues sí —tartamudeé.

—Treinta y tres historias que se fueron a la basura. Ayer arrojé el cerro de papeles al bote de la cocina.

Me levanté de la cama una semana después, cuando me prometió que participaría en los concursos. Solo aceptó hacerlo vía electrónica. Creamos una cuenta de correo con un nombre absurdo y datos falsos que yo manejaría. Ella no quería saber nada de fichas bibliográficas ni currículos.

—Dime cómo quieres aparecer.

—Sabes todo sobre mí. Escribe lo que se te ocurra y usa el seudónimo.

—Piden foto.

No necesitó responder. No la enviaría. Así que inventé: «Por cuestiones medicas me es imposible exponerme a la luz». A su lado solo se me ocurrían explicaciones absurdas.

Mandé el correo. Estaba segura de que responderían: «Necesitamos su nombre real y una imagen en la publicación». La respuesta fue: «Es una situación inusual; sin embargo, debido a la calidad de su texto publicaremos como lo solicita».

«Firme los documentos que le enviamos y mande un estado de cuenta para transferir sus beneficios».

—Diles que no me interesan las regalías.—Me quedé boquiabierta. Desde la primera publicación sus libros se colocaron entre los más vendidos.

—¿Por qué escribes?

—Porque no puedo dejar de hacerlo —respondió.

«No uso tarjetas y no me interesa recibir remuneración económica», respondí en su nombre, con los dedos temblorosos sobre el teclado.

«Tenemos un código de ética. Con el propósito de evitar problemas futuros, guardaremos sus regalías en una cuenta provisional hasta que nos diga qué hacer con ellas».

Cada mes llegaba el balance cuyo monto crecía de forma extraordinaria. Consulté la biografía de la Rowling. Estaba lejos, pero Laura era aún muy joven.

Había dejado de revisar las convocatorias. Hacerla de agente editorial encubierta, de una escritora encubierta, consumía mi tiempo. Una tarde me llegó al Facebook una convocatoria que llamó mi atención. Pensé que sería una señal. Decidí probar. De Laura no envié texto, de lo contrario, yo no tendría la menor oportunidad. Además, no hacía falta, lo que escribía lo publicaba su editorial. Era famosa sin importar que solo nosotras lo sabíamos.

Un mes antes de su partida abandonó el trabajo y se dedicó a escribir. A cualquier hora que llegaba la encontraba con el bolígrafo en la mano, sin bañar, ojerosa y sin probar bocado. Me fascinaba verla en la mesa del comedor con papeles por todos lados que acumulaba en el piso junto a su silla. Le llevaba un té y un sándwich que apenas mordisqueaba. Luego corría al baño. Algunas veces la escuché vomitar.

—¿Estás enferma?

Logré que levantara la mirada del papel. Sus ojos atravesaron mi cuerpo. Se dirigían a un lugar lejano que no pude descifrar. No la interrumpí más.

De regreso en el departamento recogí del buzón una carta dirigida a ella. Desde que vi la dirección del remitente me pregunté cómo es que lograron localizarla. Me puse a hacer limpieza. Abrí el cajón de su buró. Había dejado todo: credenciales, certificados escolares, algunas fotografías. Debajo del pasaporte descubrí un sobre, de esos que sin abrirlos se sabe que darán malas noticias. Llegaron en cascada: la despedida de Laura, los sucesos en su familia, ¿de qué más me enteraría?

En la ventana plástica leí: señorita Laura Salas. Sentí una punzada en el estómago y latidos acelerados que me dificultaban la respiración. Quien redactó los resultados de los análisis de laboratorio desconocía la prohibición literaria de las repeticiones; fuera de rango, fuera de rango, fuera de rango. Leí otros documentos: los primeros estudios, las recomendaciones médicas: quimioterapias; y la carta de rechazo al tratamiento firmado por ella.

Dx. Leucemia mieloide aguda. Aturdida, acomodé todo igual. Me sentí como si ella estuviera a mi lado y me sorprendiera desnudándola, entrometiéndome en su vida.

Llegó una notificación a mi teléfono. Con su partida olvidé revisar los resultados del concurso. Ahí estaba el cartel en la página de Facebook. No era mi nombre el que aparecía debajo de: «Felicitamos a…». No me sorprendió. Apareció una segunda notificación. Era un correo. La invitación, casi súplica, de la editorial para una entrevista exclusiva a su misteriosa escritora estrella como parte de los festejos de su vigésimo aniversario. La propuesta iba acompañada de una remuneración económica que me hizo recordar a la Rowling. Solicitaba, además, un nuevo lanzamiento.

Me tuve que sentar de la impresión. Al acomodar la silla, se deslizaron las hojas amontonadas a su lado. Tras guardar silencio un par de minutos, la pasajera agrega:

Creo en las señales. La carta se estropeó. Usted se ofrece a llevarme a mi destino a cambio de contarle una historia. Siempre soñé con ser escritora, y heme aquí, a las puertas de la editorial.


La que camina con dificultad

Mónica Cavazos

Claudia agita los brazos. La falta de ritmo evidencia su inexperiencia. La piel enrojecida alrededor de las pecas en sus pómulos, acentúa su aspecto infantil. Dio a luz a los dieciséis años. Esta tarde vuelve a casa, con Cecilia, su madre, tras una mañana de intentos absurdos por convivir con Diego como una familia feliz. A pocos días de cumplir la mayoría de edad, en su mente rondan los mismos pensamientos: dos deseos, ambos igual de absurdos, imposibles.

—Conozco a Diego desde secundaria. Soy, quiero decir, fui buena estudiante. Los tres años ocupé la primera banca, ya sabe, la de las ñoñas. Tenía un objetivo en mente: asistir a la universidad. Era el sueño de mi vida y el de papá. Ninguna mujer de su familia lo ha logrado. «¿Tendremos alguna maldición?», esto último lo dice para sí.

A Diego se le dificultan las materias. Mamá solía contarme lo desesperada que estaba Daniela por la situación:

—Amiga, me preocupa este chamaco. He intentado de todo, por las buenas, por las malas, con amenazas. Nada funciona.

—Me imagino.

—No, amiga, ni me des el avión. Con una hija brillante como Claudia no es posible siquiera que entiendas la angustia en la que vivo. ¡Qué futuro le espera a Diego!

—Apenas inicié la prepa cuando enfermó papá. Aún no logro transmitir con palabras tal sufrimiento y lo doloroso que fue para las dos no tener forma de ayudarlo, —dice con voz entrecortada—. Mamá comenzó a trabajar medio tiempo como asistente de odontóloga.

Ella lo cuidaba de día y yo en las tardes. Luego todo se juntó; entre consultas, tratamientos y medicinas, los ahorros se esfumaron.

El taxi circula a baja velocidad por Avenida Patriotismo a consecuencia del pesado tránsito. La conductora sigue la línea de visión que trazan los ojos de su pasajera. Se dirigenal letrero en una fachada de mosaicos rectangulares: Centro Educativo Jean Piaget. La bebé duerme agotada por el esfuerzo. El silencio provoca escalofríos. A medida que avanzan, la cabeza de Claudia gira hasta que el edificio se convierte en un punto extraviado en la lejanía.

—¿Y si nos juntamos Diego y yo a hacer tarea por las tardes? Me da muchísima pena, Daniela, pero si estás de acuerdo, podrías pagarme lo que gastas en las clases de regularización.

—¿Estás segura? ¿Lo consultaste con Cecilia?

—Aún no, la convenceré, necesitamos el dinero. Tú sabes.

—Ay, mi niña, pues sí, estoy de acuerdo. Tal vez encuentres la forma de llegarle a mi Diego. Que Dios me perdone, a veces pienso si no le faltarán algunas neuronas.

La salud de papá se deterioró. Mamá y yo nos mantuvimos junto a él durante su última semana de vida.

El taxi se detiene en el semáforo del cruce con Viaducto. Las lágrimas enjugan las mejillas de Claudia. Las rojeces alrededor de sus pecas se avivan. ¿Por qué la conductora no gira a la derecha y toma la ruta hacia el Hospital de México? La nostalgia le provoca el deseo de volver a la sala de urgencias, la que pisó dos veces: al presentarse los primeros infartos, que no cedieron hasta llevarse a su padre, y al dar a luz, casi un año después. No, los taxis no se equivocan. Alimentan el aparatito con los datos del destino y listo, el poder superior del algoritmo planea la mejor ruta. Ojalá existiera uno que impidiera a las personas desviarse de la suya.

—Ya lo sé, papá, las únicas dos cosas que deseo en la vida son imposibles — murmura para sí.

—¿Dijiste algo? No logré escucharte. La conductora recibe un silencio tirante como respuesta. Unos minutos después, Claudia continua:

—Mamá regresó al consultorio, yo a la prepa y a las clases vespertinas con Diego.

—Disculpa, ya mojé tu cuaderno.—Llora, no tienes porqué presionarte así. Y no me digas como mamá: ¡claro, como tú nunca te exiges! Ya sé que tu misión es evitar que sea un cabeza hueca.

—No eres un cabeza hueca.

—Toc toc. —Golpeó Diego con el puño. La risa de ambos sonó a un tiempo.

—Ok, ok, poquito, nada más —confirmó Claudia.

Él le extendió los brazos. Ella se acurrucó en su pecho.

Fue solo una vez. Y tal como les enseñaron en la escuela, con una vez sin protección, fue suficiente.

Un suspiro hace que interrumpa la historia. La bebé se agita en su regazo. «Mamá sabrá que estuvo llorando. Mejor así, que la cuide, les dije que yo no quería… que no podía… que…» Al instante nota que la conductora ha cambiado la ruta. «¿Habrá manifestación? Que no despierte hasta llegar a casa».

Cierra los ojos. Piensa en Diego y la razón que la llevó a abordar el carro en estado de furia. Casi dos años volviéndose loca, con el embarazo, el parto, la amamantada y encima hacerla de maestra. Entiende que lo más conveniente para ella y su hija es que el padre obtenga el certificado. De algo le servirá.

—Me iré pronto —le advirtió— debo encontrarme con mamá para llevar a la niña a la pediatra. Dame los ejercicios que te dejé para revisarlos.

—Mmmhhh, no tuve tiempo, prometo tenerlos para mañana.

—¡¿Cómo que no tuviste tiempo si es lo único que haces!? —La rabia en sus ojos traspasó el cuerpo huesudo de Diego—. ¡Me tienes harta! ¡En qué momento se me ocurrió! Ashhh, olvídalo, ya me voy, si no me callo me sentiré como una chinche y tendré que pedir perdón. ¡En qué momento!

Claudia percibe que el taxi baja por una pendiente. Sin necesidad de abrir los ojos, nota que oscurece. No recuerda ningún paso a desnivel rumbo a su casa. El túnel le parece interminable. Tiene una sensación de vacío cuando el automóvil toma la pronunciada pendiente hacia arriba.

—Llegamos.

Abre los ojos al escuchar la voz de la taxista. «¡Pero qué fastidio! ¡Cómo que llegamos!» Reconoce la zona al ver a la distancia la Torre de Pemex. «Esta mujer es más tonta que Diego». De pronto se siente extraña. Se mira atónita los brazos. Por un momento cree que le han arrebatado a su bebé. Su respiración se acelera.

—Mi mi mi…

Las palabras se le atoraran en la garganta al descubrir que trae desabrochado el pantalón por lo abultado de su vientre. Por la ventanilla lee: Clínica Integral de Salud Reproductiva. En el umbral de la puerta de cristal reconoce a su madre, a Diego y a Daniela.

Arriba de sus cabezas una gran manta anuncia: Este hospital público brinda el servicio de Interrupción Legal del Embarazo en la Ciudad de México, de manera legal, de calidad, segura, confidencial y gratuita.

—Que aún esté a tiempo.—La escucha decir la conductora.


Pasajera 4

Fernanda Meraz

Los ruidos del destrozo ahogan a Regina en un pozo de terror. Objetos arrojados azotan las puertas y las paredes de la habitación. Vidrios hechos pedazos caen ante golpes contundentes. Jadeos por el esfuerzo se alternan con rugidos de ira. La puerta atrancada por dentro. Al otro lado, Regina permanece de pie, atenta a que el silencio de la batalla le indique algo. Podría ser que la criatura recupere la calma o que trame algo peor.

La toma por sorpresa que la criatura salga como una ráfaga para meterse en el cuarto de baño frente a la habitación. Se hace a un lado y evita ser arrollada. Alaridos se mezclan con el estruendo del espejo hecho añicos.

Regina se asoma a la habitación. El tapiz del sillón desgarrado. El mosquitero de la ventana hecho jirones. Pudo haberse lanzado por ahí, piensa. La horroriza la idea de hallarla en el patio, descoyuntada sobre un lecho de sangre. Tiene que contraerse al sentir que su cuerpo deja fluir la orina. Corre al bañito a liberarse y regurgita un fluido ácido y amarillento que quema su garganta. Hace un buche y bebe agua del grifo. Ante el espejo, lágrimas gordas recorren sus mejillas. Deja de mirarse. Aborrece que el reflejo del gesto compungido alimente su autocompasión.

Lleva años sin encontrar cómo amansar a la criatura. No podría someterla. Lo sabe desde que en pocos meses ese ser menudo y de contornos suaves aumentó su masa en forma descomunal. El volumen fue la manera de imponer su poderío. Muda y con ojos rasgados de lagarto, la criatura planta su rotundez en los marcos de las puertas para impedir el paso. Aferra sus extremidades como tentáculos sobre las superficies de los muebles para evitar ser removida. Dejó clara su superioridad desde aquella ocasión en que sujetó a Regina de los cabellos y con una fuerza insólita la lanzó de un solo impulso sobre la cama. Ella quedó tendida, pusilánime ante la conciencia de su cuerpo reducido y de saberse subyugada en definitiva.

Esta tarde, Regina sale a trompicones del departamento, del edificio. Ve el coche detenido en la esquina, con la portezuela abierta, como aguardándola. Corre por la acera rogando al universo que no llegue la persona a quien está destinado. El pavimento refulge ondulante. Arde. Alcanza la esquina y aborda sin pensarlo dos veces.

– Lléveme a donde sea, lejos, dice jadeante a la conductora después de caer abruptamente en el asiento trasero y dar un portazo.!

Lo sé, la llevaré a su destino.

No escucha la respuesta, lo único que registra es que el coche avanza. El calor es un plomazo. Primavera en Hermosillo, media tarde, equivale a carroña en las fosas nasales y, posiblemente, a desplomarse como pichón ante el acierto del rifle. Regina arrebata y bebe con ansia la botella de agua que le ofrece la conductora. Es grotesca su avidez, ver escurrir el agua por las comisuras de sus labios descoloridos y escucharla deglutir ruidosamente. Vierte agua en una palma para refrescarse la nuca, pasar los dedos húmedos entre el cabello de las sienes y el copete. El asiento de tela queda salpicado de motas oscuras.

-Está a salvo, no puede verla aquí dentro. Tranquilícese, afirma la conductora.

– Es ella quien está mal, no podrá valerse sola, pero no lo soporto, actúa como una loca, no yo, me exprime toda, siempre, yo solo quise huir de ahí, no traigo nada, salí corriendo, sin bolso, ya no aguanté, algo que me identifique, dinero, nada, no sé qué me pasó, a dónde iré, no lo sé, es solo que no aguanté más!

La conductora le ofrece un paquete de kleenex. Es entonces que Regina se percata de que llora. Deja de hablar. La frescura del aire acondicionado la serena. Gira a su espalda para mirar fijamente la esquina de la avenida desierta que deja atrás.

!Cuando acepté recibirla era morrilla. Se abrazaba a mis piernas como una pinza. Parecía frágil, pero no, nunca lo fue. Me la entregó mi tía Raquel, que cuidó de ella como si fuera su madre, hasta que se consumió. Fue la criatura quien acabó con ella.

Regina no encontró manera de negarse. Después de todo, durante varios años Raquel había asumido una carga que no le correspondía. La sobrina se persuadió de la ilusión de cuidar a un ser desvalido. «Si la criatura me acepta será señal de que su lugar es conmigo», se repitió hasta quedar convencida. Se forzó a seguir el destino de las mujeres de su familia. !Desde pequeña me demandaba muy gandalla. Había que alimentarla en la boca, sobarle el cuerpo por horas hasta que el sueño la venciera. Pasó mucho tiempo para que dejara de llorarle a mi tía. Después vendrían lamentos porque se acababa un juego, por un objeto que no se le daba, un paseo que no se le hiciera. Eran llantos eternos, horas de gemidos y gritos… ¡Qué bien se está aquí, oiga! Es la gloria que el camino no tenga fin.

-Hábleme del origen, pidió la conductora.

Regina la ignoró, disfrutaba el recorrido con la nuca apoyada en el respaldo.

La criatura extendía incesante su presencia. La colección de objetos que requería imperiosa llenaba estanterías cada vez más numerosas: muñecos de paño, réplicas de pasta de personajes fantásticos, figuras de cutis grisáceo y cicatrices enrojecidas. Los dispositivos electrónicos eran su fascinación. Primero fueron las consolas de videojuegos. Más adelante, cámaras de vigilancia invadieron las habitaciones. Las pantallas se apropiaron de las paredes del salón. Toda presencia y movimiento fueron observados. El espacio de Regina se redujo a una pequeña habitación con baño. La criatura ocupó salón, biblioteca, recámaras. Alacena y refrigerador en la cocina desbordan los alimentos que exige y engulle de manera descomunal: embutidos, gaseosas, snacks, pastelillos, aves enteras, apenas decapitadas y desplumadas, carne a medio hacer, roja y fragante.

-Detesto la huila en que me he convertido, el pellejo abultado debajo de mis ojos, los cachetes ajados. Desprecio a la zacatona que soy ahora. ¿De qué sirve fantasear con haberme negado a recibirla? Acepté y así son las cosas. Una vez tuve el chance de liberarme. Fui a parar al hospital por sofocos, náuseas y una obstrucción que por poco me revienta como olla exprés. Pude no haber regresado. El cautiverio arraigado que traigo me hizo volver.

Desde hace un tiempo, la criatura no se deja ver. Por las noches, Regina se encierra con llave llena del terror de ser atacada mientras duerme. La despiertan los pasos de la criatura por el departamento. Inmóvil, aguza el oído tratando de adivinar el acecho al otro lado de la puerta. Respira lenta, marcadamente para fingir que su sueño es profundo. Sin embargo, la criatura no se detiene en el quicio, sigue de largo su andar tardo y macizo. En la cocina satisface su voracidad. De nada vale clausurar el acceso. Las ocasiones en que violentó puertas se dio el tiempo para dejar pequeñas notas tales como: “No te va a gustar”.

-Se lo dije a mi madre, que yo no servía para esto. «Me da horror, mamá, ayúdeme, que acabará conmigo», le rogué. Estaba yo muy morra. Pero no, no me escuchó.

– Regina, dice la conductora al detener el coche en la esquina, tu criatura te espera. No puede hacerse cargo de sí misma.


La conductora Diana y una mujer cansada de ser madre

Sagrario Martínez

Por favor, Diana, sácame de este embrollo. Te lo suplico. Solo tu puedes ayudarme. Estoy segura de que sabes hacerlo, yo no busco consuelo sino que me ayudes a ser yo misma. Me entusiasma tu proyecto. Tengo entendido que no quieres dinero a cambio de tu trabajo y eso me gusta, porque cuando se paga por un servicio siempre acaban complaciéndote y yo no quiero eso. Yo busco la verdad aunque signifique mi castigo. Tu trabajo desinteresado es el ideal de una madre. No sé si las hubo así de abnegadas alguna vez. Pero a mi siempre me enseñaron que madres no hay más que una. Por eso creo que la palabra mamá significa directamente auxilio. Cuando la oímos respondemos al unísono todas las madres en disposición de ayuda.

En fin si no te importa, desde ese papel de cuidadoras de la vida, si me lo permites de me siento a tu lado para estar un rato juntas y aclararme.

Sabes, cuando era niña, mi hermano, que era apenas mayor que yo, vio en un camión la insignia de la marca Pegaso que era un caballo alado. Y anduvimos discutiendo un tiempo porque él me decía: “Yo no te digo que aquí ni que allá, pero en alguna parte del mundo hay caballos que vuelan”. Todavía hoy me pregunto por qué para él, era tan verosímil que un caballo volara mientras para mí era una locura. Ahora ya adulta busco un Pegaso para cambiar de vida. Estoy cansada de vivir en mi espacio doméstico y de que me necesiten mis hijos. Se ha extendido demasiado ese tiempo y esa obligación. Tengo que irme.

El amor, el amor… Tanto oírlo en canciones, tanto verlo en películas, tanto soñarlo y aquí estoy, asfixiada por el que di y por el que no puedo dar. Por el puto compromiso que me exige y la libertad que me roba. Desde luego, si volviera a nacer, nada de hijos, nada de maridos, nada de amantes. No quiero que dependan de mí. No quiero ser una mitad.

Tu dirás que por qué te cuento estos frívolos pensamientos, ¿no? Quizás sea porque tengo salud y me creo bien pertrechada para vivir sola. Me dirás que es pura soberbia, que cuando necesite compañía tendré que buscarla a la desesperada y que entonces no la encontraré ni pagando. Pues como bien se sabe, el amor y todo lo que es sagrado no tiene precio. El caso es que en la vida resulta fácil sacar conclusiones después, cuando ya no hay arreglo. De joven, hubiera fingido amar con tal de no estar sola, por puro ahuyentar el peso de los días cargados de pensamientos. Pero ahora, ahora que ando siempre en compañía me rio de aquellos miedos. Y deploro la peguntosa cercanía de quienes dependen de mi.

Y la conductora me conto esta historia:

Te voy a dar una clase de filosofía no puedo de otro modo hablarte de la buena vida:

Junto a la repetida vida de la naturaleza y de la existencia igualmente sin muerte ni edad de los dioses, tiemblan los humanos, únicos mortales, en un inmortal universo. Su única posible grandeza es producir bienes, actos y palabras que sean únicas e imperecederas con las que escapar al tiempo y a la inevitable caducidad de la existencia que camina hacia la muerte. A ese propósito universal responden el arte, la vida contemplativa y ser madre. Ninguna de esas cosas es intercambiable, su valor no tiene medida, es inutilidad pura.

Cuando el tiempo no tenía duración ni dirección ni precio la diosa Diana era venerada en toda Roma. Entonces lo natural y lo sobrenatural eran inseparables. Los mares, los ríos, los bosques y todos los lugares de la tierra y el cielo estaban custodiados por dioses y una pléyade de seres mágicos. Había que pedirles permiso para cualquier cosa que hicieras, desde comer, hasta dormir o tener hijos. Por lo general, esos seres, sensibles y susceptibles, a más no poder, conocían todas las tonalidades del silencio y la oscuridad y gozaban de una memoria inconmensurable, no olvidaban nunca ni el bien ni el mal que se les hiciera. En cuanto a sus cuerpos, transitaban entre lo más bello y lo monstruoso, mutándose, según los caprichosos encuentros que tuvieran con otros seres o fuerzas de la naturaleza. Cada ser mágico, era inevitablemente egocéntrico. Su originalidad les dificultaba encontrar pareja y mucho más conservarla, lo que a menudo les llevaba a enamorarse de sí mismos y aparearse o comerse a sus propios hijos, como si tal cosa.

En ese tiempo en que todo estaba encantado, los humanos, mortales, se pasaban la vida ocupados en complacer a los dioses y a su prole; tenían que ofrecerles regalos y sacrificios no solo para evitar su propia desdicha, sino también las calamidades, sequías y hambrunas de su pueblo. El mundo era así. No menos incierto, aunque parezca mentira, que ahora que creemos en la ciencia. Nos equivocamos cuando pensamos que entonces había más sufrimiento. Yo creo, desde luego, que no. Piensa en la inmensa tranquilidad que produce saber que todo cuanto ocurre es independiente de nuestras acciones y voluntades. Imagina la levedad de la vida ¡Qué gratitud! Y la tierra toda a tu disposición, bella y generosa hasta la saciedad. ¡Asusta tanta dicha!

Diana era la diosa de la fecundidad, se encargaba de ayudar a las madres en sus partos y de proteger a los animales y los frutos de la tierra. Su templo estaba cerca de Roma en las proximidades del Lago de Nemi: un profundo cráter de agua cristalina rodeado de montañas y un bosque encantado. En ese lugar sagrado, conocido como “espejo de Diana”, aclamado por escritores y artistas de todos los tiempos moraba el genio de la vida escondido en El árbol de la rama dorada. Su protección estaba a cargo de un sacerdote-dios del que dependía la vida del pueblo y de la naturaleza. Un ser solitario y siniestro pendiente de no rendirse jamás siquiera al sueño para conservar el poder que atesora y que sabe que perderá antes de ser viejo a manos de alguien más hábil o fuerte. Alquien que lo matará para reemplazarlo, como él mismo había hecho, utilizando una nueva rama de oro del árbol que temporalmente custodia. Así es y ha sido siempre la vida para todos, un combate perdido de antemano.

No pudo ganar esa batalla ni siquiera Caligula, el emperador más cruel, depravado y megalómano que ha dado Roma. Tal fue su apasionado culto a Diana y a sí mismo, que se instaló en el propio lago de Nemi en dos colosales palacios flotantes; y quizás incluso un tercero, que todavía se busca. Cuando murió, envenenado, sus enemigos hundieron sus lujosas naves. Muchos siglos después, tras sucesivos intentos fallidos de rescatarlas, Mussolini, se empeñó en devolverlas a la superficie y recuperar con ese gesto la grandeza de Italia y de paso su propia gloria. La epopeya requirió nada menos que vaciar el Lago. Y sí, allí estaban. Pero el esfuerzo fue en vano; unos años después, al final de la Segunda Gran Guerra, el fuego acabó con todo, con las naves y con el museo donde estaban expuestas. Y como es sabido, Roma no volvió a ser un imperio, ni Mussolini su Duce.

El guardián de la rama dorada sabe que nunca podrá escapar a su fatídico destino. El poder como todo en la vida pasa. Yo conduzco este taxi buscando mi sustituto.

Tu buscas un taxi, yo busco ser madre.


Después, todo se volvió blanco

Mariann Larsen

El taxi circulaba vacío por la carretera N-22, en dirección norte, eran las dos y media de la madrugada. La conductora escuchaba en la radio su programa habitual, Confusiones nocturnas, que en ese momento daba el parte meteorológico. Lluvias abundantes y viento por toda la región. Vio un coche aparcado en el arcén, con las luces encendidas. Detuvo el taxi y se bajó. Se acercó y dio unos golpecitos en la ventanilla del conductor.

—¿Necesita ayuda? —dijo acercando su cara al cristal.

La pasajera la miró con ojos perdidos, y sonrió levemente. Asintió con la cabeza.

—Puedo llevarla a algún sitio?

La taxista abrió la puerta y la ayudó a bajarse, después de apagar las luces.

—No llevo dinero encima— le dijo mientras se acomodaba en el asiento trasero.

—No te preocupes, me puedes contar una historia, la que quieras, no te voy a cobrar nada. Con eso, arreglado.

La taxista enfiló la carretera desierta hacia el norte. La pasajera, aún ensimismada, comenzó a hablar.

Le dijo que a las once y media de la noche se encontró sola parada en el arcén, bajo una lluvia torrencial, sin recordar muy bien cómo había llegado allí, qué le había pasado. Los faros del coche seguían encendidos. No se veía nada. Solo dos haces de luz que se perdían en la oscuridad. Bajó los ojos y los posó sobre sus rodillas. Vio que tenía los pantalones y las manos manchadas de sangre.

Juntó sus manos sobre el volante y apoyó la frente sobre ellas.

¿Qué hago aquí?, se dijo.

Intentó serenarse. Y pensar. En el fondo no quería recordar nada, sino borrar, borrar todo, vaciar su mente, darle al botón del mando y apagar su cerebro.

Las imágenes sueltas se le aparecían de pronto en su cabeza, como secuencias de televisión. Abstractas. Impersonales.

—La televisión estaba puesta cuando entré en el piso— continuó. Eso lo recuerdo bien. Y allí estaba él, en el sofá, como siempre, de espaldas al recibidor, mirando la serie de siempre, fumando como siempre, indiferente, sin hacer nada, como siempre. Juego de tronos, la nueva temporada. El lago helado. Había dos o tres latas de cerveza vacías sobre la mesa baja, y una bolsa de patatas fritas, y el cenicero lleno. Y un vaso con cubitos de hielo. Y una botella de ginebra medio llena, con una calavera negra dibujada en la etiqueta. Amuerte Coca Leaf Gin. Ginebra Premium. Elaborada por una de las destilerías belgas más antiguas. Ingredientes botánicos clásicos refinados con hojas de coca peruana, con fruta del dragón, tamarillo, papaya, Physalis peruano y ralladura de naranja. 43% vol.

Después, todo se volvió blanco, la nada. ¿Qué sucedió? ¿Cuánto tiempo pasó?

Dijo que permaneció inmóvil en el interior del coche. Volvió a mirar sus manos manchadas. Las examinó con detenimiento. Nada. No le desvelaban nada, estaban mudas. Manchadas de sangre seca y negra. Cerró los ojos. Escuchaba los escasos coches pasar sobre el asfalto mojado, parecían espadas rasgando el aire. Schhhh…

De repente las imágenes volvían a aparecer, dispersas, confusas. Se sucedían en su cabeza vertiginosamente. Juego de tronos, la nueva temporada. El lago helado. Guerreros sobre una gran roca peleando con ferocidad, una horda de hombres vestidos con pieles de oso que rugían como fieras. ¿Por qué se habían incrustado esas escenas en su mente? Se ensañaban unos con otros con sus hachas, con sus espadas. No hablaban, no se escuchaban palabras, no hablaban ningún idioma. Sólo aullaban y gruñían. Todos ellos parecían tener un buen motivo para odiar al otro. Como si estuvieran al final del mundo.

El odio. Era lo único que sacaba en claro, un odio que invadía y cubría todo, anónimo y masivo. Algo externo, que pesaba y se imponía más allá de la voluntad.

La lluvia susurraba al caer sobre su coche, constante, hipnótica, como una droga acompasada por el ritmo del limpiaparabrisas que seguía funcionando. Volvió a mirar sus manos manchadas de sangre negra. No tenía palabras, no las encontraba. Ni su pasado ni su futuro eran inteligibles.

—Hay algo que recuerdo bien, sí, —murmuró. Oí con nitidez una profunda inspiración de aire y me vi de pie detrás del respaldo del sofá. Un brazo se elevó. Era mi brazo derecho, lo reconocí. Reconocí mis pulseras, mis dedos con mis sortijas, y mi alianza. Mi mano sujetaba un cuchillo de cocina. El brazo —mi brazo— se precipitó con fuerza hacia abajo, hacia el bulto medio acostado en el sofá. La hoja del cuchillo relampagueó. Se oyó un golpe sordo, apagado, y un gemido abortado.

Después, todo se volvió blanco.

—Los faros del coche seguían encendidos. No podía ver nada—dijo. Solo dos haces de luz que se perdían en la oscuridad. Las sombras que los faros y la lluvia creaban parecían fantasmas que bailaban junto a la carretera.

Bajó los ojos y los posó sobre sus rodillas. Comprobó otra vez que tenía los vaqueros y los dedos manchados de sangre.

Juntó sus manos de nuevo sobre el volante y apoyó la frente sobre ellas.

—¿Qué hago aquí? —me dije.

La conductora del taxi la miró por el retrovisor. La pasajera había apoyado su cabeza en el respaldo y cerrado los ojos. Ella continuó conduciendo en silencio, sin decir nada. De repente vio un resplandor intermitente azul y naranja que se acercaba por detrás y oyó el aullido de la sirena. Dos furgonetas de la policía la adelantaron a gran velocidad.

—¿A dónde te dirigías cuando cogiste el coche, lo recuerdas?

—Hacia el norte, a la sierra, a la casa de mi infancia, no quiero saber nada de la ciudad donde he vivido todos estos años. Eso no es vida.

La conductora del taxi levantó suavemente el pie del acelerador. Se inclinó hacia la guantera y sacó un mapa de carreteras. Lo desplegó en el asiento de al lado, sin levantar la vista del asfalto. De una ojeada experta se situó en el mapa. A unos kilómetros más adelante había un desvío a la derecha, la comarcal C- 401. Cuando llegó al cruce, redujo a velocidad, puso el intermitente y despacito tomó la estrecha carretera en dirección hacia el este.


Reencuentro

Emma Rafo

Un día de octubre del año 1996, Carlota se encontraba comiendo tranquilamente en un restaurante con vista al mar en la ciudad de Lima, cuando repentinamente siente ruidos, gritos y balas. Supuso que era un “ajuste de cuentas” entre narcotraficantes, lo que le hizo casi correr a tomar un taxi. Toma el primer taxi que aparece. En cuanto sube, le dice a la conductora que salga rápidamente de la zona, que algo malo está pasando y le pide llevarla a la primera cuadra del Malecón Cisneros. La conductora responde “ cálmese señora no es común escuchar balas en la zona, ha tenido mala suerte, la llevare a su destino sin ningún problema”.

Empiezan una conversación sobre la violencia en la ciudad, y lo difícil que es ahora caminar por las calles sin exponerse a un asalto, a un robo del bolso, del móvil en cualquier descuido.

La conductora maneja con mucho cuidado una camioneta Toyota azul del año, lo que hace a Carlota sentirse confortable y segura.

  • Es Ud. argentina, pregunta Carlota.
  • Si. El acento, me delata, no?
  • Y hace cuanto tiempo vive en Lima?
  • Hace 18 años.
  • Si. Todavía tiene un poco el acento, comenta.

Argentina es un país grandioso. Me encanta! Perdone la indiscreción por que se vino a vivir aquí?

  • Por razones familiares.

Carlota entiende que la conductora no quiere hablar de los motivos de su migración a Lima. Aún así se entusiasma recordando Buenos Aires. Lé habló de Puerto Madero, del teatro Colón, del barrio de Borges.

– No soy de Buenos Aires y lo conozco poco, contesto la conductora.

Carlota, mira a través del espejo retrovisor la cara de una mujer madura, con grandes ojos verdes. Repentinamente, recuerda su primera visita a Bs. As, ella tenía 24 años y era una activa militante de un partido marxista- leninista-maoísta. En esos tiempos su vida estaba totalmente dedicada al Partido. Recordó el horrible incidente con Pepe, un compañero de militancia que la uso para enviar dinero a grupos extremistas argentinos urbanos en plena dictadura del general Videla. Que experiencia más ingrata, se dijo a sí misma. Como no se dio cuenta desde el principio que era dinero? Claro, que lo era! Todavía no comprende por qué lo llevó, por qué no quiso ver en ese momento lo que le daban, pensó que le gustaba Pepe y no quiso negarse. Por un instante se ríe de si misma. Pero Pepe le hizo correr el riesgo de que los militares argentinos que gobernaban en la época, la detuvieran, torturaran y tal vez hasta la mataran. Tiempo después se enteró que Pepe se unió a Sendero, el grupo terrorista peruano. Donde estará ahora? estará vivo?, se preguntó así mismo.

La conductora la devuelve a la realidad y le dice que hay mucho tráfico y se desviará por el zanjón hasta Barranco y luego regresará a Miraflores.
– Tome la ruta más conveniente, contesta Carlota.

Se quedan en silencio observando el tráfico.

Carlota sigue ensimismada en su recuerdo. Nunca se olvidará de su primera visita a Bs. As. Su mente recorre el barrio histórico de San Telmo, el barrio donde llevo el encargo de Pepe. Recuerda claramente al hombre alto, joven, apuesto y muy serio que la recibió en el departamento de San Telmo. El hombre abrió la puerta, la saludo brevemente casi sin ningún gesto. Le pidió el paquete y no mostró cortesía ni agradecimiento, ni la invito a pasar, ni le invito un mate, ni siquiera un vaso de agua. Solo pudo entrar a un oscuro y pequeño salón porque necesito ir al baño. Una mujer herida, con un brazo enyesado, de grandes ojos verdes, que parecía haber sido torturada descansaba en un sofá en una esquina del salón. Todavía recuerda la molestia que le dio esa experiencia, el hombre la acompañó a la puerta del baño y la esperó para llevarla a la puerta de salida. En ese breve trayecto pudo detenerse un poco y mirar a la mujer herida. Le dijo “Hola”, la mujer respondió “Hola” también. En el taxi volvió a sentir ese miedo intenso, paranoico que le causo la comunicación con el amigo de Pepe.

No podía parar sus recuerdos. Una semana después de su regreso a Lima, dieron la noticia en la TV que la policía argentina había dado un duro golpe a los Montoneros en Bs. As. Y en Córdoba. Ella creyó ver en las imágenes de las noticias al hombre al que entregó el encargo de Pepe en BS. AS.

Quiso escapar en vano de esos pensamientos. Se acomoda en el asiento, mira hacia afuera y se dio cuenta que aún seguían detenidas en el tráfico.

  • Tenemos mucho tiempo, esperando, no?
  • La mujer voltea un poco y le dice si, ya 20 minutos.

Sin pensarlo, Carlota le dice a la mujer: Ud. y yo nos conocemos?

  • No, no creo dijo la conductora.
  • Si, insistió Carlota, nos conocimos en Bs. Aires en el año 1976
  • No. Nunca la vi antes señora, se ha confundido.
  • La conocí en la calle San Juan 340 en el barrio de San Telmo

Se despejó el tráfico y la conductora, siguió su ruta en silencio. No contestaba

Carlota no sabía si debía tener miedo o alegría porque la mujer había sobrevivido, a la brutalidad de la dictadura argentina.

  • Llegamos a su destino, dijo la conductora.
  • Le preguntó cuánto es?, buscándole la cara para asegurarse que era la mujer a quien creía muerta.
  • Nada señora, siga su camino

Infancia perdida

Maricruz Zambrana Girash

Le habían avisado que no cogiera taxis de la calle. “Siempre taxi de sitio o Uber” le había dicho una y otra vez su amiga mexicana. Pero quién tenía la paciencia de estar buscando un sitio de taxis. Y eso de estar al pendiente del móvil a todo momento no le gustaba. Las vacaciones se las había tomado para desconectarse de todo y de todos. Un taxi a la mitad de Reforma a plena luz del día no podría ser tan peligroso.

En cuanto vio que era mujer quien conducía se sintió aliviada. No solo por evitar la ola de violencia machista que azotaba al país sino por el mismo hecho de que se sentía más cómoda en presencia de mujeres. Prefería eludir a cualquier hombre que le pudiera recordar a su padre.

-Me alegro de que sea conductora- le confesó Andrea mientras se subía al coche.

La conductora sonrió.

-Me recomendaron un lugar para comer en el Centro Histórico, pero no me apetece estar rodeada de tanta gente. ¿Conocerá algún buen sitio en una zona más tranquila?- pidió Andrea.

-Conozco el sitio perfecto al que la tengo que llevar. Solo que le costará una historia.

-¿Una historia? ¿Cómo que una historia?

-Realizo este trabajo porque me gusta conocer gente. En realidad no necesito el dinero, así que yo la llevo al lugar que busca y usted solo tiene que contarme una historia- aclaró la conductora y después agregó -le noto un poco de acento argentino.

Sus padres le habían llevado a España cuando era pequeña. Cuarenta años de castellano había borrado casi toda huella del canto bonaerense. Sin duda aquella conductora tenía un oído privilegiado.

-Pensaba contarle acerca del motivo de mi viaje pero ya que salió a colación lo de España y Argentina le cuento de eso.

Cuando Andrea tenía ocho años su madre se había plantado a la mitad de una noche con los ojos hinchados y las manos temblorosas para pedirle que empacara lo que le cupiera en una maleta. Al día siguiente habían tomado un avión que los llevó para siempre a Madrid. La única explicación que recibió fue algo del trabajo de su padre. Sin embargo, siempre le resultó extraño el hecho de que a partir de entonces dejó de vestir de traje todos los días. A los pocos años se dio cuenta que en realidad él pasaba los días en casa leyendo el periódico, fumando puros y haciéndole la vida imposible a su madre y a ella.

-Era muy autoritario y algo machista. En realidad nada que sorprendiera, sobre todo en aquella época. Pero en España las cosas estaban cambiando y él parecía no comprenderlo. Solía decir que los caudillos y los militares no permitían los escándalos que se veían en las calles

De Argentina no se hablaba nunca nada. En alguna ocasión su madre comentó que había escuchado en el noticiero que algo le acusaban a un tal Videla. Andrea hubiera pasado desapercibido ese comentario si su padre no hubiera despotricado contra unos hijos de puta de izquierda tras lo cual se había encerrado en su habitación por varios días.

-Un día se me ocurrió preguntar durante la cena que por qué no pasábamos el verano en Buenos Aires. Sentía curiosidad por saber si tenía primos o abuelos- prosiguió la historia Andrea.

Su madre se había puesto pálida y se había levantado de la mesa.

-Ya ves lo que le haces a tu madre- le había reclamado su padre. -Demasiadas preguntas para una niña- la había gritado mientras se alejaba y la dejaba sola en la mesa.

Andrea había tenido que recoger todo sola y cuando se dirigía a su habitación para ponerse el pijama y meterse a la cama escuchó a su madre llorando.

-Ahí comenzaron las sospechas de que algo raro pasaba en casa- le confesó Andrea a la conductora.

Su madre le decía a su padre que era importante contarle la verdad a la niña. Pero el tono autoritario de él diciendo que en esa casa no se hablaban de esos indeseables terminó con toda discusión.

Tanto Andrea como su madre sabían cuál era su papel como mujeres en esa casa. Así que durante casi una década callaron y prosiguieron su vida como si nada hubiera pasado.

-Hasta que entré a la universidad y me lié con un chico chileno. Hijo de un exiliado de la dictadura de Pinochet. Cuando mi padre se enteró me amenazó de todas las maneras posibles para que dejara esa relación. Pero dígame usted si esas amenazas funcionan en alguien joven. Al contrario, me empeñé en seguir con él aunque a mí el chico ese ni me gustaba tanto. Lo hacía por molestar a mis padres. Porque además en esa ocasión mi madre se puso de su lado.

Con el tiempo lo había dejado. Pero el presentimiento de un secreto familiar comenzó a darle vueltas en la cabeza de nuevo. Los padres de aquel chico eran muy majos y la trababan muy bien. Hablaban de política comúnmente en casa y en una ocasión celebraban la vuelta a prisión del dictador argentino. Ese mismo día había tenido el valor suficiente para enfrentarse a su padre.

-¿Eras colaborador de esos homicidas?- le había preguntado.

Andrea se hubiera sentido aliviada de saber únicamente que su padre había participado en un régimen autoritario que había llevado a la desaparición a tantas personas. Pero eso no era todo.

-A partir de entonces fui huérfana y me tuve que ganar la vida yo sola. No me puedo quejar. Me ha ido bien. Pero quedarte sin familia de la noche a la mañana es terrible. Pero peor aún ni siquiera saber quién es tu familia- había dicho Andrea con lágrimas en los ojos.

Ya casi llegamos- cambió el tema la conductora. -La llevo a casa de una señora que hace las mejores empanadas argentinas. Ya es una persona mayor. Dejó su país cuando supo por medio de una sobreviviente que el cuerpo de su hija había sido arrojado al mar de la Plata semanas después de haber nacido su nieta. Al terminar la dictadura contrató a un detective para intentar dar con el paradero de aquella niña. Pero lo último que supo es que los padres adoptivos habían dejado el país en cuanto Videla había sido apartado de su cargo.

La conductora paró frente a una casa. Afuera esperaba una de las Madres de la Plaza de Mayo que durante más de cuarenta y cinco años había intentado localizar a su nieta. Andrea se bajó del coche y, como si se conocieran de toda la vida, las dos mujeres se abrazaron y lloraron.


La casa de Don Julián

Dalmys Beatriz Sánchez

Las mariposas (metamorfosis)

Gema N. Morales Martínez

La primavera esbozaba sus primeros trazos, atrás quedaban los fríos días de invierno y viento. Ángela disfrutaba los días soleados que regalaba esta época del año, solo la molestaba un poco la salida de algunos insectos, desde niña había sentido una especie de fobia hacia las mariposas, esos pequeños seres que se transformaban de la manera más extraña, le causaban ansiedad. Todas las personas que conocía se encantaban con las mariposas, parecía ser la única que sentía esa inquietud hacia ellas.

Le contaba sobre esto al conductor mientras la llevaba a su destino, recién la había recogido en el aeropuerto y le indicó dónde llevarla. El camino marcaba poco más de cuatro horas. Nunca antes había estado en aquel bosque de la sierra que atravesaba por Querétaro y San Luis Potosí, y aunque no la entusiasmaban los insectos, siempre le parecía fascinante conocer lugares nuevos. Al cabo de un rato, bajó la ventana para sentir el aire fresco y admirar la hermosa vista que el verde intenso del camino montañoso le regalaba.

Ángela prosiguió contando su historia al conductor. Ella era fotógrafa profesional y trabajaba en diferentes proyectos en cualquier parte del mundo, lo que le implicaba viajar constantemente. Amaba su trabajo, lo que más disfrutaba era poder combinar trabajo y placer, capturar imágenes en el momento preciso mientras que a la par conocía diferentes ciudades, países y su gente. Había estado yendo y viniendo por distintos lugares en los últimos meses así que pensó en quedarse un par de días más en el bosque a descansar después de la sesión fotográfica. Las cabañas del folleto promocional se antojaban cómodas y acogedoras. Además, estar de regreso en México, su país, era reconfortante.

Aún faltaban tres horas más de camino para llegar y el vaivén del automóvil la hizo perderse en un sueño profundo. Mientras dormía llegaron a su mente imágenes de su infancia en el internado de la casa del lago en el extranjero, donde había pasado largos periodos de estudios en su adolescencia, corría por los pasillos hasta encontrar la salida a los amplios jardines, donde el viento le rozaba la cara y las hojas de los árboles bailaban juntas sin parar. Las mariposas posadas en las flores se acercaban, Ángela desde sus sueños se inquietaba. El camino se tornaba complejo por la terracería que cruzaban y un ligero golpe por ese traqueteo la hizo despertar. El conductor le explicaba que debían seguir el trayecto a velocidad baja por lo irregular del camino.

– ¿Qué soñaba que se la notaba inquieta? – preguntó el conductor.

Ángela no tenía ganas de responder la pregunta, recordar esos días en el internado de la casa del lago no le hacía bien, por lo que solo atinó a responder:

– Mariposas -.

– Dicen que soñar con mariposas es señal de querer escapar en libertad – afirmó el conductor.

– Quizá – respondió Ángela.La respuesta del conductor la hizo detenerse a pensar si ese deseo de escapar en libertad sería el resultado de haber pasado tantas temporadas encerrada en un internado. La sensación de estar atrapada en un hermoso lugar, pero atrapada al fin y al cabo, no le fue placentera; se preguntaba si por eso había elegido la profesión que hoy con tanta alegría ejercía, en plena libertad de ir aquí y allá. Pero la libertad no se siente completa cuando los temores y recuerdos te acompañan, te envuelven y amordazan.

Sin quererlo, Ángela comenzó a recordar y recordar. Momentos de angustia, de desapego, de desamparo. Tendida en el pasto de aquellos jardines de la casa del lago, la cercanía no pedida de aquel intruso que la vigilaba cada vez que podía, y la impotencia de querer gritar y escapar. Las mariposas volaban en libertad, sí, pero su origen venía de ser un gusano más bien feo. Así se percibía Ángela, una oruga fea de origen cuya metamorfosis hacia lo bello no se había logrado, al menos no bajo su propia perspectiva, al menos no en su interior. Las lágrimas se le amontonaron en la mirada.


Parecía que faltaba poco para llegar a su destino. La ventana abierta de Ángela permitió la entrada de una mariposa azul, la cual sin ella darse cuenta, revoloteaba al tiempo que se posaba en su regazo. Ángela se secaba las lágrimas cuando logró verla. Se asustó. No sabía cómo reaccionar ante un insignificante insecto alado al cual envidiaba profundamente. Ángela quiso volar.

Salió con esa hermosa mariposa azul, por la ventana las dos aladas envueltas en calma, sus colores destellaban con el reflejo del sol; los pinos, el arroyo y unas flores, el aire fresco con olor a bosque. Metamorfosis. Libertad.


Fe

Gema N. Morales Martínez

Era noviembre, solía ser su mes preferido, las mejores lunas asoman en esas noches. Pero las lágrimas en los ojos se le amontonaban tanto que apenas la
dejaban ver. Su padre había enfermado de manera inesperada, todo pasó tan
rápido que no tuvo mucho tiempo para comprender.

Abordó el taxi, la conductora solo pedía escuchar su historia. Ella tenía tanto que contar y al mismo tiempo no sabía qué decir. El dolor que sentía le oprimía el pecho y le ahogaba las palabras antes de que pudieran salir. Al fin se compuso, le pidió que la llevara a casa en la colonia Álamos, aseguró el termo blanco de té caliente que portaba en una mano, y comenzó:

Estaba bien. Apenas hace unos meses, en agosto como cada año, celebramos su cumpleaños, felices…una tarde que no olvidaré – una ligera sonrisa se dibujó en sus labios rosa, salados de tanto llorar. – En septiembre comenzó a sentirse débil, los doctores lentos o quizá tantos estudios es lo que hace todo más lento, no sé. En octubre confirmaron la necesidad de dos operaciones, aunque ya era obvio ante el acelerado deterioro en su movilidad, a veces no hace falta ser doctor, ¿no crees? La conductora encogió los hombros sin voltear, dejándola seguir.

Y queda la culpa. Yo le dije que estaba bien, que le ayudaría en su recuperación, que no pasaba nada y que todo sería para estar mejor. Pero al final, el corazón no resistió. Aún no puedo creerlo, esto no debía estar pasando – se lamentaba mientras apretaba el pañuelo en el puño.

– Debíamos estar ahora mismo en las terapias de rehabilitación, hacia ahí
miraba yo. Lo di por hecho, nunca me imaginé. Las tenues luces de la ciudad dejaban ver las brillantes estrellas a través de la ventana, bellas. El aire fresco de la noche otoñal se sentía como una caricia en su blanco rostro. Qué irónico no poder disfrutar esos pequeños momentos que siempre le habían alegrado el alma, hoy parecía que nada tenía sabor, todo le sabía gris, descafeinado.

Había perdido a su madre cuando tenía 19, después a su hermano a los 34, y ahora, a dos días de cumplir sus 47 se despedía de él, de su bastión, del que fuera su padre y amigo, a veces madre también, esa roca fuerte que siempre estaba ahí, estoica sin dejarse derrumbar. Su padre llevaba la sensibilidad a cuestas recubierta de una profunda fe en su Dios, en su religión, esa que alguna vez había sido de ella también.

Pasó unos días conmigo, en mi casa, entre cada operación para ayudarle
en su recuperación. Su casa tenía muchas escaleras. Benditas escaleras, él estaba necio con irse a su casa, siempre decía que no le gustaba molestar. Si no hubiera sido por eso, no habría tenido la oportunidad de pasar esos días completos a su lado – hizo una pausa mientras tomaba un sorbo de su té. – Una tarde, ya un poco fastidiado de la rutina sin poder caminar, entré a su habitación para checar si necesitaba algo. Estaba sentado en el reposet y me pidió que le acercara su rosario, iba a rezar.

Sentí una gran ternura, pero a la vez sentí admiración, quizá esa fe ta grande que él profesaba era lo que siempre le había mantenido fuerte ante la adversidad. Yo, al contrario, perdí la fe hace muchos años. Pero mira, si es que existe ese Dios, vaya que lo cuidó, en realidad él no sufrió y todo fue rápido, le duele a una, le duele a quien se queda, ¡lo voy a extrañar tanto! Era de esas personas de buena plática, buena escucha y buen consejo, sencilla e inteligente, difícil de encontrar. Hablábamos mucho, nos frecuentábamos mucho.

Sacaba un pañuelo de su bolsa mientras sorbía la nariz que ya estaba roja de
tanto tallar.

He tenido varias pérdidas, ya ves. Solo que este momento es diferente, al final siempre estaba él y ahora no, esta vez no sé dónde acomodar este dolor. Me preguntaban que cómo me siento, así, en una palabra, que identificara ese dolor. No encontraba qué decir, al rato pensé y la palabra es desolación, lo que siento es eso, me siento desolada – concluyó y guardó silencio al tiempo que otra lágrima le brotaba como manantial amargo. Se limpió las lágrimas y siguió.

Al día siguiente recibí un regalo. Una pequeña caja azul marino con un moño plateado. No sabía quién me lo había enviado, no traía tarjeta, solo lo habían enviado a mi casa. Abrí la cajita y ahí estaba. Un dije, una medallita con la imagen de una virgen. Mientras la observaba, pensaba en quién podría haberme enviado ese regalo, y la primera persona que vino a mi mente fue él, justo pensé en mi padre. Me conmovió, era imposible, él ya no estaba. Al final me enteré que me lo enviaba una amiga que vive en el extranjero y que hace muchos años no veo, nos queremos, pero no nos frecuentamos por la misma razón. Tampoco nos escribimos ni hablamos mucho, las ocupaciones diarias a veces hacen que las distancias se vuelvan más largas. Como hacía tanto que no hablábamos, mi amiga no sabía nada sobre la muerte de mi padre, así que no pudo enviármelo para darme el pésame. La llamé para agradecerle, ponerla al día y aprovechó para contarme la historia de aquel peculiar regalo que me envió. Me dijo que esa virgen era sumamente milagrosa, que si yo de verdad le pedía con mucha fe, siempre m cuidaría, que quizá sí me la envió él. Fe….Yo te digo que ya no soy creyente, pero la traigo puesta, al final me lo recuerda y es como si me la hubiera enviado él. ¿Tú crees en Dios, en algún Dios? Es curioso, yo no creo más, pero aquí la traigo pegada a mi cuello.

La conductora se detuvo en el centro histórico de la ciudad de Querétaro, en la esquina de Madero y Allende. Abrió la puerta y le señaló el lugar, no era el domicilio que le había indicado, era el Templo de Santa Clara con su impecable patio de antesala y la fuente de Neptuno, aquel hermoso lugar donde su padre tenía tantos recuerdos de juventud. Aquella en la que ya no creía pero que podría acercarla un poco, al menos en ese momento, a encontrar paz, al recuerdo de su padre y su profunda fe.


Sin historia alguna

Gabriela Rodríguez

Marina se subió de prisa al taxi con el celular pegado entre la oreja derecha y el cuello, su maxibolso colgado en el hombro, parecía que cargaba el mundo entero ahí dentro. Sin hablar, indicó a la conductora del taxi que siguiera derecho. La conductora, viéndola por el espejo retrovisor, asintió y puso el taxi en marcha por la caótica avenida Reforma de la Ciudad de México vestida de cempasúchiles y manos de león, las típicas flores que anunciaban la próxima llegada del día de muertos.
–Buenas tardes. –Saludó la taxista a su nueva clienta pero esta ni siquiera la escuchó.

Marina con sus 23 años a cuestas, viste de marca de los zapatos al broche con el que trae agarrado el cabello para que no se le venga a la cara. Perfectamente maquillada y con las uñas manicuradas en color nude, el color de las princesas, los colores y los brillos son para las «naquitas» le aseguraba su madre. No dejaba de escuchar a su interlocutor que hablaba y hablaba y hablaba. De vez en vez, Marina, con la cara fruncida, hacia es esfuerzo por interrumpirlo pero no lo lograba.
—Yo solo quiero saber ¿por qué? –Por fin logró decir, la taxista escuchó el tono de su voz apagado y angustiado de la muchacha. Al otro lado del celular, se escuchó algo parecido a un trueno. Marina logró agarrar el celular con la mano derecha y despegárselo del oído parecía que había recibido una descarga eléctrica y ahora sostenía su cabeza con la mano izquierda como si tuviera miedo de que se le fuera a caer.
Marina es de esas afortunadas que nació como quien dice en cuna de oro. Todo lo que quería desde que tuvo uso de razón lo tenía al alcance de su mano. Su madre repetía -como loro amaestrado- que tenían la vida perfecta no podían pedir más al universo. Sin ningún contratiempo digno de mencionar, conforme crecía, Marina estudió año tras año el curso escolar que le correspondía hasta que se graduó con honores en una de las mejores universidades privadas de México. Estudió Derecho siguiendo los pasos de su famoso padre, todos veían su futuro brillante, no tendría que «picar piedra» para asegurar su carrera y demostrar su valía, no solo el apellido de su padre heredaría sino también sus clientes y su gran fortuna. Era la gran envidia de sus compañeros.

Por fin, la voz proveniente del celular se apagó. Marina se extrañó y vio con gran tristeza que el aparato se descargó. Buscó en su gran bolso y no traía su pila recargable.
¿Tiene cargador? Preguntó casi con desesperación.
–No. Lo siento. Respondió la conductora.

La mano de Marina soltó el celular como si estuviera en un precipicio. De pronto, cayó en cuenta de algo y empezó a buscar otra vez desesperadamente. Sus manos revolvían todo el interior. «Ay, no». «Ay, no», decía entre dientes. Su propia cabeza parecía perderse ahí. Cuando levantó la mirada hacia el espejo retrovisor, los labios le temblaban y un algo parecido a un tic provocaba que su ojo derecho se hiciera cada vez más pequeño y la pestaña postiza quedara fuera de lugar.
–Señora, ¿tiene terminal para pago con tarjeta?
–No. Lo siento. Respondió la conductora.

La cara de Marina se puso roja-roja. Roja sangre, los ojos inyectados del mismo color del estrés que la invadió. Definitivamente, ese día para ella era un día de perros en donde más de uno ya la había orinado.
–Si me cuentas una historia, yo te llevo a tu destino. –Esa frase fue como un bálsamo para Marina que hizo una mueca parecida a una sonrisa y la pestaña de su ojo derecho volvió a su lugar.
–¿Una historia? –Repitió Marina ahora evidentemente angustiada y paseando su vista por el taxi como si en los adornos del espejo o en la estampita de San Antonio pegada en la guantera la pudieran iluminar. –Pero qué le puedo contar, mi vida es de lo más aburrida. Nunca me pasa nada. Nada, nada. Se quedó pensando unos segundos. Nada… hasta hoy y la verdad es que no quiero acordarme, quisiera borrar este día de mi vida.
Marina apretó los labios y miró por la ventanilla, sus ojos se perdieron en el brillante naranja de las flores de cempasúchil y sonrió solo un segundo y luego volvió su gesto serio. Se removió en el asiento, estaba angustiada por encontrar una buena historia que valiera tanto como el viaje pero no encontraba ninguna hasta que habló en un impuso, casi sin darse cuenta.
–Hace un rato terminé con mi novio, el primero ¿sabe? El primero en todo-todo. ¿Si me entiende, verdad? Bueno no terminé, él me tronó a mí por whats, rió irónica, es el sustituto del post it de Carrie Bradshaw… -se sintió estúpida por la comparación- como sea, no quiero recordar nada porque no quiero contarle que le marqué mil veces hasta que me contestó y confirmé de su ronco pecho que me puso el cuerno con mi mejor amiga, que se quedó con mi perro, con mis libros, que vi cómo pateaba mis besos y se arrancaba mis abrazos. No tengo nada agradable que contarle ni a usted ni a nadie. Tiré todos los recuerdos al bote de la basura y creo que exageré porque ahora mi mente no tiene recuerdo alguno grabado, – se mordió un labio con ansiedad antes de seguir- ahora no me acuerdo de nada porque no quiero escuchar a mi madre decir «te lo dije» a mi padre «te lo dije» a mis amigas «te lo dijimos»… ¿Cómo fue que me enamoré de ese pobre diablo… tan guapo, tan simpático tan… si yo lo tengo todo? Lo tengo todo… menos dignidad y amor propio. Le rogué horas y horas como una condenada a muerte… ya no supe si mi relación hubiera podido arreglarse porque mi celular se descargó.
A Marina de pronto le faltó la respiración y se hizo bolita en el asiento abrazando su estómago, dentro de ella escuchó un gran tronido y al mismo tiempo sintió un gran dolor en el pecho pero eso no le impidió darse cuenta que la taxista disminuía la velocidad y se estacionaba frente a un edificio rojo-rojo. Rojo sangre.
–¿Por qué se para? Marina, haciendo un esfuerzo miró hacia afuera, una larga fila de hombres y mujeres, esperando su turno para ser atendidos. Un gran letrero arriba de la puerta: «Reparación de corazones rotos. Hoy 2 x 1».


El cóctel

Mari Nieves García

No puedo más. ¿Tiene sentido mi vida sin él y sin trabajo? Los infartos dañan el corazón pero yo tengo dañadas hasta las entrañas. ¡Cómo he podido ser tan idiota! Nunca pensé que Juan me hiciera esta putada. Soy una fracasada. No sirvo para nada. Necesito huir. No soportaría encontrármelo. La gente que me conoce me mira con compasión. Tengo que reaccionar. Ahora recuerdo que en Infojobs vi una oferta de empleo que me podría interesar. En aquel momento la rechace por no alejarme de él. Ahora es lo que necesito, huir de todo lo que me lo recuerde. Aquí esta, y aun no esta cubierta. ¡Qué rabia!, mañana es el último día de la selección y está a 300 kilómetros. Si madrugo y con el Google maps puedo llegar antes de las diez. ¡Qué hora más rara para cerrar la selección! No pierdo nada y conducir me relaja.

“Luisa a las cuatro de la madrugada estaba en su coche de camino a su nuevo destino, pero ella no lo sabía”

Me he perdido, ¿por dónde me ha llevado el móvil? Esto es un bosque de encinas y una carretera secundaria. ¡Qué oscuridad y soledad! ¿Qué son esas luces blancas e intensas que vienen desde el cielo hacia mí? No es un coche. Sus idas y venidas me provocan para que pare. Si no lo hago me sacará de la carretera. ¿Será un OVNI? Ahora recuerdo haber leído que por esta zona se habían visto objetos volantes. Serán drones. No estaba claro. ¿Pero por qué a mí? Huyo para olvidarme y ahora esto. Soy una calamidad con mala suerte. Se ha colocado encima. ¿Serán alucinaciones por el estrés? ¡Qué sonido tan estridente! Me voy a volver loca. Me estoy elevando. ¡Qué horror! Me están absorbiendo. Voy a desaparecer sin que nadie sepa dónde estoy. ¿Será el túnel de la muerte? No quiero morirme. Tengo que reaccionar. Tengo que ser fuerte. La angustia me oprime. ¡Qué lugar tan extraño! Es una nave espacial, pero estoy en la tierra. Las encinas se ven cerca. ¿Quién es esa? Al menos no es verde ni tiene los ojos saltones. ¡Qué guapa! Es como una Diosa. Tengo sensación de ensueño y me cuesta saber si esto es real o imaginado. ¡Qué angustia! Estoy muerta de miedo y seguro que desapareceré. Al menos dejaré de sufrir.

Luisa, -le dice la extraña señora- . No te asustes, te he elegido por ser una mujer desesperada como fui yo hace muchos siglos. Mi destino, para librarme del dolor de mi desengaño, me obligó a vagar por el tiempo y el espacio para ayudar a los que sufren. Mi poder de jugar con las emociones me permite llevaros a lugares distantes donde las nuevas emociones os salven del abismo en el que os encontráis. Solo necesito que me cuentes porqué estas sufriendo y a cambio te daré el motor que active los deseos que vas buscando y te preparare para dejar atrás tu decepción.

Estoy llorando. Me ha llegado al alma. Sería injusto que no se lo contase. Ella no va a cuestionar mi ingenuidad. Se lo debo. Es un precio bajo para lo que me ofrece.“Hace tres años, cuando estaba haciendo una sustitución en un bar de copas, se acercó a la barra un joven muy atractivo que se ofreció a ayudarme en la preparación del coctel que me había pedido, creándose entre los dos una complicidad que dio lugar con el tiempo a una gran amistad. Para mí fue un flechazo y una dependencia absoluta de él. Siempre estaba dispuesta a sus deseos, que para mí eran órdenes. Según pasaban los meses yo estaba más ilusionada y él más distante. La relación se mantenía por mí dependencia afectiva. Comencé a necesitar gestos y caricias que no llegaban y que yo provocaba sin resultado. Pero a pesar de ello yo seguía a su lado. Deseaba nuestras despedidas para sentir el suave beso que me daba en los labios.

Mi familia y amigos eran consciente del daño que me hacia esta relación, pero yo les contestaba que “solo éramos amigos”, aunque para mí lo era todo.

Cuando intentaba concertar vacaciones o fines de semana para estar solos, siempre él los anulaba. A veces parecía que disfrutaba haciéndome desprecios.

Intenté dejarlo varias veces, pero él seguía llamándome, y yo era incapaz de rechazar su invitación, lo que me hacía cada vez más insegura.

Con mucho esfuerzo conseguí alejarme de él por más tiempo, pero me volvió a llamar para invitarme a cenar en un conocido Restaurante y acepté sin condiciones.

Pensé que por fin se había dado cuenta de que nos necesitábamos.

Durante la cena la conversación fue distendida y decidimos dar un paseo antes de despedirnos. Con la euforia del momento, intenté besarlo y el rechazo fue como una bofetada unida a un desprecio absoluto. Me dijo que qué hacía, que no había entendido nada, que para él solo éramos buenos amigos. Esta noche con la cena, lo que quiero decirte es que nos vamos a casar Antonio y yo”.

-Esta es la historia de una infeliz enamorada. Se ha casado con nuestro mejor amigo y el dolor y la decepción es insoportable.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? ¿Y la Diosa? Sin moverme me encuentro en el pueblo y a las puertas de la Empresa donde es la entrevista. Llegó a tiempo, voy dentro.

¡Qué hombre tan interesante y atractivo! Con solo tres preguntas me ha dado el trabajo. ¿Qué hago?, le estoy contando lo que me ha ocurrido y se ríe y dice que me cree. Otro pensaría que estoy loca. Él también es raro ¿Será verdad lo que me dijo la extraña mujer?

¡Qué suerte! Ya soy la responsable de Recursos Humanos de esta empresa que excava las ruinas del Castillo de este pueblo.


Surrealista

Gabriela Rodríguez Galaviz

Regina abrió la puerta trasera del taxi y se subió de un humor de perros que hizo evidente con el azotón que le dio a la puerta cuando la cerró además del ceño fruncido y la boca apretada que deformaban su cara de luna llena hasta hacerla parecer una pelota desinflada.

– Buenas. ¿A dónde la llevo? –Preguntó la taxista a su nueva clienta que parece no la escuchó.

– Señorita… –Insistió.

«A la chingada, es ahí a donde me gustaría que me llevara». Pensó Regina mientras revisaba uno de sus zapatos con el tacón destrozado.

–Perdóneme, señorita, pero a ese lugar tan feo no la puedo llevar.

Fue entonces que Regina volteó hacia la conductora del taxi a quien no podría describir -en caso de que resultara una criminal buscada por la Policía Federal- pues evidentemente tenía un rostro pero no podía distinguir rasgo alguno era como si estuviera en esos sueños donde se ve a los seres queridos muertos con la misma ropa que les pusieron para exponerlos en el ataúd pero sin rostro, sabemos que es nuestro muertito por la ropa y por la manera de moverse pero no por el rostro. Regina sacudió la cabeza pensando que todo era efecto de la furia que invadía todo su ser.

–¿Hablé sin darme cuenta? –Preguntó en voz alta, sus grandes ojos verdes se tornaron más oscuros de la pena que sentía al haber hablado sin darse cuenta -le sucedía muy seguido, su lengua era más rápida que su cerebro- pero, la taxista no respondió por lo que Regina asumió que le había molestado el uso de la palabrota pero no había otra que describiera mejor el lugar al que mereciera ir.

–Voy rumbo a la Narvarte, Eje 6 y Cuauhtémoc pero lléveme por favor a hasta donde el taxímetro marque 50 pesos porque es lo único que me acompaña prefiero darle mi último billete que caminar diez cuadras con este tacón destrozado. –Regina hizo una mueca que simulaba una sonrisa, la verdad es que no quería maltratar más los zapatos. El taxi se puso en marcha y la veinteañera volvió su mirada hacia afuera.

–No voy a cobrarle. –Dijo la taxista con voz amable.Regina volteó azorada y preguntó si el taxímetro no servía. «Claro que gratis hasta las patadas», pensó la chica con media sonrisa. Una patada es lo que merezco.

–No, no es gratis. Usted me cuenta una historia y yo la llevo a su destino. Regina asintió lentamente, le asombraba que la taxista respondiera a sus pensamientos, «¿O era su imaginación? Mente en blanco, Regina, mente en blanco».

Se dijo a sí misma, luego hizo una gran respiración antes de iniciar con su historia. Se relajó y una vez que dejó de apretar los labios, en su cara de luna llena aparecieron un par de hoyuelos en sus mejillas. Los hoyuelos eran herencia genética de su padre biológico, de todos los defectos que ese hombre debió tener justo ese le tocó a ella en la tómbola del ADN, porque sí, los hoyuelos son un defecto igual que el color verde de sus ojos, que su cara redonda, que su pelo lacio y escurrido, que su piel blanca sin pigmento alguno bueno rosada cuando enfurecía como hace unos minutos. Toda ella era un defecto más parecida a su madre que a su padre del que solo tiene una foto dentro de una botarga de un estúpido equipo de fútbol de tercera división y sí, lo único que se ve claramente en la cara del tipo, son los hoyuelos idénticos a los de ella.

«Nadie puede negar la cruz de su parroquia». Pensó.

–¿Le molestaría poner un poco de música? Necesito despejarme para contarle mi historia dijo Regina que parecía más calmada. La taxista, de inmediato, prendió la radio y empezó a sonar «Yo no te pido la luna» interpretada por la chilena Javiera Mena. Regina empezó a mover la cabeza al ritmo de la música para luego empezar a cantar bajito.

De rescatar esta piel/Y robarme esa estrella/ Que vemos tú y yo al hacer el amor

Regina dejó de cantar, volvió la mirada hacia afuera. El maldito tráfico de Periférico parado. «Algo lenta para mi gusto la Javiera», pensó Regina. «Nada que ver con nuestra Daniela Romo» apenas terminó el pensamiento cuando la voz de Daniela Romo empezó a sonar la radio. Regina se quedó paralizada. Sí, era la inconfundible voz de Daniela Romo. Pero… ¿Cómo fue? ¡La taxista no se movió! ¿Es un remix? Regina volvió a mover la cabezal ritmo de la música. Daniela cantaba y ella hacía el coro.

Yo no te pido la luna

–A.

Solo quiero tenerte muy cerca de mí

-Naaa.

Yo no te pido la luna

-A.

Solo quiero entregarme para siempre a ti.

-Naaa, Naaa. –Regina hacía el coro hasta que dejó e cantar ya no quería escuchar más música, la canción dejó de sonar. El ruido de su alrededor cesó. Silencio.

Había días raros y este. Regina estaba acostumbrada a los días raros pues vivía en la ciudad más surrealista del mundo hasta el mismo Dalí salió disparado de aquí celoso de la falta de surrealismo en sus pinturas comparadas con el monstruo capitalino mexicano. Regina miró hacia el espejo retrovisor y empezó a contar su historia.

–Hoy, como todos los días me desperté a las cuatro de la mañana para meditar, es la mejor hora para hacerlo, el cerebro se conecta más fácilmente con el campo cuántico.

Soy actriz, bueno… aspirante a actriz, hoy tenía mi primer call back. Estaba feliz y segura de que me quedaría con el papel una chica «friki», un papel secundario pero un papel, al fin y al cabo. Como quería verme más alta y estilizada tomé los zapatos de tacón mi roomie sin su permiso. –La cara de Regina volvió a arrugarse. –Estando en la fila del casting se acercó a mí un tipo guapetón y simpático, dijo que las piernas se me veían espectaculares y que había otro casting muy cerca de la televisora, cuando me dijo la cantidad que pagarían por el papel que seguramente me darían porque mi tipo encajaba perfecto no lo pensé dos veces, abandoné la fila de call back y me fui con él.

–Quítate la ropa.

–¿Cómo?

–¡Que te encueres!

–Pero yo soy actriz.

–¡¡¿Quién trajo a esta tonta?!! -Gritó el tipo mantecoso que estaba detrás e la cámara.

–Tarde me di cuenta que lo que estaban buscando eran actrices para una película porno, sentía venir el ataque de furia y el tipo que me había llevado con engaños me tomó del brazo y me sacó a empujones de ahí mientras yo le gritaba hasta de lo que seiba morir, a donde lo mandé la chingada se quedó corta. El tacón se me rompió no sé cómo, tal vez en el esfuerzo de mantener el equilibrio tras cada aventón que me daba el tipo al que yo no veía tan guapetón. Y ahora, me quedé sin el papel de la friki, tengo que pagar los zapatos de mi roomie y me siento la más estúpida de esta maldita ciudad surrealista.

Regina explotó, lloraba a mares cuando el taxi se detuvo.

–Llegó a su destino, señorita. –Dijo la taxista que dibujó una sonrisa en su cara tipo el gato de Alicia en el país de las Maravillas.

Regina tomó una gran respiración, antes de abrir la puerta se dio cuenta que estaba frente a la televisora.

–Apúrese, señorita, o no llegará a su call back a tiempo.

Regina volteó a ver su zapato y el tacón estaba intacto. «¿Era el día de la marmota?»

Pensó azorada.

–No, es el día en el que puede tomar una buena decisión. –Dijo la taxista.

Regina sonrió haciendo que sus hoyuelos enmarcaran bellamente su cara de luna. Hay días raros y la Ciudad de México.


Olivetti 44

Sagrario Martínez Berriel

Fátima le hizo señas a un taxi que circulaba al otro lado de la calle para que se detuviera. La conductora pareció aceptar el encargo devolviendo un gesto con la mano que indicaba que daría la vuelta.

Al instante estaba a su lado, aparcando el coche. ¡Que bien!, dijo Fátima, si no fuera  por ti, no podría  cargar con esta máquina, quiero llevármela a casa. Vivo cerca de aquí,  añadió, mientras se sacudía el polvo de las manos, te llevará poco tiempo.

La conductora no solo se mostró contenta de poderla ayudar sino que se comprometió a que juntas subieran la maquina hasta su casa.

Así comenzó aquel viaje.

-Es una casualidad que pasara por aquí, empezó a decir la taxista, hoy ya daba por acabado mi tiempo de servicio. Este taxi no es un taxi cualquiera, ¿sabes?, en vez de  desplazarte a lo largo  del territorio te lleva fuera de lo que conocemos a través de los sentidos y las pasiones. En ese mundo no hay sufrimiento. Quienes me necesitan me encuentran. Favorezco la armonía entre el azar y la necesidad. Te acompañaré donde quieras pero será sin ningún trato económico.  

-Pues qué buen encuentro. Es increíble, no solo que hayamos coincidido sino tropezarme con esta Olivetti 44, hasta el modelo es para mi importante. No vayas a pensar de todas formas que suelo guardar o recoger de la basura artefactos inútiles, ni mucho menos que los suelo comprar.  Eso ni se me ocurre,  no va con mi manera de ser. Me da tristeza ver el pasado convertido en decorado, sobre todo si fue el mío. 

– Coincidimos, yo también soy así, es perfecto que no quede nada entre mis manos de lo que ya pasó. MI entendimiento de la vida es Zen. Cultivo el desapego. Me gusta hacer fuego con las hojas que voy dejando atrás del libro que leo. Solo me acompañan las cosas que se transforman en otras y no ocupan lugar como la respiración.

– Yo no he llegado a tanto, continuó Fátima. A mi todavía me gusta guardar ciertas cosas aunque no las expongo.  En mi casa apenas verás los hitos de mi existencia. Bueno, hitos es un decir. Me refiero a las pruebas y aprendizajes por los que he pasado, cuando fui bailarina, cuando fui madre, o profesora. Esas experiencias y tantas otras me han hecho ser quien soy pero convertidas en libros, títulos o  ropas, no me interesan. Me resultan una carga. Fíjate, mi traje de novia lo usé de visillos hasta que el sol acabó primero con el color y luego  con la propia tela.  Se esfumó.  Aún así, tengo apego a otros recuerdos que me acompañan como un talismán. Adoro una hoja de papel en la que mi hija, cuando era muy pequeña, dibujó una rudimentaria bicicleta y garabateó que quería que siempre estuviera con ella. Sin embargo, tengo que decir que me entristece la mirada apenada que me devuelven los recuerdos; todos sin excepción. Me lastima verlos quietos, sin posibilidad de vivir otra vez, de otra manera. A  menos que te ocupes de ellos y los cambies de lugar, claro. En ese sentido no soy como tu te me has presentado. Seguramente yo a diferencia de ti, sufro  porque no he perdido el ego. 

– Bueno, si me permites analizarte, creo que eres una moderna empedernida, pareces convencida de que el pasado hay que hacerlo añicos pero sientes horror al vacío.  Sigues unida al mundo de las apariencias. Pero no te confundas, también lo nuevo produce desazón. Todo acaba siendo viejo. Además para saber que algo es nuevo se necesita conservar el pasado. Sin memoria todo es original, por puro olvido. Incluso el arte que presume de ser eterno. 

-Tienes razón, ahora entiendo por qué he recogido esta maquina de la basura. La he visto  tirada como un desperdicio cualquiera y me ha llegado al alma.  Es exacta hasta en el color como la que la policía me requisó en un registro domiciliario cuando era joven y militaba en un partido ilegal. Entonces, ¡ay!, en España, la palabra riesgo tenía que ver con la desobediencia. No significaba como ahora hacer atrevidas operaciones económicas o practicar deporte al filo de la muerte. Cuanto han cambiado las palabras y las sensaciones que las acompañan. Yo misma, quién lo diría, era un peligro público.

Pensando en ese pasado, y contra mi naturaleza, me he visto impelida a  recoger esta máquina de palabras porque de verdad la he sentido esencialmente mía. Me ha dado hasta coraje pensar en la persona que tuvo la desfachatez de despreciarla de esa manera tan fea. Por eso me dije, la quiero. ¿Cómo voy a dejarla en la calle? Yo nunca abandonaría así mis ideales. Y en esas has llegado tu. Si no, no hubiera podido moverla. 

Así fue la conversación  que tuvimos la taxista y yo hasta que me dejó en casa. Fue un encuentro irrepetible. Un estallido de luz.

Luego dedique la tarde a limpiar la maquina de escribir y llegue a la conclusión de que era muy guapa y que la iba a instalar en mi mesa de trabajo. Quería de acuerdo con mis ideales que tuviera una existencia digna. De ahora. No que fuera un jarrón sin flores para quitarle el polvo sino que sirviera para escribir. Pensaba, eso si usarla para contar historias de ficción que es a lo que me dedico ahora. 

Le puse papel blanco, lo ajusté con las ruedas laterales para que estuviera centrado y me dispuse a teclear una palabra cualquiera, como cuando se comprueba si un altavoz tiene sonido. Intenté escribir hola, hola, pero nada, por más que insistí las teclas no obedecían. Lo curioso, sin embargo, es que escribía por su cuenta proclamas subversivas. La última fue: No al genocidio del pueblo palestino. Así  una y otra vez. Y he comprobado que sii no le quitas la hoja en blanco, no se calla. 


Geisha

Gema N. Morales Martínez

El crucero que recorría casi 70 países durante nueve meses pasaba por Asia y desembarcaba ahora, por escasas horas, en Osaka. Los pasajeros disponían prácticamente de diez horas para pasear y conocer la ciudad y sus alrededores, antes del embarque de salida. 

Miguel venía de México, aunque había tomado el crucero en Beijing y su viaje terminaría en Singapur en una semana más. Un mes lejos que el trabajo y los deberes le habían permitido, después de tantos años, poder darse ese lujo. Era joven aún, entraba a los cuarentas y el home office después de la pandemia le había brindado, de vez en cuando, esa holgura de tiempo y espacio. 

Viajaba solo, había terminado con su novia hacía unos meses, tenían un par de años juntos, pero al final no hubo la consabida compatibilidad de caracteres. Así que decidió realizar este viaje, le hacía ilusión conocer Asia desde hacía tiempo, sobre todo el país nipón y su enigmática cultura, aquella a la que su abuelo perteneció, de la que le contaba tantas historias cuando era niño, y ese amor de juventud que nunca pudo olvidar, una aprendiz de geisha de la que él se enamoró, se llamaba Aiko. Nunca pudo despedirse de ella, decirle que se iba y que la amaba profundamente, y que volvería. 

Miguel cogió un taxi en el muelle, quería ir hasta Kioto, el lugar de donde era originario su abuelo. Le entusiasmaba conocer el templo Fuji Nari, ese tan icónico de las puertas torii, aquellas que están a la entrada de los templos y que, simbólicamente, marcan la transición de lo mundano a lo sagrado. Quizá llegase también a ver a alguna geisha, al parecer eso no sucede a menudo. 

La conductora le indicó que sería una hora de camino. 

  • ¿Que yo le cuente mi historia? – preguntó Miguel. – Bien, hagamos un trato, usted me lleva a Kioto y me trae de regreso a Osaka en este mismo lugar, tengo que abordar el crucero antes de las 8pm, y entonces yo le cuento mi historia en ambos trayectos.

La elegante conductora ataviada en blanco y negro, con sombrero a tono, asintió arrancando el impecable auto negro. 

Miguel iba entusiasmado, comenzó por contarle a la conductora que viajaba solo y sobre su reciente ruptura con su novia. Sentía que la edad empezaba a caerle encima, pensaba que talvez el amor no era su destino. También le contó sobre su abuelo materno y aquellos recuerdos de su infancia y adolescencia en Kioto. Por eso para Miguel era tan importante conocer su ciudad, así fuera por solo unas horas. Su abuelo solía cocinar algunas delicias del país asiático, Miguel disfrutaba su singular sazón, que además su madre había heredado. Un día su abuelo le confió que en Kioto se había enamorado de una geisha cuando apenas cumplía los 18 años, la visitó a escondidas cuanto pudo y ella, que era un poco mayor que él, también se había enamorado de ese joven intrépido. 

Pero en aquel entonces corría el año 1945, la Guerra del Pacífico aún estaba en auge, había mucho caos y confusión, y los padres de su abuelo emigraron junto con él a América, meses antes de que cayera la bomba atómica en Hiroshima en agosto de ese año. Su abuelo le contó la profunda tristeza que sintió al dejar su país y a su enamorada maiko, no sabía si un día volvería, y al final eso nunca sucedió, pero aquella mujer no la olvidaría jamás.

En el trayecto tuvo la fortuna de disfrutar el paisaje, los cerezos en flor asomaban, esos hermosos árboles de flor rosada que suelen ser fugaces durante los primeros días de abril.

Llegaban a Kioto y Miguel se admiraba de todo cuanto veía a su alrededor, templos y jardines, estructuras arquitectónicas maravillosas, tomaba fotos por donde pasaban. 

El taxi transitaba por la calle Hanamikoji que les acercaba al barrio Gion Kobu, uno de los más conocidos donde se encuentran las casas de té y las geishas. 

  • Tiene usted suerte – le comentó la conductora. – En tantos años que he trabajado entre las ciudades de Osaka y Kioto, es muy raro ver una geisha, mire, ahí va una de ellas caminando en dirección al barrio.

Miguel asomó por la ventana y se la quedó mirando por un momento, arropada en un hermoso kimono carmín que acompañaba su andar discreto y elegante.

  • ¿Se puede hablar con ella? – preguntó Miguel.
  • No lo creo, suelen ser bastante reservadas – aseveró la conductora. – Espere, ella es una maiko, aprendiz de geisha, quizá con ella sí pueda hablar.  

La conductora le explicaba que las maiko suelen ser más accesibles y que aquella geisha que mencionaba, Aiko, era ahora una anciana retirada cuyos días de gloria habían quedado atrás, pero que había gozado de gran fama en su juventud y madurez, había llegado a ser muy famosa y por ello era muy conocida y querida en Kioto. 

La conductora se adentró al barrio de las geishas y se detuvo ante la puerta de una casa. 

  • Baja – le indicó a Miguel.
  • Pero… empieza a hacerse tarde – titubeó Miguel. – No llegaré a tiempo al muelle en Osaka para abordar -.
  • No llegarás, tu destino es este, entra. Aiko te espera – finalizó la conductora.

La casa de Don Julián

Dalmys Beatriz Sánchez

La niña no podía correr más porque el miedo la paralizaba. Miedo a la oscuridad, al silencio de las calles vacías, miedo a regresar a esa casa. Sentada en la acera de la Calle El Sol, con su cara empapada y hundida entre sus brazos y sus rodillas, la niña sintió la presencia de alguien muy cerca de ella, demasiado cerca. Con vacilación, levantó la mirada y se encontró con una señora de rostro amable que le extendía su mano.

―Ven, súbete, yo te llevo a donde tienes que ir. ―le dijo la conductora del carro público.

―No, no tengo dinero para pasaje. ―Dijo la niña, aunque lo que quería decir era: “No, ¡no quiero ir a donde tengo que ir!”

―Tranquila, no cobro dinero, cobro historias. Cuéntame la tuya y te llevaré a tu destino.

La niña volvió a hundir la cara entre sus brazos y sacudió su cabeza en un gesto de resistencia. La mujer la esperó paciente mientras le sostenía la puerta del carro abierta. Al fin la niña se levantó resignada a regresar, ¿pues qué otra opción tenía?

―Urbanización Ensueño ―le dijo la niña entre los dientes.

Sentada en el asiento trasero de ese carro demasiado limpio para ser público, miraba los ojos de la mujer en el timón y podía jurar que veía a su mamá. Sin levantar la mirada y haciendo moñitos con la tela de su vestido, comenzó a contarle de su vida, de su vida a partir de la ausencia. La conductora escuchó con atención los detalles que le ofrecía la niña y, dotada de intuición y previsión muy acertadas, impregnó la historia con detalles que la niña no podía expresar a pesar de su significancia en el relato de sus vivencias.

Recién huérfana de madre y estrenando sus 12 años, fue enviada a vivir a la ciudad, en Santiago. La monjita que le dio la referencia a su padre dijo que era gente buena, cristiana y que la niña estaría bien. “Buena gente…” ―pensó la niña― “pero de igual manera, extraños”. No le gustaba la idea de irse de su casa y dejar a sus hermanos y a su papá, pero estaba consciente de la carga que sería para su padre costear los viajes diarios a la escuela. En la parada de la guagua que la llevaría a su nueva casa, la niña abrazó a su papá con fuerza, como diciéndole: «No me dejes aquí, por favor». Pero no lo dijo, sabía que para su padre esta despedida resultaba aún más dolorosa que para ella misma. También abrazó a cada uno de sus hermanitos encomendándoles portarse bien y cuidar a su papá.

Al acercarse al portón de esa casa grande, la niña respiró muy profundo para calmar las palpitaciones que hacían saltar la medallita de María Auxiliadora sobre su pecho. Entró a la casa revestida de valor, con su sonrisa tímida como carta de presentación. Un viejito calvo, de baja estatura y dientes postizos, con un porte de quien alguna vez fuera esbelto y fuerte, la recibió amablemente, le tomó la mochila y le mostró el cuarto y la cama donde se hospedaría.

― Estás en tu casa, muchacha. Aquí puedes estudiar tranquila y nadie te va a molestar. ― dijo el abuelito a su nueva huésped.

― Muchas gracias, Don Julián. En lo que les pueda ayudar… ― contestó la niña, preguntándose cómo iba a devolver tanta generosidad.

― ¡Usted está aquí para estudiar, y nada más! ― interrumpió el anfitrión.

A pesar de la insistencia de Don Julián, la niña ofreció ayudar en algunas tareas de la casa. Comenzó lavando los platos cada noche y lo hacía con gusto, a modo de agradecimiento.

En la casa vivían Don Julián y su esposa, quien estaba parcialmente paralizada debido a un derrame cerebral. Con ellos vivía su hija Dolores, la que llevaba las riendas de la casa y cuidaba de sus padres enfermos y envejecientes. En el patio trasero habían construido un cuarto anexo para que María, hija también de los señores, viviera con su esposo y sus dos hijos. En el callejón de atrás de la casa Don Julián le cedió a Pedro, un borracho epiléptico, improvisar una caseta para que no tuviera que dormir a la intemperie, en callejones o debajo de puentes. La niña compartía un cuarto con Sandra, joven madre soltera que ayudaba a Dolores con los quehaceres durante el día. En la casa entraban y salían un desfile de visitantes con una familiaridad desconcertante y que sobrepasaba el sentido común.

Un domingo en la tarde al regresar de visitar a su familia, la niña volvió a sentir fuerte ese tamboreo en su pecho. Le angustiaba pensar que ese gentío estaría en la sala y le harían preguntas impertinentes con el único propósito de tener algo de qué reírse, alguien a quien burlar. Esa tarde nadie respondió su saludo, nadie le hizo preguntas. Ninguno de los adultos o niños en la sala se percataron de su llegada porque estaban embelesados mirando pornografía en la imponente pantalla de la sala. Siguió a su cuarto sin detenerse. Sentía un ardor terrible entre sus piernas y una urgencia insoportable de tocarse, pero el miedo a los ojos omnipresentes de Dios no la dejaba aliviar su malestar. Apretó sus ojos para des-ver esas imágenes que la asaltaron desprevenida.

Don Julián entró sin tocar y la niña no supo si el grito lo había emitido en voz alta o si su voz se había aniquilado con el susto. Su anfitrión se sentó a su lado, demasiado cerca y sin permiso, le colocó una mano en el hombro y otra en un muslo, en un gesto de intimidad robada. Se acercó a su oído y le susurró promesas de herencias inventadas.

―Son muchas tierras allá en la línea noroeste, animales y mucho dinero, todo será tuyo. ― le dijo el anciano mientras la sobaba. Ella se apartó con cuidado de no ofender sus sensibilidades seniles, y salió del cuarto.

Los quehaceres de la niña fueron aumentando con el paso del tiempo. Dolores le asignaba algo más cada día. Ya no solo lavaba los trastes, también preparaba la dieta especial para la señora enferma, preparaba y servía la cena a todos los que vivían en la casa y a los que aparecían a la hora estratégica, servir café a quienes le apetecía, y asegurar que la cocina quedara resplandeciente antes de retirarse a su cuarto. A menudo eran pasadas las diez de la noche cuando lograba sentarse a estudiar. Don Julián le ordenaba dejar de hacer tantos oficios porque tenía que cuidar sus manos delicadas de señorita, pero ella obedecía las órdenes de la ama de casa.

En la víspera de las vacaciones de Navidad, cuando la niña se retiraba a su cuarto cerca de las 11 de la noche, Don Julián la interceptó, le apretó un brazo y le dijo quedito al oído, resuelto: «Esta noche serás mía, quieras o no.» La niña le susurró, soltándose de un tirón y con voz igual de bajita: «¡Viejo verde!».

La voz de la conductora sacó a la niña de su trance. Los labios le temblaban, las manos sudaban, como si todavía estuviera ahí, acorralada.

―¡Aquí estamos, llegaste! ―dijo la mujer, señalando un letrero en la puerta de una casa grande en la Calle Las Carreras: “HOGAR DE NIÑAS MADRE MAZZARELLO”.