Ahora das el frío

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La conductora de destinos recogió a su primer pasajero en Salamanca, España. Eran las 6 de la mañana. Había aparcado al final de la Gran Vía, junto a una iglesia monasterio del siglo XV, cuya una mole oscura ahora se recortaba contra la madrugada. Como siempre, esperaría dentro del coche. Conocía muy bien al pasajero, aunque jamás lo hubiera visto, ni investigado, ni cruzado con él una palabra. Lo conocía mejor incluso de lo que el pasajero se conocía a si mismo.

Este se anunció con dosgolpes de nudillos en la ventanilla. No hubo sobresalto; dos golpes de nudillos eran lo previsto. El motor seguía en marcha para mantener la calefacción encendid, y el pasajero intentaba verle a través de los cristales empañados, sin decidirse a entrar, hasta que la conductora desbloqueó los seguros. 

— Hola. Me ha costado encontrarte— dijo, mientras cerraba la puerta y se abrochaba el cinturón de seguridad. 

El hombre traía el frío pegado al cuerpo. Quizás hoy no lo llamarían hombre. Lo llamarían chico. Pero ya era un hombre, aunque aún llevara colgando algunas rastas que le nacían de la nuca, mientras el resto del pelo, ya gris, rasurado, daba testimonio de otras rastas desaparecidas, que se habían ido rindiendo una a una, conforme le abandonaba la juventud. 

— Joder qué frío —dijo el pasajero—. No me acordaba de qué coche era, la verdad. He probado suerte.

— Es un coche fácil de olvidar. Siempre he pensado que eso era una de sus ventajas. Quizás también sea un inconveniente. 

El hombre sonrió y abrió mucho los ojos. Había un pequeño punto de locura en ellos. 

— Por cierto, me llamo Manuel —dijo y le extendió su mano. 

La conductora de destinos, en lugar de apretársela, quitó el freno de mano con sus manos enguantadas y echó el coche a rodar. 

— Eh, qué todavía no te he dicho a dónde quiero ir —dijo el pasajero—. ¿Cómo funciona esto? ¿Me llevas a cambio de que conteste a tus preguntas? Si te soy sincero, lo único que entendí bien es que era gratis. 

– El viaje tiene un precio. Tienes que contarme una historia verdadera, eso es todo.

– Jo, tía… Pues, gracias. Me has salvado el cuello. Tengo que bajar al sur como sea. 

– Al sur, ¿entonces? ¿Cualquier lugar al sur? 

– Sí. 

– De acuerdo, ahora cuéntame tu historia. 

¿Su historia? Ahora, en todo lo que podía pensar, era en alejarse de aquella ciudad que le había drenado hasta la última gota de calor. Había decidido quedarse a probar suerte después de pasar un fin de semana largo en casa de una colega. En Madrid cada vez había más clínicas de reiki y cada vez le costaba más encontrar clientes. Aquí no te faltarán, le dijo su colega. Yo conozco a media ciudad y la gente anda muy necesitada. Siempre y cuando lo dejes tirado de precio, porque eso sí, Salamanca no es el barrio pijo de tus padres al lado del Retiro. 

Al mes siguiente Manuel se fue a vivir con su colega a un piso de la plaza del Oeste de Salamanca. En una habitación libre organizaron la consulta, con la mesa camilla, las plantas y los cuadros que Manuel se trajo de la casa de los padres donde había vivido y trabajado hasta ahora. Cobraba la voluntad y aceptaba trueques: comida, marihuana, cosas así. No lo consideraba un negocio, sino una forma de vida. Era un sanador. No comerciaba con la salud de la gente, le dijo a la conductora, buscando sus ojos. 

Ella asintió sin perder de vista la carretera. Los jirones deshilachados del amanecer alumbraban los campos helados que rodeaban la autovía vacía. Béjar: 44 kilómetros. Manuel mantenía sus manos temblorosas cerca de la corriente de aire caliente que lanzaba el radiador del coche. El frío, ese era el problema. No sabía exactamente cuando comenzó pero sí que hubo un momento en que ya nunca le abandonaba. 

– Creo que la gente de Salamanca me ha robado el calor. Por eso debo bajar al sur. 

Entonces le habló de La Llama. De su maestra, aquella que le había descubierto su talento para el reiki. Ella le descubrió el fuego interno del que Manel extraía su energía sanadora. La Llama te elige, pero no todos aprenden a canalizarla. La maestra había llegado a su vida en el único momento en que Manuel estaba preparado para recibir su enseñanza. 

— ¿Crees en el destino?— preguntó Manuel. 

— Es en lo único que creo— dijo la conductora. 

Desde entonces Manuel se ganó la vida imponiendo sus manos curativas. Nunca pensó que la llama pudiera abandonarle. La consideraba un maná inagotable, del que él solo se consideraba un canalizador. 

— Eso creía, hasta Salamanca. 

Día a día. Semana a semana. Mes a mes. Aquellas personas entraban en su consulta, se tumbaban en su camilla. Él imponía sus manos según su dolencia. Según su enfermedad. Luego se marchaban y Manuel sentía como si le hubieran dado un mordisco, un mordisco a una manzana que llevaba dentro. Esas personas, cuyos nombres y rostros ya no podía recordar más, le fueron vaciando, mordisco a mordisco. Y ahora ya solo quedaba el corazón de la manzana, ahíta de carne, ya solo dureza fría y pétrea. La Llama se había extinguido. 

— Por eso debo bajar al sur, hermana —dijo Manuel—. El sur me devolverá el calor. 

Después se quedó dormido. El coche había dejado atrás la dehesa y se sumergió en la niebla del sistema central. Se catapultó por los valles, dejó atrás la meseta. 

Manuel solo despertó cuando el coche se detuvo delante de una casa. 

– ¿Dónde estamos? —dijo Manuel.

– Frente a la casa de tu sanadora. 

– Pero ella… Ella se fue a vivir a Las Azores. 

– Hemos llegado a tu destino. Debes entrar en su casa. Ella está muy enferma. 

– Pero… Pero… La llama ya está en mí. Ya no puedo sanar. 

– No has venido aquí para sanar. Has venido aquí para ayudarla a morir. Antes dabas el calor. Ahora das el frío. Ese es tu destino.