Entre las cositas de publicar nueva novela está decidir a qué escritores se lo voy a enviar.
Y me he acordado de cuando aún ambicionaba el reconocimiento de otros escritores más prestigiosos (y casi siempre más hombres) que yo.
Y les mandaba mis libros con aspiraciones no menos ilusorias que las de quien echa el Euromillón.
Bueno, no nos pasemos: Como las de quien echa la ONCE.
No solo quería dinero: quería admiración, amor paternal, fraternidad. Qué sé yo. Lo quería todo.
Luego llego Facebook y al envío de libros se sumaron formas más sofisticadas de pavoneo y cortejo entre escritores. Lo cierto es que nunca me tocó el euromillón. Ni la ONCE. Y, por supuesto, tampoco llegué a asaltar los cielos de la escena literaria nacional (que no existe, por cierto).
Maduré por la vía dolorosa. Un narcisista murió en el proceso. Y del charco de ácido humeante que dejó su cuerpo tras derretirse, salí yo.
Lo primero que hizo El renacido fue cerrar el puto Facebook.
Y después, una a una, el resto de sus redes sociales.
Y así es como me levanté de la mesa y salí de aquel casino, con los bolsillos vacíos de esperanza y la firme promesa de no volver a entrar.
A día de hoy mantengo mi palabra.
Por eso no he tardado ni diez segundos en decidir a qué escritores le voy a enviar mi novela.
Porque no se tardan más de 10 segundos en contar a los buenos colegas. Y menos a los buenos colegas que escriben.
Jorge. Alberto. Kike. Bárbara. Perfu.
Gente con la que trato poco, pero en la que pienso mucho. Seguramente más de lo que se imaginan.
Y antes de meter cada libro en su sobre, les escribo dedicatorias que son cartas de amor.
Toda mi recompensa será esa felicidad que me calienta las entrañas mientras se lo doy a la gente que me gusta y que me importa. Y no me hace falta más, gracias a los cielos que (por suerte) no asalté.
