Cabos y motivos

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Para lograr coherencia a una narración larga trabajaremos con “cabos y motivos”, es decir, elementos que encuentra respuesta, seguimiento, continuación, réplica, o desarrollo a lo largo de las páginas.


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La poesía de las plantas

Capítulo 1

No me gusta improvisar. Soy una criatura del futuro, no del pasado. Como criatura del futuro, vivo en lo que ocurrirá tanto como en lo que ocurre. Así que he pensado mucho en cómo será mi vida con Apolonia y Rafaela.

Aquí un cabo: rasgo definitorio del protagonista que debo tener en cuenta para el posterior desarrollo del personaje.

Yo he pasado cuatro años en un lugar del que no quiero hablar, pero sí diré que era un lugar solitario. Ahora por suerte ya no estoy ahí. He conocido el amor y todo eso. Pero claro, antes de conocer el amor tuve que atravesar un deshielo que comenzó cuando me hice cargo de dos plantas, de esas que compras de camino a otra parte o te regalan, un poco por accidente.

Tuve dos plantas después de no tener ninguna y antes de tener varias. Me vino bien porque necesitaba cuidar de algo que no fuera yo mismo. Necesitaba seres vivos que dependieran de mí. Necesitaba romper la celda inorgánica de mi casa, donde las únicas células orgánicas que entraban — además de las mías— eran las de los trozos de animales muertos y vegetales que iba a comerme.

Debían ser fáciles de cuidar, claro, resistentes, lo más parecido a una planta de plástico pero sin serlo. Yo era el Sahara de los cuidados. El ser que me acompañara en mi día a día debía ser un tuareg, un náufrago.

Me compré una yuca, me regalaron una plantita pulposa.

Maté a la planta pulposa por exceso de riego; y solo sería la primera de varias pulposas que caerían bajo el yugo de mi regadera. Yo que me tenía por desierto y resultaba que era una huerta de Murcia. Yo que creía que cuidar a una planta era regarla y resulta que solo es regarla lo justo, lo que necesita. Me imagine padre de un hijo obeso al que alimento hasta que se le pudren las raíces y acaba explotando como una salchicha en el microondas. Una planta es como un niño. La falta de cuidados, lo veo ahora con claridad, no es dejarlo sin alimento, sino alimentarlo mal.

Mi segunda planta muerta fue la yuca. Le pedí a mi amiga Paula que me acompañara a las floristerías de Tirso de Molina y hasta regateó con el tendero paquistaní para conseguirme una hermosa yuca que me hizo muy feliz los primeros meses que convivió conmigo, a mi vera. Hasta llego a convertirse en mi cosa favorita en los andurriales de mi existencia. Entonces llegó la pandemia, me confiné tres meses con mis padres en el pueblo y a mi regreso de la yuca solo quedaba una agonía, con solo la vida suficiente para obligarme a involucrarme en su restitución. Pero la yuca nunca volvió a ser la que era.

Ni el abono, ni los riegos, ni los cuidos volvieron a hacer rebrotar su vitalidad. Yo ya no cuidaba vida, sino enfermedad. El jardinero se había convertido en celador de una unidad de cuidados paliativos. Agonizó a mi lado durante casi tantos meses como me ofreció su esplendor, y no hubo uno solo de esos días en que no me torturara su visión a mi lado, a modo de recordatorio de mi incapacidad para cuidar vida, para rodearme de vida buena, verde y creciente.

Odie tanto su resistencia a recuperarse pese a todos mis experimentos botánicos, que un día cogí la yuca, la saqué de la maceta, la partí en dos de un rodillazo y la embutí en una bolsa de basura que bajé al momento a la calle. Sin ceremonias, sin salvas de homenaje; un entierro sin honores para una planta que me había jodido la moral durante meses, resistiendo todos mis intentos de revivirla después de casi haberla matado. Y eso era imperdonable. Las plantas deben servir para algo. qué clase de planta es esa que no nos sirve.

Después de la muerte de la yuca el piso volvió a ser un erial habitado por un solo individuo. Hay semillas que germinamos muy lejos de cualquier otra planta de nuestra especie. Algunas nos convertimos en árboles solitarios que resaltan ante los ojos del hombre como una anomalía llena de romanticismo.

Aquí un motivo: la protagonista narrador hablará a veces en primera persona del plural para incluirse en la categoría de lo vegetal. Se incidirá a menudo en la asimilación e identificación del protagonista con un tipo particular de planta (árbol solitario), o un motivo vegetal más general (semilla).

Muchos de esos árboles se ven poderosos, señoreando pastos o rocas desde sus alturas sin otro igual que les haga sombra, y se convierten en hitos del paisaje y lugares de reunión de animales y caminantes. La pregunta que habría que susurrarle a las raíces de estos árboles (los árboles escuchan por las raíces) es la siguiente: si pudieras moverte, ¿te irías con otros árboles?

Motivo: aquí aparecen ya temas filosóficos que se desarrollarán en páginas posteriores: ¿cuándo una soledad es elegida y cuando es impuesta? ¿Hasta que punto “echar raíces” te aísla?

Dicen que las plantas son sésiles, es decir, que no pueden desplazarse. Germinan en el suelo deshabitado y echan raíces. Sésil. Soy sésil. Eché mis raíces en un apartamento de Madrid y mi soledad quedó zanjada. Solo cuando llegó el amor de Apolonia la movilidad fue posible.

Cabo: aquí se da un punto de partida del desarrollo argumental: el amor de Apolonia me ha permitido salir de mi soledad.

Porque las plantas no son inmóviles, sino sésiles: sus ágiles semillas se desplazan decenas o miles de kilómetros, mientras sus raíces tienden una galería de comunicaciones. Apolonia sopló el diente de león, comió el fruto, yo me fui en su vientre o salí volando.

Ya sabéis que el amor, cuando es correspondido, no se gasta. Cuanto más amor hay en tu vida, más capacidad se tiene de amar.

Cabo: aquí el personaje lanza una tesis fuerte, que se va a poner a prueba en la aventura en la que se ha embarcado. Al final de la historia, ¿se confirmará o se desmentirá su tesis inicial?

Quizás tuvo que morir una yuca para que cuando llegara Apolonia mi corazón ya se hubiera desperezado, y pudiera dar sus primeros latidos de amor.

Capítulo 2

Me llamo Daniel y ahora, sin ir más lejos, estoy pensando en otras cosas. Aprendemos a hacerlo con los años; el cuerpo habla y gesticula ante los otros mientras nuestra mente se refugia en los pensamientos. Así transcurre otra vida en la trastienda de nuestras acciones visibles. Aunque esta voz que escucháis hablar de la poesía de las plantas es sin duda la mía, otra parte de mí (quizás la que podríamos llamar, con más autoridad, el “yo”), anda divagando sobre el acontecimiento que ha de ocurrir en un mes y medio, cuando llegue Rafaela al piso al que acabo de mudarme con Apolonia.

Apolonia es mi amor, Rafaela, mi bomboncito, la niña de siete años que es la hija de Apolonia mi amor y de Paco su padre, y es nieta de Apolonia su abuela y del señor Mora su abuelo, y sobrina de Chico el tío, y da la casualidad de que también es amiga de muchos burros, los burros que el señor Mora tiene en un campo de Sanlúcar, donde está pasando este verano (nuestra historia transcurre en verano). Bueno, pues decía que mientras os hablo de Rafaela no puedo dejar de pensar en la poesía de las plantas, ¿o era al revés?

Cabo: debo recordar, para no romper la coherencia argumental, que el personaje Rafaela ha pasado el verano con su abuelo.

Motivo: Me gusta el contraste de la niña urbana del siglo XXI que pasa sus veranos en un entorno rural tan tradicional. Estaría bien incidir sobre eso después.

¿Y qué es la poesía de las plantas? ¿A qué llamo yo la nueva poesía de las plantas? Pues me refiero a la poesía que nace de la nueva filosofía científica que tenemos sobre las plantas, y que redefine el papel que las plantas ocupan en nuestras vidas urbanas, de piso, o sea: macetas.

Yo buceé en aguas profundas durante cuatro años. Estuve a punto de morirme varias veces. Nunca me cansaré de repetirlo, porque cada vez que lo cuento es que he vivido para contarlo. En ese tiempo los únicos seres vivos a mi cargo eran unos hongos alucinógenos. Creo que con eso está todo dicho.

Por entonces tampoco conocía la extraordinaria relación entre los hongos y el cerebro de las niñas. Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, sí la conocía, pero yo no. Por entonces yo consideraba que los hongos eran el único camino para alcanzar un estadio mental en el que cualquier niño sano entra y sale a su antojo, y al que puede llevarte de la mano si eres lo suficientemente audaz para seguirlo. Yo creía que necesitaba alucinógenos pero en realidad necesitaba niños. No sabía que los alucinógenos y los niños eran tan intercambiables, vamos, que a mí me podían servir para lo mismo. Luego os lo explico.

Motivo: cuando escribí este capítulo pensé que en posteriores iba a desarrollar más el tema del cerebro infantil y el cerebro alucinado, dentro de la búsqueda del mi yo personaje por conectar con la niña. Sin embargo, después no me inspiró seguir tirando de él. No siempre los motivos prosperan.

Esos cuatro años ya pasaron, pero los supervivientes no regresan solos del otro lado. Les sigue una sombra que amenaza con hacerles revivir el mismo horror que han dejado atrás. Es lo que se llama, en jerga psiquiátrica, trauma. Yo ahora trato de dejar atrás mi sombra y a la vez darle forma a la mejor cosa que me ha ocurrido: el amor.

El amor me ha salvado. El amor me despertó. Me enamoré de una mujer llamada Apolonia y a partir de ahí volvió a tener sentido luchar por algo más que por la mera supervivencia. Ahora quiero ser feliz. Apolonia, además, tiene una hija, Rafaela, a quien también quiero mucho.

Cabo: comienzo a crear recurrencias: el personaje se sigue repitiendo, con distintas formulaciones, el punto de partida que ya enunció en el primer capítulo: el amor de Apolonia me ha permitido salir de mi soledad.

Acabamos de mudarnos a un piso humilde pero bonito del barrio de Lavapiés, en Madrid. Apolonia y yo. Y Rafaela. Pero Rafaela pasa el verano en Sanlúcar, en casa de sus abuelos, y con Paco su padre. Ya hemos superado los trasiegos de la mudanza, y por fin el piso parece un lugar al que, con tímida alegría, nos atrevemos a llamar hogar. Tenemos miedo. Tenemos miedo de quienes somos. Tenemos miedo de quién es el otro. También tenemos esperanza. En el otro, en nosotros mismos. Tenemos miedo de no ser felices juntos. Tenemos la esperanza de hacernos felices juntos.

Cabo: aquí se define un estado psicológico conjunto de los personajes, otra pieza del punto de partida argumental que se verá trasformado por los puntos de giro. Recordemos que una historia puede consistir en una mera transformación psicológica (p.ej: me enamoro-me desenamoro).

Hoy compro el cable de la tele, mañana pongo los fieltros en las patas de las sillas. Apolonia va al Leroy Merlín a escoger una lámpara. Y así pasan los primeros días de julio, en los que todo es una preparación, y a la vez una realidad, algo que ya está ocurriendo pero también un destino. Porque en septiembre volverá Rafaela. Y deseamos, sobre todo, que Rafaela sea feliz en su nueva casa, que es su hogar y ahora es el mío. En mi familia de sangre no había niños. Somos una estirpe de Ents. Los Ents son los árboles-hombre de El señor de los anillos cuya especie está condenada a la extinción, porque ya no pueden tener hijos. No hay mayor soledad en la Tierra que la de los últimos individuos de una especie.

Yo no tengo hermanos, ni primos, ni sobrinos, ni hijos, ni contacto con otros niños. No quiero tener hijos de mi propia sangre, ni quiero ni voy a querer. Pero ahora quiero a la niña Rafaela, y voy a vivir con ella, y eso sucederá dentro de un mes, al final de este verano por donde todos caminamos suspendidos y aplastados a la vez, en un Lavapiés donde solo quedan los que no tienen papeles para cruzar fronteras. Y en estas calles tórridas debo buscar el aire para huir de mi sombra. Porque soy un superviviente.

Cabo: otra recurrencia: el personaje sigue sumando imágenes poéticas para reforzar su retrato (recuerda la anterior: cuando se compara con un árbol solitario)

Y el fantasma del que fui durante cuatros años malos todavía no se ha despegado de mis talones. Ya sabéis lo difícil que resulta despegarse la sombra de los talones. Intentadlo y no lo conseguiréis. Yo tengo miedo de que esa sombra abrace a Apolonia y a Rafaela. Y bueno, ya os he contado la situación en la que me encuentro. Es julio y están pasando cosas muy importantes en mi vida. Aunque la ciudad en verano puede darte la engañosa sensación de que la vida se halla en suspenso, y nada puede pasar en este pause, en este inciso, hoy os digo que vivo intensamente. El amor me ha dado otra vida, esa vida recién ha comenzado, y aún estoy aprendiendo cómo encajarla,

Motivo: aparece una recurrencia del mantra que el personaje se repite: el amor me ha sacado de mi vida y me ha dado otra nueva y tengo que vivirla. La pregunta implícita que se hace el lector es ¿tendrá éxito o fracasará en su intento de cambiar de vida?

aunque su éxito o su fracaso aún está por determinar, y yo diría que las posibilidades de fracaso y de éxito casi andan al 50%, lo cual no quiere decir que vayamos a fracasar pero ni mucho menos habría que dejarse llevar por un burdo optimismo.
Ahora se habla mucho de los árboles conectados, de los bosques con conciencia colectiva, y de una red fúngica que une el bosque y permite compartir información y nutrientes entre sus miembros. Ahora se habla del bosque como un sistema cooperativo, y de los árboles mutualistas que donan sustancias a otros árboles enfermos o moribundos. ¿Y qué es el el amor que yo siento por Rafaela y Apolonia sino la misma disposición a compartir información y nutrientes? Pero el bosque, nos dicen, es algo mucho más complejo.
Desde nuestros pies crecen las raíces que tratar de unirnos a nuestros seres amados, a veces para compartir, a veces para parasitar. A veces yo soy muchos, pero a veces soy uno, radicalmente uno hasta la raíz. Nos dicen que el uno no existe, que somos un todo atravesado por todo, y en ese todo que son Rafaela y Apolonia yo trataré de hacer crecer mis ramas sin robarles la luz del sol. ¿Qué es si no el amor? Se dice que somos holobiontes, organismos hechos de organismos, seres hechos de seres; que como seres biológicos solo tenemos sentido como suma de organismos, o sea, que a qué viene esa tremenda movida que tenemos con el yo, y yo en concreto con mi yo, o sea, yo conmigo mismo, si la vida es atravesar y ser atravesado, poblar y ser poblado, quiero decir, a qué viene ese revuelo con irse a vivir con Apolonia y Rafaela, que bien podrían considerase dos organismos más de mi holobionte, algo así como una versión macroscópica de mi flora intestinal, o sea, que no son más que otros miembros de ese ser de seres que es la existencia, o sea, que a qué viene tanto revuelo con perder mi yo si la individualidad no existe?
Y, si no existe, ¿por qué yo la siento tan fuerte?

Motivo: el personaje sigue buscando la inspiración para vivir en la concepción biológica de la vida. Esta comparación es una constante en la novela; su desarrollo filosófico.

Capítulo 3

Recién comenzamos a repetirnos que hay que responsabilizarse de nuestras mascotas; que quien adopta un perrito se debe a su bienestar por muchos años. Pero todavía no he escuchado a nadie exigir planificación familiar para la adquisición de plantas vivas. Supongo que ese estadio de sensibilidad llegará en algún momento de la historia humana,

Motivo: la concepción de la vida vegetal sirve al personaje para reflexionar sobre el cuidado, tema central en su arco de transformación pues ahora vive con una niña.

pero hoy cualquiera puede acudir a un kiosco, adquirir una planta sin preguntas y luego asesinarla como mejor le parezca. Denunciamos la falsa separación entre el hombre y el animal, pero nadie pone en duda la superioridad de los animales sobre las plantas, ni el derecho a la vida y muerte de nosotros sobre ellas.

Sin embargo, cuando yo acudí a la tienda de plantas del barrio debí transmitir una actitud muy diferente, o quizás es que la jardinera sí poseía esa sensibilidad avant la lettre, porque desde el principio entablamos una conversación bastante seria sobre qué plantas serían más adecuadas para mis capacidades.

Escuché con concentración sus consejos, que apunté diligente en una nota del móvil. Voy a copiarla aquí porque creo que transmite bien ese impulso del primerizo que se aferra a las instrucciones:

Kalanchoe
– Planta crasa
– Una vez por semana
– Un vaso de agua normal (le toca este fin de semana)
– Riego desde abajo. Agua en un plato y que absorba
– No crece demasiado, no hay que cambiarlo (solo cuando fuese hoja verde)
– Colocar en sitio de claridad pero no sol directo

Sirgonio
– Regar cada cinco días
– Un vaso de agua
– Riego desde abajo. Agua en un plato y que absorba

Me despedí de la jardinera con una especie de juramento para con el bienestar de esos especímenes. Y eso que su bajo precio -menos de diez euros- me pareció un mal presagio, como si algo tan barato no pudiera durar mucho. Pero lo cierto es que las cuidé bastante bien, tanto que, cuando mis amigas Betsa y Paula decidieron mandar Madrid a tomar por el culo para irse a vivir a Bilbao, me vi capaz de comprometerme con otras tres plantas de las muchas que por entonces ellas estaban colocando a sus conocidos para poder meter toda su mudanza en un Renault Clio. Esta vez no presté atención a Paula cuando me dio el nombre y la información botánicas; supongo me sentía ya con el instinto jardinero suficientemente desarrollado como para “leer” sus necesidades solo con mirarlas, al estilo de las abuelas.

Además, ya me había dado cuenta de que la teoría botánica me podía alejar de ellas, de las plantas. ¿Por qué el amor por la naturaleza hoy pasa por aprenderte un montón de nombres y conocimientos científicos?

Motivo: aquí el autor-narrador hace una declaración metaliteraria encubierta. Viene a decir: en esta novela no uso lenguaje botánico técnico porque busco un acercamiento sensible, emocional, al mundo vegetal.

¿No puedo acaso conocer y cuidar de algo que no nombro, que no estudio? Las plantas no entienden el latín ni el español, y todo ese conocimiento teórico al final solo sirve para encerrar aún más a la humanidad en su inmensa soledad de nerd. Para llamar a las plantas deberíamos usar los olores, quizás nuestro único idioma común junto con el alfabeto genético.

Es verdad que algunas plantas de Paula sufrieron de mi mano, pero no por falta de conocimientos enciclopédicos, creo. Una pulposa quedó tan mermada por un exceso de riego que fue un milagro que un esqueje volviera a rebrotar. Un cactus se cayó el balcón arrastrado por una tormenta.

Cabo: las plantas funcionan como personajes secundarios; a lo largo de toda la novela algunas morirán, otras prosperarán. Esto, por tanto, es información argumental que tendré que tener posteriormente en cuenta para seguir contando la historia de los personaje “pulposa” y “cactus”.

Nunca se lo confesé a Paula, a quien mandaba fotos viejas de sus plantas, de antes de que se vinieran abajo, porque lo de Bilbao no estaba saliendo bien, vamos, que se estaba yendo a la mierda desde que Paula y Betsa pusieron un pie allí, así que tampoco quería ser yo un motivo de más aflicción; mejor que no se entera por lo que estaban pasando sus plantas.

Pero el día de mi mudanza las plantas de Paula todavía no se han echado a perder, el bomboncito ya se ha ido de vacaciones a Sevilla, y nosotros hemos empaquetado y empaquetado mientras nos dejábamos hasta la última gota de sangre en el trabajo. Estamos a principios de julio y yo viajo en un taxi con el kalanchoe, el sirgonio, una planta del dinero que me compré en un chino y las tres plantas de Paula (todavía perfectas y sin nombre conocido), para asegurarme de que corren el menor peligro de ser derramadas o golpeadas. Ya en el piso nuevo las coloco en el sitio más protegido y soleado, mientras los muebles de Apolonia son porteados y entra una vida entera de ropas y objetos, a la que un día después se suman mis muebles y ropas y más objetos. Las plantas comparecen ante esa danza de sólidos que vienen y van, que se montan y se desmontan, de cajones que se vacían, se llenan, de cajas que se vacían, se llenan, de armarios que se vacían, se llenan, y así hasta que la casa queda más o menos compuesta y recogida y ya está, ya es hora de irse de vacaciones, Apolonia a Sevilla, yo a Asturias. Apolonia parte en un taxi a coger su AVE en el último minuto. Mi tren sale pocas horas después, horas que aprovecho para buscar desesperadamente algún sistema de riego automático por el barrio. Doy con una tienda en liquidación en la calle Santa Ana; su dueña, desprendida como solo puede serlo un comerciante arruinado, me regala un sistema de riego por ósmosis. Cuando lo instalo en mi salón las plantas ya no parecen seres autónomos sino enfermos entubados en la UCI- Quedan enchufadas a un sistema de soporte vital compuesto por pequeños tubos que unen unas picas de piedra caliza hundidas en sus macetas a un enorme barreño lleno de agua.

Nosotros nos vamos de vacaciones. Para ellas acababan de comenzar los juegos del hambre.


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