La voz interior… con Stephen King

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Stephen King nos enseña cómo usar la voz interior del personaje para crear literatura cinematrográfica en Ojos de fuego, una de sus mejores novelas.

1º Escucha la lección:

2º Lee el fragmento de Ojos de fuego, de Stephen King:

Mientras Cap discutía el futuro de Charlie McGee con Al Steinowitz, en Longmont, ella estaba sentada en el borde de la cama, en la Unidad 16 del motel Slumberland, bostezando y desperezándose. El sol brillante de la mañana entraba oblicuamente por la ventana, irradiado desde un cielo de un profundo e inocente color azul otoñal. Todo tenía mucho mejor aspecto a la luz del día, la buena luz del día.
Miró a su padre, que no era más que un bulto inmóvil bajo las mantas. Asomaba una mata de pelo negro, y esto era todo. Charlie sonrió. Él siempre hacía todo lo que podía. Si él estaba hambriento y ella estaba hambrienta y tenían una sola manzana, su padre daba un mordisco y le hacía comer el resto. Cuando estaba despierto, siempre hacía todo lo que podía por ella.
Pero cuando dormía, le robaba todas las mantas.
Entró en el cuarto de baño, se quitó las bragas y abrió la ducha. Usó el inodoro mientras se calentaba el agua y después se colocó bajo la ducha. El agua caliente la azotó y cerró los ojos, sonriendo. En el mundo no había nada mejor que el primer minuto o los dos primeros minutos bajo una ducha caliente.
(anoche te portaste mal)
Se le arrugó la frente.
(No. Papá dijo que no.)
Incendiaste los zapatos de ese hombre, eres mala, muy mala, ¿te gusta que el osito esté totalmente negro?
La arruga de la frente se hizo más profunda. Ahora la inquietud estaba teñida de miedo y vergüenza. El recuerdo de su osito nunca aparecía íntegro. Era un recuerdo inconsciente y, como sucedía tan a menudo, su culpa parecía condensarse en un olor, un olor a sustancia quemada, carbonizada. A tela y relleno abrasados. Y este olor le hacía evocar imágenes borrosas de su madre y su padre inclinados sobre ella, y ambos eran grandes, y estaban asustados, estaban enfadados, sus voces sonaban potentes y chasqueantes, como grandes peñascos al rodar saltando y retumbando por la pendiente de una montaña en una película.
(«¡eres una niña mala! ¡muy mala! ¡no debes hacerlo Charlie! ¡nunca! ¡nunca! ¡nunca!»)
¿Cuántos años tenía entonces? ¿Tres? ¿Dos? ¿Hasta dónde se remontaban los recuerdos de una persona? Una vez se lo había preguntado a papá y él le había contestado que no lo sabía. Papá le dijo que recordaba la picadura de una abeja y su madre había afirmado que eso había sucedido cuando él tenía sólo quince meses.
Éste era el primer recuerdo de Charlie: los rostros gigantescos inclinados sobre ella; las voces potentes retumbando como peñascos al rodar cuesta abajo; y un olor parecido al de una golosina quemada. El olor había sido el de su pelo. Había inflamado su propio cabello y lo había quemado casi totalmente. Fue después de eso cuando papá pronunció la palabra «ayuda», y mamá se puso muy rara, riendo al principio y llorando después, y riendo de nuevo con un tono tan agudo y extraño que papá la abofeteó. Charlie lo recordaba porque era la única vez que, hasta donde ella sabía, papá le había hecho algo semejante a mamá. Tal vez haya que pensar en pedir «ayuda» para ella, había dicho papá. Estaban en el cuarto de baño y ella tenía la cabeza mojada porque papá la había metido bajo la ducha. Oh, sí, había contestado mamá, vayamos a ver al doctor Wanless, que nos prestará mucha «ayuda», como antes… Entonces la risa, el llanto, más risa, y la bofetada.
(te portaste tan MAL anoche)
—No —murmuró, bajo el tamborileo de la ducha—. Papá dijo que no. Papá dijo que podría… haber… sido… su… cara.
(ANOCHE TE PORTASTE MUY MAL)
Pero necesitaban las monedas de los teléfonos. Así se lo había dicho papá.
(¡MUY MAL!)
Y entonces empezó a pensar nuevamente en mamá, en la época en que ella tenía cinco años, aproximándose ya a los seis. No le gustaba pensar en esto, pero ahora el recuerdo había aflorado y no podía alejarlo.
Había ocurrido inmediatamente antes de que los hombres vinieran y lastimaran a mamá
(querrás decir antes de que la mataran, antes de que la mataran)
sí, está bien, antes de que la mataran, y se llevaran a Charlie. Papá la había sentado sobre sus rodillas, a la hora de contar los cuentos, pero no tenía consigo los libros infantiles de siempre. En cambio, tenía un montón de libros gruesos sin ilustraciones. Ella había fruncido la nariz, disgustada, y había pedido que le leyera las historias de los siete enanitos.
—No, Charlie —había contestado él—. Quiero leerte otras historias, y es necesario que las escuches. Ya tienes edad suficiente, creo, y tu madre opina lo mismo. Es posible que estas historias te asusten un poco, pero son importantes. Son verídicas.
Recordaba los títulos de los libros de los cuales papá había leído las historias, porque éstas sí que la habían asustado. Había un libro titulado Lo!, escrito por un señor que se llamaba Charles Fort. Un libro titulado Más extraño que la ciencia, escrito por un señor que se llamaba Frank Edwards. Un libro titulado La verdad de la noche. Y había otro libro titulado Piroquinesis: Una compilación de casos, pero mamá no había permitido que papá le leyera nada de este último. «Más adelante —había dicho mamá—, cuando sea muy mayor, Andy.» Y entonces el libro había desaparecido. Charlie se había alegrado de ello.
Las historias eran terroríficas, en verdad. Una se refería a un hombre que había muerto abrasado en un parque. Otra era sobre una señora que había muerto incinerada en la sala de la caravana donde vivía, y en toda la habitación no se había quemado nada más que la señora y un trozo pequeño de la silla donde estaba sentada viendo la televisión. Algunos fragmentos habían sido demasiado complejos para ella y no los había entendido, pero recordaba algo, recordaba que un policía había comentado: «No tenemos ninguna explicación para esta muerte. No quedó nada de la víctima, excepto unos dientes y unos trozos de hueso carbonizado. Habría sido necesario emplear un lanzallamas para dejar a una persona en esas condiciones, y alrededor de ella no había nada que estuviese siquiera chamuscado. No nos explicamos por qué el vehículo íntegro no salió disparado como un cohete.»
La tercera historia se refería a un chico mayor que ella —de once o doce años— que había ardido mientras estaba en la playa. Su padre lo había metido en el agua, quemándose a su vez, pero el chico había seguido ardiendo hasta consumirse totalmente. Y había una historia acerca de una adolescente que había ardido mientras le recitaba sus pecados al cura en el confesonario. Charlie sabía lo que era el confesonario de los católicos, porque su amiga Deenie se lo había contado. Deenie afirmaba que debías contarle al cura todas las cosas malas que habías hecho durante la semana. Deenie aún no iba porque no había hecho la primera comunión, pero su hermano Carl sí. Carl estaba en cuarto grado, y debía contarlo todo. Incluso había tenido que confesar que un día se había colado de rondón en el dormitorio de su madre y le había robado algunos de los bombones que le habían regalado para su cumpleaños. Porque si no se lo confesabas al cura, no podrías lavarte en LA SANGRE DE CRISTO y terminarías en EL LUGAR ABRASADOR.

3º Escucha la tarea:

Y si quieres más, te recomendamos leer:

  • Stephen King. Ojos de fuego. Ed. Debolsillo, 2004.